
Llegamos desde Europa junto a parte de mi familia y nos confinamos absolutamente. Como tantos otros: hemos estado siendo parte de la inédita época histórica en la que 1.500 millones de personas están aisladas en el planeta (esa rareza consistente en que hasta el aislamiento es globalizado -¿no parece esto un oxímoron?-).
El asunto “covid-19” se había metido como la gran noticia en la parte final de mis actividades en Francia y España y le agregó a esos días un particular estrés: el de ir viendo cómo cada tarde las noticias (al llegar al hotel de regreso de las actividades) agregaban una inquietud cuantificada y perseguidora (¿cuántos enfermos más hoy?) y geolocalizada (¿dónde fueron?); mientras por esos mismos días, en la calle de esas viejas ciudades donde yo estaba, aún la vida transcurría con menguante normalidad.
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Volví a Buenos Aires después de pasar por traslados, aeropuertos y el vuelo algo atribuladores, sobre todo por algunas caras de angustia que se veían alrededor y por esa siempre shockeante imagen de barbijos normalizados. Y lo hice tras esa experiencia de haber oído hablar -o aun hablado con los pocos con los que queríamos vincularnos- del único tema existente en todo el mundo; sea desde acá y a diez mil kilómetros hacia allá; o desde allá y a diez mil kilómetros hacia acá.
Modelo 2020
Pero ya de regreso, y en casa, afloró la nueva realidad “modelo 2020”.
Una mezcla de intenso teletrabajo y horas de sobreexposición profesional a la computadora y a lo que seguimos llamando celular (que ya ha dejado de ser un teléfono porque mi resumen de uso marca que el tiempo telefónico no llega al 4% del total de utilización del aparato); sumado a tiempo en familia contínuo; videollamadas con seres queridos que están fuera de los límites del hogar; sobredosis (extenuante) de WhatsApp; y también momentos de recogimiento y espiritualidad (para un católico, agregar al aturdimiento propio de estos días la vivencia de la cuaresma es un llamado a intensificar el componente religioso del día, aun a través de la modernísima participación en celebraciones y oraciones electrónicas que jamás pudo haber imaginado el revolucionario Concilio Vaticano II); todo eso además de soportar la abstinencia obligada de muchas cosas gratas por ahora desaparecidas (como el fútbol y en particular los partidos de Boca), dedicarme a algunos quehaceres a los que jamás tengo tiempo de abocarme y pasar por una gradual y creciente fatiga sobre la TV (que mientras pasan los días cada vez se enciende menos en casa).
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¿Será éste un anticipo del mundo que viene?
Mucha comunicación telemática, trabajo remoto, más tiempo en casa, más recogimiento surgido de las preocupaciones del siglo XXI que serán recurrentes como efecto de los desequilibrios en los que hemos sumido al mundo, (para algunos) más espiritualidad por el debilitamiento de la ilusión de la inmortalidad, menos horarios rígidos y más obligaciones de resultado, más flexibilidad en todo, menos distancia electrónica profesional con menos kilómetros recorridos, más cuidados en nuestras conductas más cotidianas y cambios en la asignación de relevancias relativas a muchas cosas.
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¿Será un anticipo?
Un ejercicio de prognosis puede hacernos suponer que el mundo no será ya igual. Supongo que será gradual pero pronunciado: no será igual.
Pero en realidad (como siempre) se irán acelerando cambios que ya se preparaban antes de hoy. Siempre aparece un activador para el que había algunas respuestas incipientes preparadas
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La comunicación electrónica desbordará todo (incluyendo el trabajo, la producción, la educación, las compras y hasta el acceso a algunos servicios personales como la misma salud básica), al punto que las propias máquinas estarán cada vez más comunicadas entre sí (ya hoy la mitad de las conexiones a través de internet en el mundo se produce entre máquinas sin presencia humana directa). Los flujos de datos a través de las vías electrónicas en el mundo crecieron 45 veces en diez años (en ese lapso el comercio internacional de bienes lo hizo solo en 2 veces).
La producción de bienes y servicios estará presionada por nuevas exigencias de cumplimento de requisitos, estándares, normas de seguridad, instrumentos que acreditan calidad, herramientas que conceden reputación.
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Y el componente de intangibles en la economía crecerá aún más (incluyendo la generación de valor surgida del intercambio electrónico de actividades humanas). Ya hoy el aporte del llamado capital incorpóreo (información, saber aplicado, ciencia e innovación) duplica en valor anual al surgido del tradicional capital tangible (máquinas y plantas de producción) en la economía mundial.
Las funciones del Estado

Las instituciones públicas estarán llamadas a volver asignar recursos (presupuesto, personas, organización, capital político) a lo tradicional (salud, educación, vigencia de derechos y seguridades) por la creciente complejidad de éstas; y ello podría poner en riesgo su accionar en muchas otras no tradiciones.
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El poder político estará sometido a nuevas sensibilidades humanas después de que tantos han vivido con miedo (la legitimidad, el consenso, las aspiraciones populares -y no ya el uso de la fuerza- son el gran factor del poder en la actualidad, y las demandas públicas podrían cambiar generando nuevos modos de ejercicio de la autoridad).
Y las relaciones entre los países en el planeta probablemente se basarán en algunas reglas diferentes, no ya basadas solamente en la reducción de costos para facilitar negocios (en los últimos años han caído en promedio en el mundo aranceles para el comercio exterior y alícuotas impositivas a empresas) y ahora podrían reorientar esa práctica, que puede ser base para mayor inversión necesaria, con nuevos procesos cualitativos de selección de aliados (¿es de esperar que habrá más requisitos para aceptar amigos?).
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Podríamos decir que ese mundo nuevo no será creado por esta pandemia, sino por el avance tecnológico que es previo a ella, pero que la peste mundial y el confinamiento al que estamos sometidos hoy nos lleva a probar y activar. Que detrás de lo que vemos que pasa desde nuestras casas por estos días hay afecciones a nuestras sensibilidades, hay activaciones de cambios en muchos instrumentos, y hay pruebas que aún no habíamos hecho y están dejando efectos y conclusiones.
Podemos suponer, aunque nadie puede aseverar, que serán reformas que se apoyarán en nuevas preferencias de muchas personas, que las necesidades políticas incorporarán para nuevas regulaciones, que las empresas usarán para minimizar riesgos o crear más valor, que los consumidores valorarán para adquirir tranquilidades y certezas, y que -en definitiva- las actuales y ya activas nuevas generaciones, que habrán visto esta experiencia como algo que cambió sus vidas para siempre, tomarán como parte de la nueva normalidad.
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