
Su seudónimo ya es sinónimo de delito. En las canchas de fútbol y en la vida misma. Le dicen El Viejo Tom, pero en lo único que peina canas es en una vida al margen de la ley que empezó cuando recién entraba a la adolescencia y lo llevó a convertirse en el terror de la zona Norte de la Capital Federal y de Vicente López. Su verdadero nombre es Alejandro Acosta. Su edad, 32 años. De profesión jefe barrabrava y ladrón de armas tomar. Ahora el Viejo Tom cayó de nuevo. A sólo dos meses de salir de prisión por su última condena, apenas 60 días después de haber recuperado la tribuna de Platense, la Justicia consiguió meterlo otra vez tras las rejas.
En la fiscalía criminal de Saavedra ya no hay espacio para escribir sobre sus causas. Lo detienen y cada vez que sale vuelve a reclutar mano de obra en el barrio Mitre, su patria chica, donde tiene su grupo de acción. De allí parte a su raid por el que cualquiera puede ser su víctima. Locales de electrodomésticos, joyerías, transeúntes, autos como lo fue en su momento y, en esta oportunidad, una entradera con armas por la que acaba de caer acusado por la Justicia, que lo procesó con prisión preventiva y lo embargó por la suma de un millón y medio de pesos. El hecho se produjo a sólo siete cuadras del predio de Platense y a menos de 25 de su hogar. Siempre por el barrio y siempre con algún dato previo. De la casa según el sumario de la fiscalía se llevó junto a tres cómplices dólares, pesos, joyas de marca Swaroski, computadoras, celulares y artefactos varios. En la indagatoria negó los cargos pero dado sus antecedentes, lo encerraron. En la zona ahora se respira otro aire, aunque no saben hasta cuándo.
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La historia del Viejo Tom es muy particular. Creció en el barrio Mitre, donde la gran mayoría es gente de trabajo, pero también hay un grupo que hizo del delito su fuente de poder. Desde muy chico Alejandro Acosta se vio seducido por este último mundo. Y junto a otros preadolescentes de su misma edad comenzó a incursionar en la mala senda haciendo raterismo y robos pirañas en la zona de Cabildo y Villa Urquiza, cerca de Triunvirato y Monroe. Por entonces el barrio estaba dominado por dos grupos: uno que se referenciaba en Tío Rico y Julito a la cabeza, que lideraron la barra de Platense hasta 2008, y quienes los sucedieron en la tribuna con Andrés el Raba Torres y su hermano Fatiga al frente, que habían sido miembros fundadores de la ONG barra Hinchadas Unidas Argentinas. De ellos el Viejo Tom y sus secuaces aprendieron táctica y estrategia. Y de a poco empezaron a tallar más fuerte en el barrio. Primero pasando a una faz delictiva más importante, con robos a comercios de la zona como perfumerías y farmacias. Después, cuando lideraron una revuelta contra el shopping Dot Baires tras una inundación en 2013, ya que el complejo vaciaba el agua en la zona. Y al final, metiéndose cada vez más adentro en el club. Para 2016, con sólo 25 años, Alejandro Acosta, el Viejo Tom, se había coronado como el rey del Barrio Mitre.

Pero ese poder lo embriagó y pensó que podía expandir sus negocios a toda la ciudad. Su banda tomó control de la droga en toda la zona Norte. Compraba en la villa 1-11-14 cocaína al grupo conocido como “los peruanos”, la fraccionaba y la vendía en los barrios de Saavedra, Coghlan, Villa Urquiza, Villa Pueyrredón y Devoto. La plata fluía y la impunidad también. Y cada golpe se festejaba en locales bailables de Morón y Haedo donde corría el alcohol y otras sustancias.
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Esa espiral ascendente lo llevó a cometer dos errores. El primero, hacerse visible en el mundo del fútbol: con el dominio de la popular consolidado, intentó quedarse con todos los negocios del club y entró en una asamblea con su gente y armas largas a pedir la concesión de los distintos puestos que había en Platense. Fue un escándalo. Después, cegado por su ambición, pergeñó el secuestro de la hija de un capo narco exigiendo 100.000 dólares y dos kilos de cocaína para liberarla. La entrega, por una cifra menor, se hizo en la Villa Santa Rita y tras seis horas de cautiverio, la chica fue liberada. Esto desató una guerra porque un grupo del Bajo Flores fue por venganza al Mitre y todo terminó con tres muertos.
Así su situación se hizo inestable y supo que su cabeza tenía precio. Y se refugió en una villa de Boulogne. De incógnito seguía manejando la barra de Platense, pero la Justicia ya estaba tras sus pasos. En un partido lo vieron y logró fugarse, pero finalmente, cuando intentó volver al barrio de siempre, la Policía tuvo el dato y lo detuvo. Era 2018. Fue condenado a seis años de prisión. Lo mandaron a Devoto, donde también hizo de las suyas: fue uno de los líderes de la revuelta de presos que tomó el penal y generó un tremendo motín en abril de 2020 exigiendo la libertad por la pandemia del COVID-19. Pero no logró salir. Y debió cumplir los tiempos procesales hasta que a comienzos de febrero volvió a la calle. Y decidió recuperar el poder. En Platense lo logró rápido, ya que su gente le había cuidado el lugar. A tal punto que se lo vio en el amistoso de la Argentina contra Panamá en un lugar central del estadio. Increíble.
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En el barrio le costó algo de sangre y fuego: cuando regresó vio que en su ausencia otro grupo, el clan Gómez, había tomado parte de su territorio. Y se resolvió como se resuelven las cosas en ese mundo: en la madrugada del 15 de febrero un tiroteo feroz sacudió al barrio Mitre dejando dos heridos de bala. Como en esa causa estaba investigado por la Justicia porteña pero no fue detenido, creyó en su buena estrella. Que se apagó la semana pasada cuando fue por un botín grande en una casa de la calle Quesada y la Policía lo detuvo horas después junto a tres cómplices con un arma Bersa calibre 22, varios cartuchos y lo acusó de robo a mano armada y privación ilegítima de la libertad. En su indagatoria sólo atinó a decir que ya tenía cumplidas todas sus deudas con la sociedad y que había cambiado de vida, convirtiéndose en fletero. No le creyeron. Por lo que volvió una vez más a prisión.
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