El dormitorio era semipúblico y el baño no estaba separado: las casas dan pistas jugosas sobre la Historia

En "Si las paredes hablaran", la divulgadora británica enlaza la gran sala medieval con el apartamento moderno y hasta se anima a imaginar el regreso de las chimeneas por la crisis energética

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La portada del libro "Si las paredes hablaran" de Lucy Worsley se inclina sobre pilas de libros de colores con lomos lisos y el texto "EL LIBRO DEL DÍA"
La historia de la vida privada encuentra un nuevo impulso en el ensayo 'Si las paredes hablaran' de la historiadora Lucy Worsley, que examina la importancia del espacio doméstico.

La historia de la vida privada lleva décadas reclamando su lugar junto a la de los grandes conflictos y los tratados de paz. Cuando los historiadores Philippe Ariès y Georges Duby coordinaron entre 1985 y 1987 los cinco volúmenes de Historia de la vida privada en cinco volúmenes abrieron una brecha académica que todavía produce frutos. El último de ellos llega en forma de ensayo divulgativo: Si las paredes hablaran, de la historiadora y conservadora de patrimonio británica Lucy Worsley.

El libro parte de una premisa tan sencilla como eficaz: la casa no es un decorado neutro, sino el lugar donde la historia sucede de verdad. Worsley, doctora en historia arquitectónica por la Universidad de Sussex y curadora jefa de Historic Royal Palaces durante más de dos décadas —cargo desde el que supervisó la conservación de la Torre de Londres, el Palacio de Hampton Court y el Palacio de Kensington, entre otros—, convierte cada habitación en un documento de época.

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Cuatro estancias, siglos de transformaciones

El ensayo se organiza en cuatro bloques: el dormitorio, el baño, el living y la cocina. La elección no es casual. Esas son, precisamente, las estancias que definen el hogar contemporáneo medio, despojado ya de las antesalas, gabinetes y salitas de costura que aún subsisten en palacios y mansiones históricas.

Cada sección muestra cambios que contradicen lo que el lector cree saber. El dormitorio, por ejemplo, fue durante siglos un espacio semipúblico y concurrido: solo en el siglo XIX se convirtió en el recinto reservado al sueño, al sexo, al parto y a la muerte que hoy reconocemos. El cuarto de baño, por su parte, no existió como habitación independiente hasta bien entrada la era victoriana, y fue la transformación de las actitudes hacia la higiene —no el avance tecnológico— lo que aceleró su aparición.

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Lucy Worsley
Worsley combina investigación de archivo y experiencias personales para acercar la historia doméstica al presente, conectando el pasado medieval con el hogar actual e interpretando los objetos cotidianos como claves de identidad.

El living tiene una historia distinta. Worsley lo describe como el espacio que “surgió cuando las personas tuvieron el tiempo libre y el dinero para pasar rato e invertir en él”, una conquista material ligada al ascenso de las clases medias del siglo XVIII. La cocina, en cambio, condensa la historia de la seguridad alimentaria, el transporte, la tecnología y las relaciones de género en un solo cuarto.

El hogar medieval y sus ecos actuales

Uno de los hallazgos más llamativos del libro es la continuidad que Worsley traza entre el pasado remoto y el presente doméstico. La gran sala medieval —ruidosa, ahumada, donde los sirvientes dormían en el suelo y el espacio se usaba para todo a la vez— no es tan ajena al apartamento actual como parece.

El sofá-cama que se despliega cuando llega una visita inesperada reproduce, en miniatura, la lógica de aquel espacio polivalente que hacía las veces de comedor, sala de estar y dormitorio colectivo. La autora va más lejos y apunta a una posible vuelta de las chimeneas como consecuencia de la crisis energética, lo que convierte el ensayo en algo más que un ejercicio de arqueología doméstica.

Sala de estar con chimenea encendida, sofás, mesa de centro, y un arco que conduce a una biblioteca, con techo de vigas de madera
El living aparece vinculado al auge de la clase media del siglo XVIII, demostrando cómo el tiempo libre y el consumo modifican el espacio doméstico.

Worsley no se limita a registrar transformaciones: las conecta con el presente para ofrecer herramientas de lectura del mundo actual. En ese sentido, el libro se acerca al espíritu de Samuel Johnson, cuya frase —“Es por medio del estudio de cosas pequeñas como aprendemos el gran arte de tener la menor miseria y la mayor felicidad posibles”— funciona como divisa no declarada de toda la obra.

Una divulgadora con vocación empírica

La autora no escribe solo desde los archivos. Para preparar el libro, ahumó una cocina victoriana y cargó agua caliente para llenar una bañera sin grifos. Esa dimensión casi experimental imprime al texto una energía que lo aleja del ensayo académico convencional y lo acerca a la crónica de experiencias.

El tono es otro de sus activos. Worsley mantiene activo el vínculo entre el pasado y la vida cotidiana del lector, a menudo con humor, y no renuncia a proponer hipótesis propias. La misma actitud animó el programa televisivo homónimo que presentó para la BBC, donde recorrió casas británicas desde las más humildes hasta los palacios reales.

Baño con paredes verdes, dos lavabos de pedestal, bañera blanca exenta, suelo de madera clara y toallero cromado con toallas.
La aparición del cuarto de baño como estancia independiente estuvo vinculada más a las nuevas actitudes hacia la higiene que a innovaciones técnicas, según Worsley.

Las subsecciones del libro reflejan esa mirada oblicua sobre lo doméstico: hay una historia del papel higiénico, un análisis de la costumbre de sentarse erguido y un recorrido por la condena cultural de fregar los platos. Detalles que, en apariencia, no merecerían una nota al pie, y que sin embargo revelan, según la propia Worsley, “cambios revolucionarios de gran alcance en la sociedad”.

Por qué la casa sigue siendo territorio desconocido

Si las paredes hablaran se inscribe en una tradición consolidada —la historia de la vida privada— pero la renueva con una perspectiva práctica y accesible. Su argumento de fondo es que la casa no es solo el lugar donde vivimos, sino el lugar donde nos representamos: ante los demás y ante nosotros mismos.

Esa tensión entre intimidad y puesta en escena recorre el libro de principio a fin. Como escribió Henry James —citado por la propia Worsley—, “cada uno de nosotros está hecho de un conjunto de pertenencias: la casa, los muebles, la ropa, los libros que uno lee, la compañía que frecuenta. Todo eso es expresivo”. La casa, en definitiva, habla. Hace falta alguien dispuesto a escucharla.

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