
Con nuevos límites a la operatoria cambiaria definidos el fin de semana, el Gobierno empezó a desandar el camino de mayor flexibilidad que había mostrado en los últimos meses. Pero la presión que se espera sobre el mercado cambiario obligaría a seguir tomando medidas restrictivas para cuidar las escasas reservas del Banco Central. En este contexto, las importaciones son seguidas de cerca por las autoridades y serían las próximas “víctimas”.
Los últimos datos del balance comercial muestran un fuerte incremento de las ventas argentinas al exterior. En mayo la suba registrada llegó a nada menos que el 62%, una suba desproporcionada en relación a la recuperación económica. A pesar del fuerte aumento que totalizó USD 5.100 millones, el mes arrojó superávit debido a que las exportaciones superaron los USD 6.700 millones, impulsadas por los altos precios de la soja.
El panorama luce más que desafiante para los próximos meses. Por un lado, se exportará menos porque ya pasó la “temporada alta” de las exportaciones de oleaginosas. Pero del otro lado la brecha cambiaria aumenta el incentivo para importar todo lo que se pueda al tipo de cambio oficial, cuando en la “calle” la divisa cotiza un 75% más caro.
La urgencia del Gobierno es cuidar todo lo posible las reservas, tras la acumulación de USD 3.000 millones que consiguió el Banco Central en la primera parte del año. La entidad que preside Miguel Pesce compró en realidad cerca de USD 6.500 millones, pero sólo logró conservar menos de la mitad.
Este “colchón” conseguido por el BCRA es demasiado finito para todos los compromisos que hay por delante. Una estimación de Consultatio Investment señaló que entre julio y noviembre las ventas de dólares del Central sumarían alrededor de USD 4.000 millones, con lo cual perdería la mayor parte de lo acumulado en los primeros meses del año.
En el aumento del volumen de importaciones hay dos componentes que resultan difíciles de distinguir. Por un lado está la necesidad de las empresas de acceder a más insumos ante la recuperación de la actividad. Restringir la compra de componentes claves para el proceso productivo puede derivar en problemas de oferta y por lo tanto más inflación. Pero también hay compras vinculadas con la necesidad de conseguir stock al tipo de cambio oficial, lo que termina inflando el volumen pero de manera artificial.
La creciente brecha cambiaria aumenta la demanda de productos importados, que es una de las únicas formas de seguir teniendo acceso al tipo de cambio oficial, hoy todavía debajo de $ 100, mientras que el dólar bursátil roza los $ 170 dependiendo qué tipo de cambio se considere.
Por otro lado, el Banco Central también se resiste a subir las tasas de interés, que sería otra manera de disminuir la presión dolarizadora. El rendimiento de las Leliq se mantiene en 38% anual en pesos a pesar de la persistente presión cambiaria. Esa tasa además está muy por debajo de la inflación acumulada en el último años (cerca del 48%) y también de la proyectada para los próximos doce meses.
Las tasas reales negativas implican una suerte de subsidio a las empresas, que se pueden financiar más barato tanto en bancos como en el mercado bursátil. Pero al mismo tiempo es un desincentivo al ahorro en pesos y a dolarizarse, dado que los rendimientos pierden de manera consistente no solo con la evolución del tipo de cambio sino con la inflación.
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