
Primero, Carlos Gamerro cuenta algo que le pasó con Jorge Luis Borges. Y es que Jorge Luis Borges, sin conocerlo, lo vilipendió. Lo cuenta en el inicio de Los laberintos de Borges: entre el caos y el cosmos, el libro que publicó hace unas semanas, con un recorrido por la obra de Borges que sigue el curso que Gamerro dio en el Malba.
Gamerro nació en 1962, es uno de los grandes escritores argentinos contemporáneos, con obras como Las islas o La aventura de los bustos de Eva y es, también, un profesor agudo y un ensayista picante, con libros como Facundo o Martín Fierro y Borges y los clásicos. Este martes fue parte del arranque de las Jornadas Borges, que siguen hasta el lunes, en el cumpleaños del escritor.
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¿Por qué lo “vilipendió” Borges? En esos días en que se había acabado la dictadura y había que pensarlo todo de nuevo, incluyendo el plan de estudios de Letras, Gamerro vuelve sobre la anécdota ahora, en diálogo con Infobae:
“Y sentí que Borges hablaba conmigo, pero Borges jamás se enteró de mi existencia. Creo que su interlocutor personal era Enrique Pezzoni, que era el director del Departamento de Letras y que un poco lideraba el equipo que estaba definiendo el nuevo plan de estudios, que es el que sigue rigiendo hasta hoy y que reemplazó al plan de estudios de la dictadura”, cuenta el escritor.
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Eran tiempos de renovación: “Nosotros, como representantes de los estudiantes, teníamos un peso que difícilmente vas a encontrar en otros momentos, porque había que hacer cambios en el plantel de profesores de la dictadura y todavía no se sustanciaban los concursos. A casi todos los que entraron en ese momento, como Pezzoni, Jorge Panesi, Josefina Ludmer, Beatriz Sarlo, David Viñas, los traía la fuerza de los alumnos. Raúl Aranovich y yo, que éramos los dos representantes estudiantiles, tendríamos veintidós años, veintitrés años, y estábamos ahí discutiendo de igual a igual con estos popes”.
—¿Y Borges?
—Habíamos planteado todo un plan muy flexible, en el que la mayoría de las materias se pudieran elegir. A Borges le llegó la noticia a través de alguno de sus amigos o amigas, que eran del plantel que venía de la dictadura, aunque no todos necesariamente eran afines a la dictadura. Pero le llevaron esta versión donde la idea de la elección se convertía en algo como que Literatura Inglesa se podía reemplazar por Lingüística Interdisciplinaria 3. Y entonces Borges publicó ese texto, La cultura en peligro.
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¿Qué decía el texto? Cosas como: “Prefiero creer que este misterioso proyecto es jocoso, o trata de serlo; si ha sido escrito para ser leído literalmente, es alarmante o terrorífico. Abolir las literaturas extranjeras es, de hecho, abolir las humanidades, es decir, la cultura”. Y se burlaba de esta supuesta idea de cambiar literaturas extranjeras por materias como Medios de comunicación, Folklore literario o Sociología de la literatura.

Gamerro recuerda: “Después de que salió lo de Borges, Pezzoni aprovechó y dijo: ‘Hasta acá llegamos, vamos a hacer un plan más estructurado. Voy a hablar con Borges y esto se va a tranquilizar’. Fue una especie de momento de gloria, Borges escribe en mi contra aún, aún sin conocerme. Estoy polemizando con Borges. Lo viví como algo divertido, no como un problema”.
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—En ese momento, Borges era Borges, pero no era el intocable que es hoy.
—Empezaba. Este proceso de casi canonización de Borges lo ves consolidarse a partir justamente de los ochenta.
-¿Cómo cambia la lectura de Borges a lo largo del tiempo? ¿Qué le pedimos?
-La internacionalización de Borges sucedió en vida de él. A partir de los años 80 hay un doble proceso. Por un lado, esta especie de canonización, como la llamé recién, pero que puede llamarse con un término más argentino: “Maradonización”. Es decir, se convierte en alguien incuestionable en el sentido que todos lo quieren de su lado, incluso los peronistas, que hasta digamos fines de los 60 lo tenían como enemigo. Ya nadie ataca a Borges. Me parece que esto tiene que ver también con la absorción en Argentina de lo que venía imponiéndose en el resto del mundo. Pero en ese movimiento hay que procesar el tema de la adhesión inicial de Borges a la dictadura, su almuerzo con Videla, la condecoración de Pinochet.
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-Y algunas declaraciones.
-No solo declaraciones a la prensa, en las que Borges le gustaba ser polémico, sino, incluso, en el prólogo del libro La moneda de hierro, donde dice: “Descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística”. Después se pronuncia en contra de la guerra con Chile y firma la primera solicitada de las Madres de Plaza de Mayo, junto con Bioy Casares. Hay un texto de Juan Gelman muy importante, Borges o el coraje, donde destaca lo que muchos otros no hicieron y Borges sí, que fue admitir que apoyó la dictadura y decir que se arrepiente. Y claramente celebra la victoria de Alfonsín, por supuesto se vuelve democrático de nuevo porque se demostró que la democracia no implicaba necesariamente peronismo.
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-¿Era necesario transformar al Borges político para leerlo?
-Ya no hay ataques a Borges. Si hay algo de Borges que no podés digerir o no entra en tu ideología o en tu idea de lo que es la literatura, tenés que explicarlo. Es lo que yo acabo de hacer con lo de la dictadura. Porque todo lo que hace Borges de alguna manera está, está bien. Es que una de las cosas que definen a un clásico es que es inevitable.
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-En los últimos años vi una tendencia a explicar que no es tan difícil Borges. Sin embargo, en este libro, en estas clases, veo una recuperación de la complejidad.
-Es el cuarto libro que escribo alrededor de Borges. Los laberintos de Borges surge de clases dictadas en Malba, donde trato de acercar a Borges a los lectores. Porque cuando uno se acerca a un autor nuevo es como si mirara dentro de una casa desde afuera a través de la ventana, como que estás viendo qué hay en ese autor. Y una vez que lo leíste mucho y, de alguna manera, lo integraste a tu propia manera de ver la literatura y el mundo, más bien es como que estás adentro de la casa mirando la realidad a través de la ventana. Y a mí con Borges me pasa eso, es uno de los autores que más han influido en mi mirada sobre el mundo y la realidad, la literatura, la filosofía, la política. Pero cuando doy las clases sobre Borges me encuentro con que a la gente le cuesta mucho, que se acercan a mis clases porque no lo entienden, porque no le pueden entrar.
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-Hablás del tiempo, el tiempo circular... Entonces, da la impresión de que tenés que empezar a estudiar Filosofía para leer muchos textos de Borges. A veces creíste que leíste un cuento, un cuentito, y en realidad estabas discutiendo una tesis filosófica. ¿Con Borges estás leyendo Filosofía o si Borges te hace creer que estás leyendo Filosofía?
-Uno de los desafíos que me planteé en este libro en particular fue ayudar al lector a entrar en los textos más complejos de Borges, que son justamente Historia de la eternidad, Nueva refutación del tiempo, El tiempo circular, La doctrina de los ciclos. Mi práctica, dando las clases y escribiendo este libro, es buscar la filosofía de Borges en Borges, no traer la de los autores que él leyó. Porque creo que en Borges mismo está la teoría que necesitás para leer a Borges, ¿no? También por eso no sigo un orden cronológico sino que voy juntando núcleos temáticos. Y sobre si estás leyendo filosofía o leyendo literatura o leyendo a Borges... Yo creo que Borges no es filósofo, es un escritor que trabaja temas filosóficos.

-¿Cómo es eso?
-Para mí, la diferencia fundamental es que a un filósofo le pedís que se plante en su sistema. Digo, Platón es idealista, y la mirada del mundo de Platón es idealista. Y si Platón de repente viniera y te dijera: “No, mirá, yo en realidad este tema de las ideas no me lo creo, es algo que, que escribí, pero yo creo en la realidad material”, decís: “No me estás cargando”. Y Borges va a ser idealista en un cuento, materialista en otro, en uno va a ser idealista platónico, en otro idealista berkeleyano. Es decir, ¿cuál es la filosofía de Borges? Y... la que conviene al texto que está escribiendo en ese momento. Entonces Borges no tiene una filosofía. De hecho, la escuela filosófica que más se acerca a lo que hace Borges es esta filosofía del “como si”, que él menciona en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, que es: “bueno, hagamos como si la realidad fuera así, y ahora hagamos como si fuera de tal otra manera”.
-A veces él hace referencias a un libro que no existe, pensé que podía jugar igual con la filosofía.
-En Borges, no hay ninguna posibilidad de armar un sistema filosófico único, coherente y que dé cuenta de toda la realidad. Son todas aproximaciones, son construcciones verbales, ramas de la literatura fantástica. Esa es la visión que Borges tiene de las filosofías, lo que lo hace también un autor todavía tan contemporáneo.
-¿Por qué se ocupa tanto del tiempo?
-En Nueva refutación del tiempo dedica prácticamente diez páginas, dependiendo de la edición, a refutar la idea de la sucesión temporal y después hay un solo párrafo, ese que empieza famosamente con el and yet, and yet. (Aun así, aun así), donde dice algo como “Por más que logre refutar de modo absolutamente convincente la sucesión temporal, igual me estoy muriendo y me voy a morir”. O sea, si yo no creo en el tiempo, el tiempo va a seguir creyendo en mí. En los problemas alrededor del tiempo y la eternidad se encuentra esa disyunción tan borgeana entre cómo somos capaces de pensar la realidad y lo que pasa. Pensando el problema, Aquiles nunca va a alcanzar a la tortuga pero luego las cosas nos suceden.

-Cuando leés eso, en algún momento terminás diciendo: “Claro, Aquiles no va a alcanzar la tortuga”. Como si la experiencia pudiera ser vencida por la teoría. ¿Y a vos por qué te interesaron estos temas?
-Tengo el mismo placer emocional y estético leyendo los textos filosóficos de Borges que leyendo sus cuentos. El Borges de los cuentos más narrativos -los de guapos, los relacionados con la gauchesca- son cuentos increíbles, increíblemente escritos, pero podés encontrar algo similar en otros autores. En cambio, estos cuentos como El inmortal, El jardín de senderos que se bifurcan, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius... junto con los textos filosóficos, son singulares, no hay muchos ejemplos en toda la literatura occidental.
-¿Hay un Borges que sea más Borges? El que digas: “Ese Borges que es único, es este”.
-Mirá, en el poema El truco, Borges pasa de las costumbres argentinas, el juego del truco, a una reflexión metafísica, básicamente incorpora la idea del eterno retorno de Nietzsche y te lo explica a partir del juego del truco, cómo las cartas terminan repitiéndose y entonces el pasado vuelve a suceder. Lo que yo digo en el libro es que Borges no es el autor que puede pasar del truco al eterno retorno de Nietzsche, es el autor que no puede no hacerlo. Y creo que ahí es donde encontramos al Borges más Borges.
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