Estábamos tranquilos. No solo porque aquel martes 10 de junio del ‘86 era feriado, ya que, en esos tiempos, era la fecha destinada a conmemorar el día de las Islas Malvinas. Era una calma que imperaba en el espíritu de los futboleros después de los dos partidos que la Selección había disputado en la Copa del Mundo. El esperado triunfo contra Corea del Sur por 3-1 y la agradable sorpresa de una sólida presentación ante Italia, donde mereció más que el 1-1 final. Argentina estaba para más y solo tenía que ratificar en el cierre del grupo todo lo bueno mostrado hasta allí.
Bulgaria. Ese era el rival para sellar el pasaporte a la segunda fase. El cuadro de Carlos Bilardo llegaba a esa instancia como líder de la zona con tres puntos, seguido por los dos europeos con dos y cerraba Corea con uno. La FIFA dispuso una innovación para el Mundial de México, que eran los cruces directos a partir de octavos de final, instancia que no se había presentado nunca en la historia de la competencia. Los 24 países fueron distribuidos en seis grupos de cuatro, donde avanzaban los dos primeros de cada uno y los cuatro mejores terceros. Tenía que darse una extrañísima combinación para que nuestra selección se quedase afuera. Por suerte, no sucedió.
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Mientras los muchachos del Narigón se asentaban en tierras mexicanas, el país seguía su marcha con cambios en el gabinete de ministros de Raúl Alfonsín, el pedido de extradición de José López Rega, prófugo durante 10 años de la justicia nacional, que fue encontrado y detenido en Estados Unidos, aumentos (módicos) para los jubilados y (excesivos) en las naftas.
En la música, Soda Stereo confirmaba su despegue definitivo viajando a filmar un videoclip que marcaría una época. Estaban en plena producción del que sería su tercer disco (Signos) y, demostrado que era una banda de avanzada, fueron con equipamiento técnico para rodar las imágenes de “Cuando pase el temblor”, que los ayudaría a posicionarse muy bien en el continente. La ciudad elegida fue Tilcara, la misma que escogió Carlos Bilardo para la aclimatación a la altura en el mes de enero.
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El Doctor, al igual que la mayoría, había quedado conforme con la actuación del cotejo anterior y no iba a tocar nada para el siguiente compromiso, como lo recordó en su autobiografía: “Repetí el equipo que había dispuesto contra Italia y salimos a la cancha con un solo objetivo: ganar para ser primeros en la zona. De esta manera, el fixture determinaba que nos manteníamos en la altura: nos tocaba volver a Puebla para los octavos de final y, si seguíamos ganando, de ahí en más todos los encuentros estaban programados en el estadio Azteca, a menos de cinco minutos del predio donde habíamos instalado nuestro campamento”
También dio detalles de la cancha, con datos que solo él con su grado de puntillosidad, podría estar considerando: “Volvimos al estadio Olímpico Universitario, el mismo escenario del debut ante Corea del Sur. Pocos días antes, búlgaros y coreanos habían igualado 1-1 bajo un diluvio. La cancha quedó destruida, pero como ese estadio tiene un vivero propio, que pertenece a la Universidad Nacional Autónoma de México, para el siguiente encuentro el piso estaba como nuevo. Parecía que allí no había jugado nadie”.
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El planteo estaba claro desde el punto de vista táctico, con el Tata Brown como líbero, Ruggeri y Cuciuffo alternándose para tomar a Mladenov, el único delantero de punta definido de Bulgaria, Garré como salida por la izquierda, Giusti y Batista en la recuperación, para dejar espacio a los creadores, tres de ellos en buen nivel (Maradona - Burruchaga - Valdano) y el restante (Borghi), nuevamente fuera del ritmo del equipo.
Los stoppers, que ya se habían destacado ante Italia, lo volvieron a hacer aquí. Bilardo siempre pregonó que estos marcadores, debían encimar a su hombre designado, pero cuando quedaban sin marca, tenían libertad de pasar al ataque. Y eso fue lo que hizo Cuciuffo cuando solo se disputaban tres minutos: se fue por el costado derecho, trabó y ganó dos veces ante los defensores. Llegó al fondo y colocó un magnífico centro al segundo palo, por donde apareció Jorge Valdano, que un impecable cabezazo, puso el 1-0.
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El ex delantero de Real Madrid así recordó cómo fue aquella jugada, con el reconocimiento para el recordado José Luis Cuciuffo, el primero de los campeones de México ‘86 en fallecer: “Fue un centro precioso, o, mejor dicho, un centro extraordinario. De todas maneras, la pelota salió de mi cabeza con una fuerza inusitada. Yo creo que tiene que ver con la altitud, porque cabeceé como siempre y terminó el arquero en el suelo y la red sacudiéndose. Salió con una fuerza que no esperaba, es como si uno tira con un rifle de aire comprimido y, de pronto, sale un misil”.
El gol tranquilizó a la Selección, pero aquietó el partido, por un simple motivo: a pesar de estar 0-1, Bulgaria estaba decidido a no salir a buscar el empate. Tenían en la mente que, perdiendo por pocos goles con Argentina, igual podían clasificar como uno de los mejores terceros.
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Maradona era el eje, como siempre, de los ataques nacionales, superando sin problemas a Sadkov, su marcador personal, que debe haber sido uno de los más benévolos que le tocó en su carrera. Lo mejor de la Selección pasaba por sus encuentros con Valdano, pero el equipo se volvía lento, monótono, sin magia. Estaba claro que, salvo un imponderable, de esos que a veces se hacen presentes en un partido de fútbol, nada iba a cambiar el curso de las acciones.
En el entretiempo, el doctor Bilardo hizo dos modificaciones, que fueron las mismas que ante Italia. En este caso, estaban sumamente justificados, porque los dos que salieron, habían sido los de más flojo rendimiento: el Checho Batista, denunciando una vez más cierto cansancio y falta de adaptación a la altura, y el Bichi Borghi, desconocido, sin regalar nada de su repertorio, de paso cansino. Esa sería la última actuación de su carrera en un Mundial. Quienes los reemplazaron, lo hicieron con acierto: el Vasco Olarticoechea, parado como volante central delante de los defensores, y el Negro Enrique, con su habitual dinámica y fervor incontrolable.
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Fue un segundo tiempo que no dejó demasiado para el recuerdo, porque Argentina comenzó a regular el ritmo y Bulgaria seguía en su posición de no arriesgar para no recibir más goles, como lo recordó Bilardo en su libro: “A pesar de estar perdiendo y de haber sumado solo dos puntos, producto de las igualdades con Italia y Corea, ellos se mantenían en una incomprensible actitud de extremo resguardo. Yo lo veía al entrenador, Ivan Vutsov, haciendo señas para que sus defensores no pasaran al ataque y me sorprendí mucho”.
Argentina decidió apretar el acelerador y cuando faltaban 15 minutos para terminar, consiguió el segundo gol, después de una muy buena jugada. Garré salió por la izquierda y le puso un preciso pase a Maradona, paralelo a la raya del costado. Diego la recibió y cuando salió Dimitrov, la tocó por un costado y la fue a buscar por el otro. En su carrera, levantó dos veces la cabeza, buscando a quien dársela en el área. Como si fuese un eximio puntero, llegó casi hasta el fondo y sacó un centro exacto para la cabeza de Jorge Burruchaga, quien convirtió su primer gol en los Mundiales. Por suerte, habría alguno más…
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El partido concluyó con el inapelable 2-0 y la clasificación en el primer puesto de la zona, algo que Argentina solo había conseguido en Uruguay 1930, porque en el resto de las ocasiones que avanzó, lo había hecho en el segundo puesto. Ahora quedaba esperar. Debían definirse todos los grupos, para saber quiénes eran los mejores terceros y, de ellos, el rival de octavos de final. La combinación de resultados y posiciones, quiso que fuese Uruguay, que lo hizo con lo justo, con solo dos puntos y diferencia de gol negativa, a despecho de los muy buenos futbolistas que tenía en el plantel.
Llegaban horas de calma y tranquilidad para enfrentar la recta final. El primer objetivo se había logrado, con buen juego, solidez defensiva, un Valdano en excelente forma y un Maradona incontenible. La única sombra era la situación de Daniel Passarella. Cuando logró recuperarse de su problema intestinal, se lesionó en una práctica, al intentar volver a su mejor forma lo más pronto posible.
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Habían tenido en común la excursión a Tilcara. Y las coincidencias seguían, porque mientras el doctor Bilardo preparaba a sus muchachos en México, Soda Stereo comenzaba a darle forma a las canciones de su disco Signos. Levantando una imaginaria persiana americana, la selección se asomaba a un futuro auspicioso, esperando que fuese sin sobresaltos, como la fase de grupos. El rito de cumplir las cábalas, ayudaba a hacer más sólido ese grupo que había salido desde Buenos Aires en medio de dudas e insultos, como si fueran prófugos. Argentina estaba en camino, por delante estaba lo mejor. Para el equipo y para la banda de Gustavo Cerati, Zeta Bossio y Charly Alberti. Ambos listos para conquistar el mundo.
Próximo episodio: Uruguay
Fecha: 16 de junio
Locación: Estadio Cuauhtemoc de Puebla
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