
A tres años de su fallecimiento en mayo de 2023, la figura de Luis Chitarroni regresa al centro de la escena literaria con el lanzamiento de Luis Chitarroni por sus amigos, la gran novedad editorial del sello La Bestia Equilátera. Coordinado por la editora Claudia Melnik, este esperado volumen de 176 páginas no busca ser una biografía académica ni un homenaje solemne, sino un mosaico coral y afectivo que intenta descifrar el destino de uno de los hombres más influyentes de la cultura argentina contemporánea.
La obra va desde su estampa pública de erudito inalcanzable con saco de tweed y foulard que recordaba a un aristócrata ruso, hasta su cotidianidad más relajada en bombachas de campo y alpargatas. El volumen funciona como un rescate necesario de la calidez, la complicidad y la desmesurada inteligencia de quien fuera miembro de la Academia Argentina de Letras, autor de las novelas El carapálida y Peripecias del no, de los deslumbrantes ensayos Siluetas y Mil tazas de té, y cofundador de La Bestia Equilátera.
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Entre las tantas anécdotas y tesoros literarios que componen la antología, resalta especialmente una entrañable crónica firmada por el escritor Sergio Bizzio (recuperada de la revista El Ansia y revisada en exclusiva para esta edición). En ella se rememora una divertida y oculta etapa de fines de los años ochenta, cuando Bizzio y Chitarroni trabajaban juntos como ghost writers y guionistas para el programa de entretenimiento televisivo El gran club. Es este tipo de complicidades lo que transforma al libro en un testimonio vivo y profundamente humano de una época dorada de nuestra literatura.
La salida de este libro-homenaje invita a revisitar el legado de un editor clínico que, durante sus años dorados en Editorial Sudamericana, impulsó las carreras de autores fundamentales de la post-dictadura como César Aira, Ricardo Piglia, Rodolfo Fogwill, Daniel Guebel y María Negroni. Aunque su partida física en 2023 dejó un vacío inmenso en el mundo de las letras, Luis Chitarroni por sus amigos consigue el milagro periodístico y literario de devolvernos, en cada página, la lucidez y la ironía de un hombre que hizo de la lectura y la amistad una de las bellas artes. A continuación, el capítulo escrito por Laura Ramos.
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En la noche del alma una aurora
En una casa que Martín Rejtman había prestado a Vivi Tellas y Alan Pauls, a pocos minutos de conocernos me mandaba inescrutables señas clandestinas —roces, presiones de su rodilla contra la mía— por debajo de la mesa donde jugábamos, unos siete u ocho amigos, al Pictionary y a unos juegos de rol. Nuestra amistad fue un malentendido que los dos aceptamos, con plena conciencia y disconformidad, con la certeza de que obtendríamos, cada cual a su medida, algún tipo de néctar que —adivinamos desde el principio— no sería el que anhelábamos en primera instancia. Que haya comercio entre nosotros, podríamos haber dicho. Yo no voy a presentar ningún reclamo. Obtuve mi mercancía con creces.
Cada uno fue hacia el otro en pos de una enseñanza (el malentendido). Creo que él esperaba una inmersión en el rock psicodélico, o al menos un curso de sonido Madchester. De modo que accedía con entusiasmo a pasear en mi auto cuando lo pasaba a buscar por la editorial Sudamericana para dar unas vueltas por ahí. En el estéreo sonaba la “Cantata de puentes amarillos” a todo lo que da y casi podíamos sentir el viento en la cara. Al rato él bajaba tambaleando, como drogado, porque esas expediciones —esas experiencias— lo rockeaban. Para él, nuestra amistad era una amistad de carretera.
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Fue mi academia y mi universidad, el grado y el posgrado, mi maestría. Escribimos la tesis doctoral juntos, en su departamento de la calle Vidt, aunque el prólogo fraudulento (lo único bueno del librito que luego se atrevió a publicar en Sudamericana) lo escribió él solo, de cabo a rabo. La medida de su apostolado pedagógico pueden darla mis primeros pliegos, que contenían versos de Gustavo Adolfo Bécquer y Delmira Agustini y fragmentos de Louisa May Alcott (“Yo sé un himno gigante y extraño/ que anuncia en la noche del alma una aurora”). Con ese material, le presenté un formato de diario íntimo. Todavía tras el asunto ese del rock, él decía que sí a todo y sugirió que la narradora mintiera al diario. ¿Que la narradora mintiera a su propio diario íntimo? La invitación a una práctica de asfixiofilia no podría haberme causado más pasmo que esta propuesta.
En ese trance, me introdujo en el portal de las falsedades y simulaciones literarias, las trampas, las risas, Pálido fuego, Ivy Compton-Burnett, Henry Green. Si hasta conocerlo la literatura había sido para mí más grande que la vida (la aurora de la noche del alma), después de Vidt tuvo tantas capas como los abrigos superpuestos de un linyera. Yo decía Balzac y él retrucaba con el Balzac de Oscar Wilde. Todo sentido se torcía. Si hablaba de Jane Austen, él estiraba el hilo hasta unir Emma con Edward Ashburnham y El buen soldado.
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Yo: Henry James. Él señalaba al narrador sin género de La fontana sagrada. Ya no pude volver a leer con inocencia.
Yo sabía de lo suyo con Charlie Feiling, con Guebel, con Fogwill, con Pauls. Con María Martoccia. De todas maneras, habría desafiado a cualquiera —podría haber apostado los libros que nunca me devolvió, extraviados en las selvas de Vidt— el primer puesto entre sus amigos.
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Por eso mi desconcierto cuando, después de que se hubiera ido a cantar al otro coro, me encontraba con poetas líricos, fans de cine clase B, damas de la aristocracia, ajedrecistas, dibujantes de historietas porno, un inglés, escritoras de novelas históricas que se arrogaban igual categoría. Almas gemelas.
Como el Totó de Milagro en Milán, fingía cojera al toparse con un lisiado, se empequeñecía ante el retacón, doblaba el espinazo para saludar a un tipo con joroba. Las poetisas, los autores de literatura romántica, todos éramos de su talla. Magníficos, sus personas predilectas. Sus mejores amigos.
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