
“Una novela confesional”. Así definió el jurado del Premio Sor Juana —ese reconocimiento a la literatura de las mujeres que hace la Feria del Libro de Guadalajara— a la novela que eligieron como ganadora este año. Una novela confesional, escrita con hechos que pasaron, con un padre que se aleja de su hija, con una hija que lo cuenta todo. Miraba este libro, Crac, el jurado. Miraba la escritura de la cronista argentina Josefina Licitra. Pero también un horizonte más amplio, en el que la no ficción ya entra por la puerta grande de la literatura y la que se construye sobre la propia historia lo está haciendo.
Para que se entienda de qué hablamos, Crac empieza así:
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“El próximo sábado mi padre vendrá al país. No nos vemos desde hace diez años y dejó de hablarme hace ocho. Me enteré del viaje por su madre, mi abuela, quien hace unas horas me lo dijo por teléfono. Su llamada entró poco después de que me rompiera el pie izquierdo en mi clase de danzas. La atendí en el auto, mientras intentaba conducir con el derecho”.
Y enseguida cuenta:
“Como todas las familias, esta también tiene disgustos. Y parece que el mayor de todos lo provoqué yo. En febrero de 2019 publiqué un texto sobre la relación con mi padre, quien vive en Europa desde que, en 1978, se fue de Argentina como exiliado político. Hacía tres años que él no me hablaba sin que yo entendiera bien por qué, y mi incapacidad para encararlo y preguntarle eso, por qué, me había llevado a pensar que el problema tenía una profundidad tectónica a la que no se podía llegar mediante una conversación”.
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¿De qué se trataba la nota? Licitra lo cuenta en Crac: “Reconstruía una parte de la historia familiar y hablaba de cómo la distancia engendra un silencio abrasivo, capaz de erosionar lazos que, culturalmente, están pensados para resistir casi todo. «¿Cuándo empezó a irse mi padre? —escribí—. ¿En qué casillero de la historia entran las familias como la mía, que quedaron pervertidas por el terrorismo de Estado pero no tienen un muerto, una foto en blanco y negro que reciba los honores del héroe? ¿En qué cueva de significados está nuestro pasado en común? ¿Cuándo y por qué mi padre dejó de quererme?». Mi padre supo de esa nota al instante”.

Supo y, claro, no le gustó. Ni a él ni a su madre, la abuela de la narradora. “Siento que fueron muy duros conmigo, papá. Para mí, lo que escribí es un texto muy triste sobre tu distancia”, escribe Licitra, como una hija que dio un grito y tiene que cargar con las consecuencias.
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El padre de Licitra vivía —vive— en España desde 1978. Cualquier argentino sabe que haberse ido por esos años no es casual: él y la mamá de Josefina eran militantes en La Plata. Y la dictadura no perdonaba: la relación fue, sobre todo, por carta.
Esa es la historia y cuando uno empieza a leer quiere seguir y seguir. Pero ¿por qué una experiencia personal termina siendo un libro premiado?
La historia de este libro, creo, empieza en los años 60, cuando Truman Capote llama “no ficción” a su libro A sangre fría, que es una investigación real sobre dos asesinos reales. ¿No es periodismo eso? Sí, pero contado “con las armas de la literatura”, como se suele decir. Capote no fue el primero en hacer eso —sin ir más lejos, Rodolfo Walsh lo había hecho en Operación masacre— pero, al señalarlo como literatura, de alguna manera creó el género, nos hizo ver de otra manera esos textos.
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El Nobel de 2015 como consagración definitiva
La consagración definitiva llegó en 2015, cuando le dieron el Premio Nobel a la bielorrusa Svetlana Alexiévich, la autora de Voces de Chernóbil. Alexiévich es, sin más vueltas, una periodista y ese gran libro está compuesto por testimonio tras testimonio tras testimonio. Cabeza, corazón, grabador, tijera. El relato se arma: ¿alto periodismo o novela de no ficción?
El camino, digamos, estaba pavimentado, lisito. Ya no había que romper una pared de convenciones para entender como literatura, y como literatura premiable, a un libro que contara cosas que pasaron en la realidad. Pero ¿personales? ¿En serio? Durante años, las experiencias personales se disimulaban en las novelas y, ante las preguntas de la prensa, los autores aseguraban que nada que ver aunque hubiera datos transparentes para el que se molestara en buscar.
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¿Eso cambió? Bueno, muchachos, es algo que estamos leyendo y con mucho gusto. Pienso en Antes que nada, ese estremecedor librazo de Martín Caparrós, que cruza su infancia, su crecimiento y la historia argentina con el ELA, la enfermedad que hoy le complica la vida. Y pienso, por supuesto, en los libros de Emmanuel Carrère, una de las pocas estrellas literarias internacionales de estos tiempos. Carrère nos viene hablando de él y de los que lo rodean hace rato: se metió en problemas con Una novela rusa, que publicó en 2007. No era para menos: por un lado investigaba el pasado dudoso de su abuelo —parece que colaboraba con los nazis— y, por otro, mostraba —en términos poco elogiosos— la intimidad sexual con su pareja. Todo impreso y en miles de ejemplares. Inevitable: la madre lo consideró una traición y durante un tiempo —como a Licitra— no le habló.

Carrère lo volvió a hacer en De vidas ajenas, en El reino, en Yoga y ni que hablar en Koljós, donde habla de su familia y específicamente de su madre, la historiadora Hélène Carrère d’Encausse, que también era una figura pública. Y a esta altura, entre otros, Carrère tiene el Premio Médicis, el Princesa de Asturias y el de la Feria de Guadalajara para lenguas romances.
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En esa serie, en esa tradición, está Crac: literatura hecha con los dolores de tripa de la vida.
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