
Ahora, que perdimos la final del Mundial contra España, vuelan reproches: ¿para qué viniste a ver el partido si nunca habías venido? ¿Por qué compraste camisetas de Argentina si nunca las habíamos usado? En redes, como siempre, la cosa se puede poner más espesa y hay insultos a alguien que, en plena emoción de la semifinal, rompió el chanchito y voló a Nueva York. “¡Mufa!”, le dicen. De ella -es una mujer- es la culpa de que no seamos campeones. Y del que compró las camisetas, del que fue a ver ese partido con un grupo nuevo, del que se cambió de sillón, del que se tomó otro colectivo, etc.
Había que “congelar” jugadores rivales, había que ponerse la misma ropa, había que enviar a cinco grupos la estampita de Maradona, había que cocinar lo mismo, no lavar -o lavar- la camiseta, ir a comer a determinado lugar... y así. Miles de detalles, gestos, pequeñas acciones que hicieran que el mundo fuera -parece un cuento de Borges- lo más parecido, igual, al día en que la suerte nos favoreció y ganamos. Si todo está igual, lo nuestro va a salir igual. Si perdemos, somos un poco responsables de la derrota. No somos de palo: participamos.
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Digo que no es algo banal. Digo que es nuestra forma de participar, de ser activos, de “hacer algo” en una situación que nos importa y sobre la que no tenemos el más mínimo control. Es una respuesta simbólica ante la incertidumbre porque, paradójicamente, el pensamiento mágico tiene mucho que ver con la ilusión de control: el azar parece supremo pero tenemos un montón de tretas para dirigirlo.

En definitiva, digo que no hace falta creer que si nos cambiamos de zapatos la Argentina va a a perder porque un ser superior se enojará sino que más desesperante, peor, es reconocer que no podemos influir en lo más mínimo. Así, nosotros también jugamos.
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Lo dijo como nadie Roberto Fontanarrosa, en aquel cuento titulado 19 de diciembre de 1971. Central tiene que enfrentar a Newell’s (Ñul, escribe Fontanarrosa) y como la cosa viene difícil ya no alcanzan el gorrito que se llevó siempre, el mismo auto con el que siempre se levantó al mismo amigo, la ruda macho. Hace falta más. Entonces alguien cuenta que hay un hombre, “el viejo Casale”, que nunca vio perder a Central frente a Newell’s. Y si nunca lo vio.. tiene que estar. El problema es que el señor es cardíaco y su médico le prohibió emociones fuertes, la cancha para empezar. Al narrador no le importa: con su grupo de amigos deciden secuestrar a Casale. Y, sin el menor remordimiento, lo hacen y lo llevan a la tribuna. La cábala vale todo.
¿Qué es una cábala?
La palabra “cábala”, en realidad, viene del hebreo: “lo recibido”. La “cábala” es un sistema de pensamiento místico y esotérico que busca interpretar la Biblia y los misterios del universo a través de enseñanzas ocultas. Entre nosotros, sin embargo, es una práctica para invocar a la suerte. Hacer, prometer, dar algo, para torcer el destino a nuestro favor. Del mismo origen es “cabulero”. En Chile y Honduras, “cábula” se ha transformado en “caula”, que se usa para “artimaña” o “superstición”.
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Para el antropólogo Bronislaw Malinowski -que cambió la manera de estudiar las distintas culturas- los rituales, la magia y la religión no son supersticiones absurdas sino mecanismos adaptativos. Cosas que hacemos para no reventar de impotencia. Él sostenía que los rituales cumplen una función práctica y psicológica: aliviar la ansiedad, canalizar el estrés y restaurar la confianza y el control emocional en situaciones de incertidumbre. “La magia permite al hombre (...) mantener la compostura y la integridad mental en arrebatos de ira, en medio del odio, del amor no correspondido, de la desesperación y la ansiedad. La función de la magia es [...] fortalecer su fe en la victoria de la esperanza sobre el miedo”, escribió en su libro Magia, ciencia y religión.

En algunos países evitan barrer la casa después del atardecer para “no expulsar el dinero” o llevan un dólar en la cartera para atraer prosperidad. ¿De qué habla eso? De un riesgo concreto, el de la miseria. Que hay que espantar como sea.
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Tenemos rituales, usamos cábalas porque nos hacen bien. Y, agrego, porque muchas veces nos hacen bien de manera colectiva. Somos un grupo enorme moviendo piezas en el mismo sentido: tiene que funcionar.
Juntos cambiamos el viento
Y, permítanme que de aquí salga a otra idea. Algo de lo mejor del Mundial es que, por un rato, estamos juntos. Hacemos fuerza juntos, compartimos sentimientos con desconocidos en el colectivo, sabemos por qué sonríe el que nos cruza por la calle.
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Si hay algún acontecimiento que genere comunidad y se levante como ritual colectivo, ese es el fútbol. Nos gusta pensarnos espejados en la selección: hábiles, talentosos, unidos, pasionales, con un poco de suerte y... ganadores.
El hincha que repite su cábala antes de cada partido no sólo busca “ayudar” a su equipo a ganar, sino también reafirmar su pertenencia a una comunidad que cree en la eficacia simbólica de esos gestos. El famoso granito de arena.
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Y qué bien se siente ser parte de una comunidad, no ser enemigos, con los que andan a nuestro alrededor, ¿no? En la vida real hay enfrentamientos, distintas ideas de mundo, intereses que chocan como trenes. Pero -como en la “Fiesta”- que canta Serrat, todo eso se suspende por un rato y somos un solo equipo empujando el mismo carro. No es real, pero es reconfortante. Nos gusta como somos, nos gusta ser argentinos, nos gusta estar juntos, nos gusta estar entre amigos. No por nada somos devotos de la Selección.
Puede fallar
Cómo no vamos a saberlo después de la derrota. Todas nuestras camisetas, nuestros Quijotes metidos en el freezer, nuestras reuniones calcadas de las anteriores no hicieron que nos lleváramos el Mundial, que entrara esa pelota de Giuliano Simeone, que el ángel de Messi bajara del cielo a ponerle un gol en el botín. No pasó. Estábamos juntos y no pasó. Los queremos y, a la vez, sentimos -al menos yo- un bajón de fin de fiesta que excede al deporte. Miramos alrededor: ¿quién fue el mufa? Nos enojamos con el que cambió de lugar, con el que vino por primera vez, con la que viajó a Nueva York, hasta con el que secuestró a Casale.
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Pero, en el fondo, sabemos que la verdad es otra: como tantas cosas que marcan nuestras vidas, el resultado, ay, no depende de nosotros. Sabemos todo eso; igual, la próxima vez volveremos a intentarlo. ¿O no?
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