Santiago Raffo conoció a Ricardo Iorio en la infancia, en el barrio, mucho antes de V8, Hermética o Almafuerte. Compartieron esquinas de Caseros, charlas sobre música, primeros ensayos y canciones propias.
Raffo recuerda al icónico bajista y cantante, fallecido el 23 de octubre de 2023, desde una cercanía poco frecuente y conocida: la del amigo de barrio que lo vio antes de convertirse en figura central del heavy metal argentino. Después, la charla se abriría hacia su propia historia, desde los primeros dibujos hasta su consolidación como artista plástico.
PUBLICIDAD

Cuando descubrió La Cofradía de la Flor Solar, o bien escuchó por radio el concierto Adiós Sui Generis, se redondeó el amor por la música junto a los clásicos de Luis Alberto Spinetta, primero con Pescado Rabioso y, luego, Almendra, hasta que un show en vivo terminó de marcarlo. “En La Rural tocaba Plus, Polifemo, Crucis y Aquelarre, fue una locura para mí. Yo quería ser Pino Marrone, el violero de Crucis, le faltaba solo la capa para mí, era un súper héroe”, reconoce el entrevistado.
Pero la música también iba acompañada de un aliado importante: el dibujo y la pintura. Raffo recuerda con precisión, durante esta entrevista con Infobae Cultura, en su hogar de Saavedra, al libro intitulado Lunita de plata. “Copié un dibujo de la tapa y me sorprendió mucho cómo me había salido. Ahí sentí algo”, confiesa.
PUBLICIDAD

Ese primer chispazo se articularía con las horas y horas frente a los personajes de las historietas de Manuel García Ferré, los cuales copiaba sin parar, ajeno a la realidad de su madre, ama de casa, y su padre, zapatero de oficio. “No era un ámbito donde se consumiera mucho arte, pero un tío del lado materno me tiraba unos pesitos para que le dibuje a Hijitus, Larguirucho y Serrucho”, afirma sobre las icónicas caricaturas argentinas.
Con el tiempo empezaron a aparecer en su casa las revistas El Tony, D’Artagnan, Nippur de Lagash. Ya dibujaba con piedras en la calle para luego hacerlo en la EEP N°11 “Stella Maris”, en Caseros, donde, a los 12 años, escuchó por primera vez a The Beatles y Creedence Clearwater Revival. Y así se sumergió en la música, haciendo la mímica de la guitarra con una regla T de su hermano mayor que cursaba en una escuela técnica de la zona. Era la semilla.
PUBLICIDAD
Infancia y juventud con Ricardo Iorio
Raffo desempolva sus recuerdos de la esquina de Carhué y Martín de Alzaga, en Caseros, partido de Tres de Febrero. “Lo conocí de chico, en el barrio, allá por 1969. Él vivía en la calle Olavarría pero, en esa época, todavía no éramos amigos, nos veíamos muy de vez en cuando”, rememora Santiago, nacido en Ciudadela, en 1961 y quien, al poco tiempo, emigró hacia José Ingenieros.
Luego, con su familia, clavó bandera en el noroeste del conurbano bonaerense y allí fue forjando su amistad con un revoltoso Ricardo. “Vivía cerca de mi casa y era medio pendenciero, molestaba a algunos de los chicos, entonces yo me le planté y le dije: “Che, ¡pará de molestar!”. Y otro pibe, se metió a calmar las aguas: “¿Cómo se van a pelear ustedes, si los dos son de Racing?”, que hacía relativamente poco (en 1966) había salido campeón del mundo. “Eso nos unió, ahí arrancó todo”, sentenció.
PUBLICIDAD

Largas caminatas, desde Caseros hasta Ramos Mejía (ida y vuelta), fueron los momentos en donde empezaron a conectar y se vislumbraba un futuro musical juntos. “Caminábamos e íbamos hablando de música, de bandas, de lo que soñábamos. Había una idea muy fuerte de que queríamos vivir de eso. De hecho, teníamos un tema, que nunca lo hicimos, que hablaba de dos chicos que iban caminando, craneando canciones y melodías”, apunta el entrevistado a este medio.
Y, a partir de esos deseos adolescentes, nació Alarma Rock, el primer grupo de ambos. “Mi hermano tenía una guitarra criolla y con eso arrancamos. En esa época, Iorio estaba muy alucinado con el cantante y bajista Rinaldo Rafanelli (Color Humano, Seleste, Polifemo, La Pesada del Rock and Roll y Sui Generis). Ricardo usaba un chalequito como él y los padres le habían comprado un bajo Faim Jazz blanco tal cual el de Rinaldo”, rememora este vecino del barrio porteño de Saavedra.
PUBLICIDAD

Ese grupo, el primero con el que Iorio pisó un escenario, estaba formado por él en el bajo, Raffo en la guitarra líder, Carlos Aragoné en la voz y guitarra rítmica y un baterista, al que le decían el Tano. “Ensayábamos en mi casa, pero no era una banda muy armada, como que éramos músicos sin ser músicos, allá por 1978”, rememora frente a Infobae Cultura.
De aquella formación solo sobrevive el registro fotográfico de un show en la Escuela Secundaria Media Nº 8 de Caseros, conocida como El Rancho, frente a la cancha de Estudiantes de Buenos Aires. “Yo estaba muy tímido, tocaba casi de espaldas al público porque quería mirar los acordes, asegurarme de no perderme. Ahí hicimos tres temas en vivo, algo instrumental, en donde Carlos improvisaba las letras. Ricardo, en cambio, estaba firme, con seguridad, sin miedo. Era una topadora. Esa diferencia ya se veía ahí”, reconoce Raffo.
PUBLICIDAD

La fuerte impronta del futuro padre del metal criollo se notó desde el momento en que la directora del colegio, ante la exaltación del alumnado, suspendió aquel juvenil concierto. Eso, para Raffo, fue una “emoción única”: ver cómo algunos pibes se acercaban a saludarnlos como así también músicos más grandes, de edad, que ellos.
De aquel seminal grupo sobrevivieron dos temas de su autoría, Dulce dama arrepentida y Cuando el sol funda el horizonte, el cual interpretó en guitarra exclusivamente para esta entrevista, nunca fue editado. “Había otras ideas, pero esas eran las más armadas. Yo llevaba más la parte musical porque manejaba más la guitarra y él las líricas. Eran canciones de una etapa muy temprana que tenían mucho valor para nosotros”, afirma Raffo.
PUBLICIDAD

—¿Qué recordás de ese primer Iorio, antes del personaje público en el que se transformó?
— En esa época él era mucho más rebelde, yo era muy dócil. Cuando ya éramos adolescentes, le dábamos bola a los que nadie le prestaba atención en el barrio. Tenía mucha presencia. Yo digo siempre que era una estrella de rock antes de ser estrella de rock. Era muy inteligente, carismático y seguro. No pasaba desapercibido. Iba al frente y tenía una fuerte personalidad.
PUBLICIDAD
—¿La música fue el gran punto de unión?
—Sí. Empezamos a hablar de discos, de guitarras, de cómo se vestían los músicos, del pelo largo, de las letras. Los dos estábamos muy impactados por el rock. Eso es algo que yo siempre remarco: no era un juego. Nosotros no hacíamos canciones para pasar el rato. Ya lo hacíamos pensando que eso podía ser algo serio.

—¿Y dónde se juntaban a ensayar?
—En mi casa la mayoría de las veces, en un galponcito y nos poníamos con la guitarra, pero muy pocas en la casa de él, excepto si los padres se iban. Él no se llevaba bien con ellos, medio que renegaba de ser de otra clase social, porque era un barrio de gente humilde y su familia estaba bien económicamente, su papá era el dueño de un galpón de papas, ubicado al lado de la vivienda familiar, por eso a Ricardo le decían El papero. Un ejemplo: yo compraba las zapatillas en el “remolino”, una palangana de zapatillas usadas y a él los padres le llevaban las Topper nuevas. Y apenas se las daban, a escondidas, él las ensuciaba con tierra para que no pareciesen sin usar.
—¿Sentías una diferencia entre tu forma de pensar la música y la de él?
—Sí, con el tiempo eso se fue notando más. Yo estaba más cerca de Spinetta, de una búsqueda más melódica, más acústica a veces, más progresiva. Ricardo se fue endureciendo muy rápido. Escuchaba cosas más pesadas y tenía una decisión muy clara. Él iba a otra velocidad, era arrollador. Yo era más dócil y dubitativo, volvía sobre cosas que a él ya no le interesaban, como lo más progresivo y el rock.
—¿Ese fue el punto donde sus caminos empezaron a separarse?
—Sí, aunque no por una pelea puntual. Aparte de la diferencia musical, me pasó algo muy fuerte: mi papá murió en 1978 y mi casa quedó en una situación muy difícil. Mi vieja estaba muy mal. Yo no tenía la cabeza ni la energía para seguir ese ritmo. Ricardo, sí. Y yo creo que hizo lo que tenía que hacer: siguió.
-¿Cómo y con quién?
-Con Ricardo “Chofa” Moreno (1960-1984), a quien me llevó a conocerlo años antes porque él era el primer chico que conocíamos que tenía una guitarra eléctrica. Jamás habíamos tocado una, tenía una Faim roja y amarilla con distorsionador incorporado. Ricardo iba y, en chiste, le sacaba la distorsión tocando una perilla de costado y “Chofa” se lo quedaba mirando, muy serio. Ellos tocaban re-pesado mientras yo hacía Hola dulce viento de Pescado Rabioso (risas) y me miraban, como diciendo, “Loco, eso ya fue”, por eso me dolió mucho cuando se abrió y armaron banda los otros tres, junto a un batero Ricardo “Pichi” Correa“. Era Comunión Humana, un rock pesado pre-V8, en el que solo compartieron una fecha.

-¿Vos formaste otra banda después de Alarma Rock?
-Si, Avedul-C, él nombre de la banda me lo puso Ricardo, era con un muchacho de la vuelta de mi casa, Adrián Carrasco, quien me dice: “Che, conocí a un muchacho, Roberto, que toca el bajo”. Nos juntábamos los tres, se entera Iorio y él me trae un batero, que es Alberto “Beto” Coco. Ricardo ya se había ido a vivir a Villa Devoto.
—¿Lo volviste a ver después?
—Si, una vez caímos en la casa de Horacio Cristofanetti (coautor del tema Si puedes vencer al temor, del primer disco de V8, Luchando por el metal, editado en 1983), quien estaba con su hermano, Héctor, con quien yo más me trataba. Ricardo nos contaba que estaba armando “algo más pesado” y, con una guitarra criolla, nos mostró cómo iba a ser el segundo disco, Un paso más en la batalla, que vería la luz recién en 1985. Después no lo vi más, yo tenía 20 años, era 1981. Desde los 21 entré a trabajar en Entel como técnico en telecomunicaciones y, al poco tiempo, me fui de Avedul-C. Dejé la música.

—¿Viste a V8 o Hermética en vivo?
—No, a ningunas de las dos bandas. Después, con los años, la etapa que más me impactó fue Almafuerte: cuando lo escuché cantar ahí a Ricardo, me voló la cabeza. Encontré más canción, algo que a mí me llegaba más. Yo no soy metalero en el sentido clásico. Me gustan Black Sabbath y Deep Purple, algunas cosas, pero siempre estuve más cerca del progresivo, de King Crimson, de Mahavishnu Orchestra, de ese tipo de búsqueda musical.
Su carrera como artista
Luego de obtener una jubilación anticipada de Entel en 2008, luego de trabajar unos 26 años en la empresa, Santiago Raffo se abocó de lleno a su gran pasión: el dibujo y la pintura. “Reapareció con decisión en 1992, me dije que no quería que fuera más un hobby, sentía que el arte tenía que ser una forma de vida”.

Con una formación principalmente autodidacta, él pasó por algunos talleres de arte como los de Cecilia Tanoue y Estela Bártoli en donde se animó al universo de la acuarela, pero lo central lo hizo solo. “Lo importante fue la constancia. En la música yo no tuve esa tenacidad, en la plástica sí”.
Por eso, desde hace 18 años se dedica al dibujo y a la pintura y considera como su gran maestra a la artista plástica Viviana Zargón. “Pasé por un lugar y veo un taller, me gustó el ladrillo a la vista, todo y le dije: ´Voy a estudiar acá´, a lo que ella me respondió: ´No, yo no doy figurativo´, pero le insistí que me gustaba el lugar, hasta que aceptó.

Tanto se entusiasmó Santiago con los trabajos anatómicos que hoy solo dibuja rostros, algunos de ellos incompletos como el que hizo de su amada Eva Perón. “Es una forma de dejar abierta la obra, que se vea la línea, algo más plástico. Es algo hecho a propósito, no un factor abandónico. No busco un hiperrealismo cerrado”, revela.
Artistas consagrados de la historia del arte como Rembrandt, Diego Velázquez, Francisco de Goya, Johanees Vermeer, Egon Schiele y Gustav Klimt fueron los que marcaron la senda pictórica de Raffo. “De acá me influenciaron Carlos Alonso y Remo Bianchedi, así como también las lecturas de Michel Foucault y materiales relacionados con que la fisonomía, la observación del rostro, ciertas tensiones entre cuerpo, poder y representación”.

Uno de los trabajos que más recuerda es la serie pictórica “Los miserables”, que creó durante la pandemia por el coronavirus. “Escuchaba cosas que me parecían muy brutales, gente negando lo que pasaba o priorizando intereses económicos en medio de una situación tremenda”, contextualiza el artista.
Y ahí le surgió retratar personas, pero con cabezas de yunque o, como él dice, “de bigornia”. “Representa al cabezadura, al miserable, personajes con esas deformaciones. El matrimonio tenía cabeza de bigornia y, los hijos, cabeza de adoquín. La obra se llamaba De tales vigornias, tales adoquines. Varios jueces y abogados compraron algunos de estos cuadros en una subasta que se hizo en el Museo Sívori”, recordó.

Según explica, la bigornia es donde se forjan las espadas, donde se forja la idea y el hombre en el sillón es el poder, es quizás mí serie más política”, dice este ferviente peronista que expone las pinturas de esta serie en la Organización de Base “Rodolfo Walsh” (Ruiz Huidobro 4489, Saavedra), en donde donó el retrato de Evita.
Y en 2024, Raffo ganó el Primer Premio del Salón Manuel Belgrano, por el cual accedió a una pensión vitalicia (“fue una ayuda muy grande y también un respaldo simbólico al trabajo de tantos años”).

Su próxima exposición se inaugura este sábado 5 de septiembre a las 19:30 horas, en la sala violeta del Centro Municipal de Arte (San Martín 797) en Avellaneda donde habrán 23 retratos de su autoría. La muestra se llama De la cabeza y estará abierta hasta el 24 de octubre. “La figura humana es el paisaje más lindo que encontré, sobre todo, la cabeza que tiene que ver con la gestualidad”, agrega su autor a este medio.
El reencuentro con el caudillo del heavy local
En plena época pictórica, casi 35 años después de aquella incipiente década del 80, en diciembre del 2014 los caminos de Raffo y Iorio se volvieron a cruzar. Pero ya no eran dos jóvenes en búsqueda de sueños musicales, Ricardo había revalidado varias veces el título de prócer del heavy metal argentino habiendo forjado la inoxidable tríada V8-Hermética-Almafuerte, que aún estampa cientos de remeras de generaciones de metaleros criollos. Y Raffo pasaba horas y horas en su casa-atelier entre bastidores, lápices y pinturas.
Así lo recuerda el protagonista de esta nota. “Un amigo me regaló entradas meet & greet para un show de Almafuerte en el Microestadio Malvinas Argentinas (que se las había dado el periodista Reynaldo Sietecase) porque él sabía que yo había sido amigo de él. Fui con un poco de temor a ese encuentro, para que negarlo”.

¿Por qué Raffo tenía esa sensación de miedo? “Mirá si el chabón me veía y decía: “Ah, sí, loco, ¿cómo te va?, despectivamente”. Cuando lo veo, le pregunto, “¿Sabés quien soy? Pilly”. Él, de lejos (Iorio había tenido un accidente con la camioneta y el manager indicó que nadie se podía acercar al músico) se sorprendió. Solo él me llamaba con ese apodo junto a los hermanos Cristofanetti. A Ricardo le decían Canuto, un apodo muy poco conocido que tenía.
“Cuando me vió, se paró, salió de la mesa y me vino a abrazar. Me dijo: ´¿Cómo te va, vos sabés que hace poco hablábamos de vos con mi hermano que vino de España?´. Y se interpuso su representante, me retó queriendo evitar el acercamiento pero Ricardo lo frenó en seco: “Pará, pará, loco, esto demuestra que tuve infancia, es un amigo de aquella época”, recordó Raffo.

Delante de todos, Iorio le preguntaba a Santiago por su mamá y hermanos. Y el artista plástico le dijo: “Che, Ricardo, te felicito, salió campeón Racing (NdR: por el campeonato local de 2014 que la Academia obtuvo dos semanas antes) y me contestó: ´A vos también´: el chabón se acordaba que yo también era de Racing“. El fútbol volvió a unirlos, como ocurrió en aquel intercambio de palabras en los años 70.
—¿Y qué pasó a partir de ese reencuentro?
—Le pasé mi número de teléfono de línea porque yo no tenía celular, si él quería llamarme a casa, que lo hiciera, no lo quería molestar. Se lo anota en un papelito y lo mete en el bolsillito de atrás del jean. Y se fue a tocar: “Te llamo, te llamo”, me dijo antes de salir a escena. Pocas semanas después, un domingo, sonó el teléfono, era Fernanda, su mujer y me lo pasa. Y me dice: ”Mirá, estamos en una quinta en Ingeniero Maschwitz, ¿por qué no te venís mañana lunes con tu familia?”. Y fuimos, llovioooo (risas), recordábamos épocas de juventud.
—¿Y después seguiste yéndolo a ver en sus shows?
—Si, mi mujer, Ana, estaba en contacto con una chica que era la asistente de Ricardo quien nos avisó que queríamos que le armemos un saludo de cumpleaños a Iorio. Yo me filmé adelante de un cuadro que pinté, un retrato. Y cuando lo veo en un concierto en Groove, él me preguntó: “¿Me trajiste el cuadro?”. Y yo le contesté: “¿Cuál, Ricardo?“, a lo que retrucó: “¿Vos no me hiciste un retrato a mí?“. Y ahí me cayó la ficha, pensó que yo lo tapaba al retrato... me dio una cosa. Le dije: “No, Ricardo, no eras vos”. Se quedó mal por eso. Y yo también.
—¿Y cómo la remontaste?
—Busqué fotos de él en Internet, elegí tres y de ahí saqué el modelo para hacerle un cuadro. A medida que lo pintaba, dialogaba mentalmente con la obra, como diciendo, “¿te gustará cómo te hago?”. Se lo llevé de sorpresa un día que tocaba en Tigre, ya con Iorio banda. Antes del concierto me acerqué a él para dárselo, estaba envuelto, pero Ricardo hizo subir la pintura rápido a su camioneta, con sus cosas, por miedo a que se la roben. Ni siquiera la vio cuando se la di. Al día siguiente del show, el teléfono de casa sonó a las 11 de la mañana. Y, del otro lado de la línea, escuché una voz ronca y emocionada que me dijo: “Hijo de puta, qué lindo retrato”. Se largó a llorar y cortó la comunicación.

—¿Quedó algo pendiente entre ustedes?
—Sí, grabar aquellas canciones de cuando éramos chicos. Antes de la pandemia me llamó y me dijo que quería hacer un disco con amigos de verdad, y que quería grabar esos temas. A mí me entusiasmó muchísimo. Me hubiese encantado que sucediera.
—¿Cómo te enteraste de su muerte?
—Por un amigo, apenas lo supe me agarró una angustia muy grande y lloré, había hablado por teléfono con él unos dos meses antes de que fallezca. Yo seguía teniendo teléfono de línea en casa, solamente porque él me llamaba ahí. Cuando murió, lo dimos de baja.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
De ‘La constelación del perro’ a ‘La guerra de los últimos’: cómo la adaptación de Ridley Scott vació el libro de Peter Heller
La magnífica novela de 2012, reeditada este año, cuenta una historia íntima en un mundo devastado por el cambio climático, un eje narrativo que la versión cinematográfica decidió descartar

Los libros de septiembre: de la condesa sangrienta a un futbolista mítico de la Patagonia (y una parodia de Piglia)
Novelas, cuentos y reediciones integran una selección de novedades de ficción que llegan a las librerías, con autores argentinos y extranjeros que recorren registros, épocas y tonos diversos

“Un Mozart con un Bartleby”: el prólogo de Martín Kohan a la nueva novela de Eduardo Berti sobre un genio oculto del fútbol argentino
‘La estrella y la memoria’ (Híbrida Editora) cuenta la vida de Eliseo Alegre, un jugador de leyenda que nunca quiso destacar, protagonista de la historia del escritor argentino radicado en Francia

Healing fiction: 7 libros coreanos que convirtieron el descanso emocional en fenómeno editorial
Tiendas nocturnas, lavanderías mágicas y talleres de cerámica son el escenario de historias que priorizan el consuelo por sobre el conflicto y conquistaron a millones de lectores en todo el mundo

El escritor peruano Mario Montalbetti obtuvo el Premio José Donoso, uno de los máximos galardones literarios de la lengua española
El jurado de la distinción otorgada por Universidad de Talca, Chile, eligió por unanimidad al poeta y ensayista, uno de los autores más relevantes de la literatura contemporánea en español




