Al comienzo de la avenida Alvear, frente a la Embajada de Francia y la plaza Carlos Pellegrini, se ubica el Palacio Pereda, un château del siglo XX que refleja como ningún otro la marcada influencia de la arquitectura francesa en la fisonomía porteña de la época. Pero su imponente fachada, sus escaleras fastuosas y sus habitaciones decoradas con cielorrasos majestuosos, mármol de carrara y obras de arte increíbles, esconden una historia única, y los caprichos de un hombre que llevó a que el diseño del palacio fuera proyectado y finalizado por dos arquitectos diferentes.

"Celedonio Pereda se propone construir un palacio muy particular. Él propone hacer un pastiche. Así se llama a toda obra que emula o copia a alguna otra de manera abierta. En este caso, Don Celedonio y su esposa Justina eligen emular a un palacio muy particular: el Museo Jacquemart André de París", explicó Soraya Chaina, gerente operativa de Competitividad de la Oferta del Ente de Turismo de la Ciudad, quien guió a Infobae por los pasillos y suntuosas habitaciones de esta joya porteña que, como aclaró, no se trata de un Patrimonio ya que es un propiedad de Brasil, por lo que es considerada en cambio como un Bien Cultural.

El Palacio Pereda refleja como ningún otro la marcada influencia de la arquitectura francesa en la fisonomía porteña
El Palacio Pereda refleja como ningún otro la marcada influencia de la arquitectura francesa en la fisonomía porteña

Este palacio del barrio de Recoleta –está emplazado en Arroyo 1130– fue proyectado en un principio por al arquitecto francés Louis Martin, a quien Pereda le había encargado específicamente que quería que sea una copia del célebre Museo Jacquemart André, ubicado en el número 158 del Bulevar Haussmann en el octavo distrito de la capital francesa. Martin era egresado de la prestigiosa École des Beaux-Arts de París y creador de varias residencias en Buenos Aires. Las similitudes que pretendía Pereda no se limitaban a la fachada, sino que quería que se traspasaran a las disposiciones de sus interiores y de los jardines.

Se le dio el puntapié inicial a la construcción entonces en 1919, pero pronto comenzaron las diferencias entre encomendador y arquitecto. Las disputas tenían que ver con el espacio: Pereda pretendía que las escaleras del interior fueran iguales a las del museo, pero eso resultaba imposible debido al restringido hall de ingreso. A pesar de que la complejidad de la escalera del modelo parisino no podía igualarse por completo debido a la diferencia de dimensiones, Pereda terminó por echar a Louis Martin, y contrató al fin al reconocido Julio Dormal en 1920.

Dormal era una de las estrellas de la época. El arquitecto belga, famoso por su trabajo en Buenos Aires por ser el socio fundador de la Sociedad Central de Arquitectos en la Argentina, ya tenía varios reconocimientos bajo el brazo: había sido el segundo director de obra del palacio del Congreso y se había encargado de la terminación del Teatro Colón. Y aquí, en el Palacio Pereda, sería otra vez el elegido para finalizar una obra comenzada por otro profesional.

Este palacio del barrio de Recoleta fue proyectado en un principio por al arquitecto francés Louis Martin
Este palacio del barrio de Recoleta fue proyectado en un principio por al arquitecto francés Louis Martin

Bajo su mando, la obra fue concluida recién en el año 1936. Se le encomendaron varias pinturas al artista catalán José M. Sert, que fueron enviadas desde Europa y hoy decoran los cielorrasos del edificio. La decoración del interior del palacio fue encargada, por otro lado a la Maison Jansen.

En 1938, el embajador João Batista Luzardo se enamoró perdidamente de esta propiedad, al punto de que el Gobierno de Brasil ofreció comprar el palacio. En 1944, los Pereda se mudaron y desde ese momento funciona como embajada del país limítrofe. Los brasileños se han ocupado a lo largo del tiempo de cuidar esta obra de arte de la arquitectura del siglo XX, y pasó por dos grandes restauraciones, en el año 1989 y en 2015.

El edificio –un híbrido de la arquitectura urbana y suburbana de París del siglo XVIII– está organizado en cuatro plantas. En la última se ubican las habitaciones privadas del embajador de Brasil, por lo que el ingreso es restringido. El resto forman una unidad, y cada espacio tiene un por qué. Al ingresar al palacio uno se encuentra con un vestíbulo que lleva al hall de entrada. Detrás se encuentra el jardín, limpio y sencillo con un sendero de piedras y una pileta de otros tiempos.

La magnífica escalera con baranda francesa e iluminada gracias a los ventanales estratégicamente diseñados por los arquitectos conduce a las plantas superiores. Allí, el decorado es protagonista. En el salón dorado, la obra de Sert de "Diana Cazadora" lo transforma en un lugar único, así también como el resto de los cielorrasos ubicados en las diferentes habitaciones, como "El aseo de Don Quijote" en el comedor o los diseños de equilibristas en el Gran Salón. Las armaduras de la biblioteca y los frescos de violines en el Salón de Música son otros de los cuidadosos detalles que transportan al visitante a otra época.

De esta manera, el Palacio Pereda, que participó el sábado 26 del programa de Embajadas Abiertas del Ente de Turismo de la Ciudad, mantiene su lujo de antaño y logra darle contemporaneidad a una de las propiedades más emblemáticas de la ciudad, que brilla con su arquitectura parisina, esa que convirtió a Buenos Aires en una de las ciudades más cosmopolitas del siglo XX.

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