Bettina Fulco dormía en el piso de la habitación de Gabriela Sabatini cuando todavía buscaba abrirse camino en la élite del tenis femenino. Años después derrotó a Martina Navratilova, una de las mayores leyendas de la historia del deporte. Entre ambos momentos hay una historia marcada por el sacrificio, los viajes interminables, las dificultades económicas y una forma de vivir el circuito que hoy parece pertenecer a otro mundo.
En el camino hubo de todo: una gira europea en la que pasó la noche en una iglesia porque no tenía dónde alojarse, viajes en soledad y semanas enteras persiguiendo el sueño de convertirse en profesional.
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Fulco nació el 23 de octubre de 1968 en Mar del Plata y empezó a jugar al tenis inspirada por su ídolo y coterráneo Guillermo Vilas. Luego de dar sus primeros pasos en el club Universitario de su ciudad, alcanzó el puesto 23 del ranking mundial, llegó a los cuartos de final de Roland Garros en 1988 y construyó una extensa trayectoria representando al país.
“En el final de 1984 y el inicio de 1985 me fui a hacer una pretemporada en la Academia de Patricio Apey, el histórico entrenador de Gaby, en Miami. Hacíamos doble turno, algo que hasta entonces nunca había hecho. Estaban también Mercedes Paz y Gabriela. Como había poco lugar, yo dormía en el piso de la habitación de Sabatini. Tenía 16 o 17 años. Fue una prueba de fuego y me la banqué muy bien”, recuerda en charla con Infobae.
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“Para foguearme, el Pato Apey me mandaba a torneos en Boca Ratón y Delray Beach. Les decía a los organizadores que estaba disponible para pelotear con cualquier jugadora que necesitara sparring. Pasaba horas dentro de la cancha”, evoca la excapitana de la selección argentina de tenis femenino, puesto que ocupó entre diciembre de 2010 y julio de 2013.
“Peloteé con Claudia Kohde-Kilsch, con Manuela Maleeva y con muchas otras. A varias de ellas les terminé ganando años después cuando ya estaban entre las diez mejores del mundo”, agrega. Como premio a ese esfuerzo diario, Apey le dedicaba una hora extra de entrenamiento al final de cada jornada.
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Cuando hoy viaja por el circuito en su trabajo vinculado al área desarrollo de la ITF World Tennis, Fulco suele comparar aquella época con la actualidad. “Los jugadores tienen un montón de gente alrededor. Ahora hasta acreditan a sus perros en los torneos. Nosotras viajábamos solas”, subraya quien además fue la primera entrenadora de Solana Sierra, también marplatense y número 1 del tenis argentino actual.

Las anécdotas que relatan situaciones atípicas en el circuito brotan solas, como aquella vez que Fulco llegó a Niza junto a otras jóvenes jugadoras sudamericanas. Era Semana Santa. No tenían reservas ni demasiados recursos económicos. Recorrieron hoteles baratos, pero todos estaban completos. “Nos echaban de los lobbys. Queríamos pasar la noche bajo techo y terminamos en una plaza. Se enteró un cura de una iglesia cercana y nos dio alojamiento ahí. Comimos una rosca de Pascua. No sabés el hambre que teníamos”, relata.
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Y profundiza: “Dormimos en los bancos de la iglesia. Tuvimos suerte, porque después empezó a llover. A las cuatro de la mañana vino a buscarnos un entrenador sueco que conocíamos del circuito y nos llevó a un hotel. Lo más importante fue el desayuno, porque a las siete teníamos que estar jugando”.
Aquellos torneos ofrecían una dinámica muy distinta a la actual. Por la mañana, las tenistas competían en cuadros juveniles y por la tarde en certámenes profesionales. “En Niza le gané a Isabelle Demongeot (campeona WTA y ex 35° del mundo). No daba puntos para el ranking, pero me llevé el equivalente a unos mil euros de hoy. Eso me permitió seguir viajando”.
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La gira, que inicialmente parecía una experiencia más, terminó cambiando el rumbo de Fulco. “Después de tres meses llamé a mi papá, Rubén, para decirle que iba a intentar ser tenista profesional”.

Las consecuencias de eliminar a una amiga
Otra de las diferencias entre el circuito de hace 40 años y el actual era la convivencia entre las jugadoras. En 1988, Fulco coincidió con Arantxa Sánchez Vicario -ex número 1 del mundo y ganadora de cuatro títulos de Grand Slam- y su madre en un vuelo rumbo a Barcelona. La familia española la invitó a alojarse en su casa durante toda la semana del torneo.
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“Entrenábamos juntas y dormíamos en la misma habitación. Me hicieron un lugar en la mesa familiar todas las noches”, cuenta.
El destino, sin embargo, les tenía preparada una ironía: el cuadro terminaría cruzando a ambas en semifinales. “Jugamos tres horas y le gané 1-6, 6-2 y 6-3. Volvimos a su casa y esa noche Arantxa apagó la luz a las nueve porque estaba muy enojada”.
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La situación, recuerda Fulco, originó bromas dentro de la familia: “Su mamá me dijo que me iba a acostar sin cenar y que no me iba a lavar la ropa para la final. Después me cargaron durante meses diciéndome que no me invitaban más a su casa”.
Algo parecido ocurrió en Italia con su amiga Laura Garrone, italiana y número 32 del mundo en 1987. “Me llevó a recorrer toda la ciudad, me mostró lugares muy importantes para ella y cuando le gané una semifinal me dijo: ‘No te invito nunca más’. Obviamente seguimos siendo amigas. Eso pasaba mucho en esa época”, sitúa con una sonrisa.
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La noche que venció a la leyenda Martina Navratilova
El momento más importante de su carrera llegó en abril de 1994, en Houston. Las lesiones habían relegado a Fulco más allá del puesto 200 del ranking mundial. La extenista recuerda incluso que la marca de raquetas que la patrocinaba había dejado de enviarle material.
Superó la clasificación y avanzó hasta la segunda ronda, donde la esperaba Martina Navratilova, ganadora de 18 títulos individuales de Grand Slam y entonces número 4 del mundo. El antecedente no era alentador: la checa nacionalizada estadounidense ya era una leyenda del tenis y años atrás la había derrotado por un contundente 6-0 y 6-1.
“Ese día dormí una siesta espectacular. Mi entrenador quiso sacarme presión y nos pusimos a jugar al fútbol en una cancha de básquet del complejo”, rememora Fulco.
La estrategia funcionó, aunque el comienzo del partido fue complicado. “Me ganó muy fácil el primer set. Pero no quería que volviera a pasar lo de años anteriores. Empecé a jugar profundo, las pelotas se pusieron más pesadas por las condiciones de la noche y me di cuenta de que podía molestarla”, detalla.
Del otro lado de la cancha estaba su ídola. En las tribunas, alentándola, estaban las extenistas Mariana Díaz Oliva y Laura Montalvo. “Le gané 1-6, 6-4 y 6-3. Siempre la respeté muchísimo. Fue una de las victorias más importantes de mi carrera”, asegura.
Fulco reconoce que, si pudiera, algunas cosas las haría de otro modo. “Haría giras más cortas para descansar mejor. También trabajaría más la nutrición”, menciona.
Su historia es también la de una generación de tenistas que viajó sola por el mundo, cargó valijas sin ruedas, durmió donde pudo y aprendió a sobrevivir lejos de casa mientras perseguía un sueño con más esfuerzo que recursos.
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