A las 4,20 de la tarde (hora de Roma) del miércoles 4 de noviembre, Bob Dylan y el papa León XIV se sentaron frente a frente en la biblioteca del apartamento pontificio, en la Tercera Logia del Palacio Apostólico del Vaticano. Los visitantes habían esperado casi una hora. Dylan había llegado quince minutos antes de lo acordado, con capucha negra levantada -una imagen que impregnó las redes sociales como acto de excentricidad-, guantes y una corbata de lunares vagamente anudada. Los gendarmes vaticanos los escoltaron hasta el interior, y la antesala transcurrió con sorprendente calma: el sacerdote que organizó el encuentro, el editor del diario vaticano y el editor del músico conversaron con total distensión mientras esperaban. Quien lo contó fue el padre Antonio Spadaro, subsecretario del Dicasterio para la Cultura y la Educación de la Santa Sede y el hombre que hizo posible la reunión. Lo reveló en una nota publicada en Flagging Down the Double E’s, el newsletter sobre Dylan en vivo escrito por el periodista y autor Ray Padgett —referencia ineludible para los obsesivos fanáticos del músico, con decenas de miles de suscriptores en Substack entre los que se cuenta este periodista—, quien lo entrevistó vía correo electrónico pocas horas después del encuentro.
Antonio Spadaro no es un diplomático vaticano de perfil bajo. Tiene una larga trayectoria como periodista —dirigió durante años la revista jesuita La Civiltà Cattolica— y escribe su propio Substack. Cuando Padgett le preguntó cómo surgió la idea del encuentro y de quién fue la iniciativa, fue deliberadamente escueto: “Prefiero mantener eso en privado. Mi parte fue, digamos, conectar los puntos. Dylan estaba interesado en conocer a Leo, y Leo estaba completamente abierto a ello.” El antecedente era elocuente: en julio de 2026, León XIV había citado “Go Away You Bomb”, un texto de Dylan de 1963 que nunca fue grabado, en el prólogo de su libro sobre la paz.
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Llegar temprano al Vaticano y esperar
Padgett quiso saber qué implica logísticamente organizar una audiencia de este tipo, quién debe ser convencido y si había habido intentos previos. La respuesta de Spadaro desmontó cualquier imagen burocrática del proceso: “No se trata de convencer a nadie. El Papa decide. La reunión tiene que tener sentido y los tiempos tienen que coincidir, lo que no es nada fácil cuando se trata de un hombre en gira y un Papa con su propio calendario.”
Dylan y su entorno llegaron a las 15:30, cuando el encuentro estaba pactado para las 15:45. Demasiado temprano. Los gendarmes los escoltaron al palacio, pero la subida al apartamento papal tuvo que esperar. Spadaro describió esa antesala: “Esperamos unos cuarenta y cinco minutos charlando con total tranquilidad junto a Andrea Monda, director de L’Osservatore Romano, y Carlo Feltrinelli, el editor de Dylan. Ambos son grandes fanáticos de Dylan.” A las 16:20 subieron a la Tercera Logia.
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Sobre lo que pasó dentro de la biblioteca, Spadaro marcó un límite claro: “Lo que dos personas se dicen en una mesa queda entre ellos. Entendí que Bob quería hablar con Leo en privado. Pero la forma en que se miraban era bella, intensa.” Dylan le firmó además una antología de sus canciones que Spadaro le acercó para la ocasión. “Le pedí que lo firmara. Sonrió. Le tendí un pequeño bolígrafo de cuatro colores que tenía encima, y me lo dedicó. Es un recuerdo muy valioso”, contó el sacerdote.
Uno de los detalles más comentados en redes fue la vestimenta de Dylan. Padgett le preguntó a Spadaro si la capucha había generado algún problema y si existía un código de vestimenta. La respuesta fue directa: “Dylan llegó vestido de negro, con corbata, guantes y la capucha sobre la cabeza: así aparece en público, también en el escenario de esta gira. Es su manera de ser él mismo en este momento. Lo sé con certeza. Y frente al Papa quería sentirse él mismo.” Spadaro recordó que en 1997, ante Juan Pablo II, Dylan llegó con un sombrero vaquero y se lo quitó para saludarlo. Esta vez fue diferente, y el Papa no tuvo reparo: “Mi impresión fue que, para Leo, la forma en que Bob estaba vestido era completamente natural. Ninguna sorpresa. Además, era una audiencia privada, no formal. No se había dado ningún aviso previo.”
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León XIV, la música y las preguntas que no envejecen
Cuando Padgett preguntó si el Papa es fanático de Dylan, Spadaro ofreció el perfil más completo disponible sobre la relación del Pontífice con la obra del músico. “Dylan es parte de la banda sonora generacional de Leo”, dijo, y enumeró los hitos: en abril, en Camerún, el Papa había evocado los temas de “Masters of War”; en julio usó los versos de “Go Away You Bomb” para pronunciarse contra el rearme nuclear. Y añadió un dato de orden teológico: “Leo XIV es agustiniano, y en 1967, en John Wesley Harding, Dylan soñó que veía a ese mismo santo.”
El vínculo tiene raíces biográficas. León XIV nació en Chicago en 1955 y fue adolescente en el giro entre los años 60 y 70. “El pop, el folk y el rock americano de esa época han sido parte de su bagaje cultural desde joven”, dijo Spadaro. Pero fue Jim Musselman, compañero de Prevost en la Universidad de Villanova y admirador de Dylan, quien reveló que ambos hablaban mucho de música: fue él quien le recomendó leer un ensayo que argumentaba que Dylan era el gran talento poético de su generación.
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Padgett le preguntó también por el antecedente más célebre: Dylan ante Juan Pablo II en el Congreso Eucarístico de Bolonia de 1997, ante unas 300.000 personas. Spadaro no estuvo presente, pero sintetizó el momento con precisión: “Dylan cantó ‘Knockin’ on Heaven’s Door’, se quitó el sombrero y subió a estrechar la mano del Papa. Juan Pablo II retomó la pregunta de ‘Blowin’ in the Wind’ sobre los caminos que un hombre debe recorrer y respondió que solo hay uno: Cristo. Spadaro ofreció su propia lectura del tiempo transcurrido: “Veintinueve años después, ver a Dylan estrechar la mano de otro Papa dice algo sobre la durabilidad de las preguntas que plantean sus canciones.” La entrevista cerró con un detalle menor pero revelador. Padgett preguntó si Spadaro iría al concierto de Dylan en Roma esa misma noche. La respuesta fue breve: “Por supuesto. Recibí el ticket de él.”
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