El primer ministro israelí David Ben Gurión lee la declaración e la independencia de Israel en Tel Aviv el 14 de Mayo de 1948. Foto: AFP.
El primer ministro israelí David Ben Gurión lee la declaración e la independencia de Israel en Tel Aviv el 14 de Mayo de 1948. Foto: AFP.

Un hombre de gesto adusto y sobretodo sacudió una hoja que se había posado en uno de sus zapatos antes de ingresar a la sede de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Era otoño en Nueva York cuando el máximo organismo multilateral se disponía a avanzar en un plan de partición, la recordada resolución 181, que dio por concluida la administración colonial sobre el enclave denominado "Mandato Británico de Palestina".

La noticia no tardó en recorrer cada rincón del mundo. Aquellos sobrevivientes de una generación que había sido diezmada en las cámaras de gas de los campos de concentración respiraron con alivio. No dudaron ya en abrazar la marcha hacia un hogar propio, ancestral y seguro.

De esta forma, hacia el mes de mayo de 1948, en un acto recordado por su modestia y brevedad, y bajo la mirada atenta de un visionario, Theodor Herzl, desde uno de los muros del salón, trescientos cincuenta hombres y mujeres, entre ellos mi padre, declararon la independencia del Estado de Israel.

El primer ministro israelí David Ben Gurión junto a Golda Meir. Foto: AFP.
El primer ministro israelí David Ben Gurión junto a Golda Meir. Foto: AFP.

Aún resuenan en los oídos de cientos de israelíes, judíos en la diáspora y amigos del joven país, las palabras de David Ben-Gurión: "Eretz Israel ha sido la cuna del pueblo judío. Aquí se ha forjado su personalidad espiritual, religiosa y nacional. Aquí ha vivido como pueblo libre y soberano; aquí ha creado una cultura con valores nacionales y universales".

Hoy, próximos a celebrar 70 años de aquella histórica jornada, el ímpetu de esos idealistas que, a sabiendas de las amenazas que se cernían sobre ellos, decidieron avanzar en la concreción de un hogar próspero y pujante, para ellos y para las generaciones venideras, es un motivo de orgullo.

No dudaron ya en abrazar la marcha hacia un hogar propio, ancestral y seguro

A pesar de los intentos de diálogo con los países árabes vecinos, el mismo día en el que se retiraron las fuerzas británicas, la guerra cayó como un rayo sobre el Estado naciente. La invasión fue encabezada por tropas egipcias, iraquíes, libanesas, sirias, jordanas y saudíes. Pero la asimetría del conflicto no hizo mella al coraje. Y si bien, al evocar esta etapa de la historia del pueblo de Israel es recurrente referirnos al pasaje bíblico sobre el duelo entre David y Goliat, encuentro en los versos de la obra cúspide de la lengua española un fiel reflejo de aquel sentimiento: "Ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla". No hubo molinos de viento que pudieran detener el irrefutable deseo de libertad.

Oficiales israelíes izan la bandera del Estado de Israel por primera vez. Foto: AFP.
Oficiales israelíes izan la bandera del Estado de Israel por primera vez. Foto: AFP.

Israel se sobrepuso a esa primera contienda y a otras que vinieron. Supo, en términos amplios, tornar las adversidades en fortalezas; la hostilidad de rivales, en la creación de una industria de defensa referente en el mundo; la necesidad de agua dadas las características geográficas de su territorio, en avances tecnológicos para el mejor aprovechamiento de este recurso; la escasez de bienes naturales, en el desarrollo de un modelo económico basado en start-ups, innovación y creatividad.

Son muchos quienes al día de la fecha se siguen preguntando cómo fue posible que una idea, la de un hogar nacional para el pueblo judío, haya podido no solo sobrevivir los embates de la historia, sino consolidarse como una democracia sólida, ocupar posiciones destacadas en los principales rankings económicos y recibir el apodo de "Silicon Wadi" por ser uno de los bastiones globales en investigación y tecnología. Yo mismo, confieso, me hago esa pregunta.

Una joven de gesto amable sacude una hoja que se había posado en una de sus sandalias antes de ingresar a su departamento de estudiante en la ciudad de Beer Sheva. Sorprendida, mira a su alrededor y ve un desierto florecido.

*La versión original de esta nota fue publicada en la revista DEF N.° 120