Los bolivianos que viven en la Argentina son 345.000, según el último Censo Nacional. Conforman la segunda colectividad más numerosa, después de la paraguaya. El 38% de los bolivianos que abandonan su país eligen a la Argentina como destino. Violeta Velasco es una de ellos.
Velasco tiene 44 años, una vitalidad envidiable y una generosa sonrisa que oculta una historia de vida llena de dificultades, superadas siempre en familia y de la mano del trabajo remunerado, pero, sobre todo, de su labor como voluntaria en distintas iniciativas.
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A los 20 años, la muerte de su padre la llevó a emigrar de su La Paz natal, a Buenos Aires; de su departamento, a la Villa 1-11-14. Ese lugar, "de casitas de cartón y madera", que en un primer momento fue una pesadilla para ella, poco a poco se fue transformando en su hogar, con apoyo de los vecinos y con una gran dosis de esfuerzo de su parte. La parroquia de la villa se convirtió en su refugio, y allí volcó todas sus energías, dictando clases de catequesis, de confección de calzado, y estando siempre disponible para dar una mano al que lo necesitaba, algo que insistió en inculcarles a sus cuatro hijos.
En la actualidad, su día se divide entre su trabajo como empleada, el cuidado de sus hijos y sus ensayos en la compañía de ballet de danzas bolivianas, su pasión desde hace más de una década. "Nosotros, los bolivianos, hacemos los trabajos que a los argentinos no les gusta hacer", asegura.
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CON VOZ PROPIA
-¿Cuándo vino a la Argentina y por qué?
-En 1993, tenía 20 años. Vine por motivos de salud. Ese año había fallecido mi padre y la depresión que me agarró fue muy fuerte. Mi mamá ya estaba radicada desde hacía muchos años acá. Al enterarse de mi situación, fue a Bolivia a buscarme y me trajo con ella a la Villa 1-11-14, donde vivía.
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-¿Qué hacía en Bolivia y a qué se dedicó al llegar a la Argentina?
-Estudiaba para ser guía de turismo, mi gran pasión. Pero eso se cortó cuando llegué. Me costó muchísimo al principio, extrañaba tanto… Yo no entendía qué hacía acá, no me hallaba, no sabía qué hacer. Me refugié en una iglesia que está dentro de la villa, donde el sacerdote me dio una mano, fue mi refugio. En Bolivia, yo daba catecismo, y entonces el sacerdote me dijo: "Bueno, acá podés dar catecismo también", y eso hice durante muchos años. Trabajé con los primeros curas villeros que se juntaban en la parroquia donde yo estaba.
-¿Por qué cree que le costó tanto esa primera etapa?
-El shock más fuerte que tuve fue el llegar a la villa, después de vivir en un departamento en La Paz. Pero aprendí a ayudar a otros y a transformar ese lugar que no me gustaba en algo que me gusta; ahora, es mi hogar.
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-¿Qué recibimiento tuvo de la gente de la villa?
-Había una muy buena recepción al que llegaba, mucha ayuda, hasta la comida se compartía. No me molestó la gente, pero era muy fuerte ver las casitas de cartón y madera, no tener un baño.
-¿Y afuera?
-Afuera era muy distinto, te discriminaban mucho. En esa época, la policía agarraba a los bolivianos por no tener el DNI y los paraban en cualquier momento por "portación de cara", como decimos. A mí me costó un montón tener el DNI, como siete años, incluso, mi familia fue estafada por un escribano que trabajaba amparado por el consulado boliviano.
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-¿Cuándo empezó a tener actividades por fuera de la villa?
-Empecé a salir por mis hijos. Ninguno de los tres quería saber nada con moverse adentro de la villa, afuera estaba su mundo. Pero allí se vivía muchísimo maltrato, muchísima discriminación. El trato era muy despectivo, autoritario. En Migraciones, por ejemplo, cuando fui a llevar mis papeles, había una abogada boliviana que, en vez de dar una mano a sus paisanos, los maltrataba, les gritaba. Yo en Bolivia soy de tez blanca, a los más negritos los discriminan más, y eso se repite con el boliviano que vive acá.
-¿Y del argentino al boliviano, también se ve esa discriminación?
-¡Es más grande todavía la discriminación! Aunque hay más tolerancia que antes. Muchos tuvieron la oportunidad de conocer mi país y le tienen amor a nuestra cultura. Sigue habiendo discriminación, pero ya no es tan fuerte.
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-¿En dónde se refleja eso en la vida cotidiana?
-Me ha pasado el ver a mis paisanas en el tren, que vienen de las provincias, cargadas y cansadas, y nadie les da el asiento. Las discriminan por la forma en que van vestidas, principalmente, y por sus rasgos.
-¿Sus hijos sufren o sufrieron algo similar?
-Sí. En la secundaria. Ellos también son morochitos y no quería que pasaran por eso. Trabajé muchísimo para poder mandarlos a una escuela privada, porque sabía que así iban a poder conseguir un trabajo más fácilmente. Mi hijo mayor no tuvo demasiados problemas, pero con mis hijas no fue igual. Mi segunda hija es mucho más negrita y los compañeros le gritaban "boliviana" todo el tiempo; ella se molestaba por la forma en que se lo decían ¡y se defendía a los golpes!
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-Hoy forma parte de un ballet de danzas folklóricas bolivianas. ¿Cómo empezó a participar en esto?
-Empecé buscando algo que me conectara, con mi país y lo encontré en la Virgen de Copacabana. Vi que había un grupo que le bailaba a la Virgen, pero al principio dije: "No, ¿cómo voy a bailar?". Yo soy hija de una familia de clase media alta en Bolivia, hija de un militar, y en mis tiempos bailar no estaba muy bien visto. Pero finalmente, me refugié en el baile. Desde hace 12 años que nos dedicamos a preservar y difundir la cultura de nuestra patria. La compañía de ballet se llama SAT (Sentimiento, Alma y Tradición).

-¿Qué les responde a los que dicen que los bolivianos les roban el trabajo de los argentinos?
–Nosotros no les robamos el trabajo. Los argentinos son bastante selectivos con el trabajo. Un boliviano se levanta a las 5 de la mañana para ir a trabajar, por ejemplo, un albañil, y puede estar bajo el sol 24 horas sin quejarse. Los bolivianos son los que nos dan de comer, gracias a su trabajo en las cosechas. Seamos realistas, son trabajos que a los argentinos no les gusta hacer, como limpiar casas, por poner otro ejemplo. Los bolivianos no estamos robando nada, estamos ocupando lugares que muchos no ocupan, trabajos que los argentinos no van a buscar. El argentino está acostumbrado a dar órdenes, a sentarse en un escritorio con las uñitas bien hechas; en cambio, el boliviano es de trabajar.
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-Si volviera a Bolivia, ¿qué extrañaría de la Argentina?
-Mis hijos, que seguramente se quedarían acá, porque son argentinos y tienen su vida acá. Después de eso, nada… Creo que ya agradecí todo lo que necesité agradecerle al país. El servicio que hice en mi barrio; con eso, siento que pagué mucho de todo lo que me han dado en estos años.
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*La versión original de esta nota fue publicada en la revista DEF N.° 120
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