
Si se trata de Walter Lezcano y se trata de una autobiografía, se puede asegurar que el libro no será suavecito, no será blando aunque -Lezcano es elegante- no será brusco. En realidad, en cualquier género Walter Lezcano irá al hueso, al centro, ya sea al centro de la ternura o al centro de la injusticia. Tiene por qué escribir así. Lo tiene en el cuerpo.
Lezcano nació en Goya, Corrientes, pero llegó a Buenos Aires de bebé, solo con su madre. Fueron a Rafael Calzada, Solano. La remó bien de abajo. Y con esa mirada escribe. La angustia por el alquiler puede ser un tema de su poesía. Como cuando cuenta que mandó una novela a un concurso soñando con comprarle una casa a su mamá. “Pero la novela estaba muy mal escrita y no gané ni una mención./ Mi vieja sigue anhelando su casa./ Y yo lo único que pude hacer por eso es escribir un poema./ La poesía no sirve para nada”.
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Es autor de más de veinte títulos, entre los que se destacan Calle, Fractura expuesta, Rejas, Un millón de latitas y Luces calientes, así como los libros de ensayo La ruta del sol: la trilogía de Él mató a un policía motorizado, Días distintos: la fabulosa trilogía de fin de siglo de Andrés Calamaro, Por qué escuchamos a Lou Reed y La belleza del ruido: una aproximación al viaje de Suárez y Rosario Bléfari. Y, en poesía, 23 patadas en la cabeza, Humo, El condensador de flujo, La velocidad de la sangre, La conquista del desierto, La lucha armada y ¿Sueñan los ricos con la sangre de los pobres?.

Ahora, la editorial Planeta publica Marrón cabeza, una autobiografía cuyo título ya es una declaración. Aquí, algunos fragmentos.
“Marrón cabeza” (Fragmentos)
Mientras yo estaba arrancando con eso de la lectura, a mamá, su pareja, que no era mi papá (yo conocí a mi papá recién a mis 40 años, después voy a hablar de esto), no paraba de pegarle. Con cualquier excusa, en cualquier momento y de cualquier forma. Así es como se alimentan las pesadillas: de la realidad más lacerante, de ver de cerca el mal que quema.
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También me pegaba a mí. Cuando alguien te pega siendo tan pequeño, tu vida ya empieza a ir por carriles distintos a los del resto, los de los cuerpos que no son golpeados. Esa puede ser una posible división de las personas que dan vueltas por este mundo: quienes recibieron violencia física desde el comienzo y quienes no la recibieron. Esa división configura tu matrix.
(...)
Muchos años después, pude escribir un poema al respecto. Se llama Larga distancia y está en el libro 23 patadas en la cabeza, que empieza con estas palabras:
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La vez que vi
cómo mi padrastro
arrastraba a mi vieja por el piso
y yo sabía que había un arma en la mesita de luz de él.
(...)
En ese clima de violencia asfixiante y opresiva que fue una parte de mi infancia en una casa que se nos volvía ajena y con un padrastro que arrasaba con cualquier alegría, yo agarré la lectura y no la solté. Fue amor a primera vista.
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¿Pero cuándo empezó?
Ahí voy con eso.
Acá aparece el primer mito.

Mamá me contó hace ya mucho tiempo, y creo que nunca más volvimos a mencionarlo porque no somos de esas familias que se la pasan recordando, que aprendí a leer solo antes de arrancar la escuela primaria. ¿Cómo era posible si en esa casa no había ni biblioteca ni libros ni —mucho menos— lectores? ¿Es cierto o me lo inventé?
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En esa época vivíamos en una casita mal hecha (dos habitaciones, una cocina, un baño, un patio) que estaba en la esquina de una calle cortada en el partido de Morón, en el oeste de la provincia de Buenos Aires, ahí donde Divididos dice que está el agite.
Era a principios de los ochenta, una época donde no había celulares ni internet ni televisores inteligentes, solo una radio y una tele en blanco y negro. Veníamos, con mamá, de un largo viaje desde la provincia de Corrientes, y después nuestro viaje seguiría. De eso voy a hablar más adelante.
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Esto de ser mi propio maestro en la lectura es una de las tantas historias de origen que tengo en el prontuario de mi vida. Hay otros. Pero quisiera empezar por este porque creo que es una puerta, o una ventana, que lleva a las demás.
(...)
Mamá es parte de esa generación que siempre soñó contener un suelo «donde caerse muerto». Si no tenía eso, si no era dueña de una casa, así era la cosmovisión de mamá, su vida no tenía ningún valor porque siempre estaba sujeta a que la pudiesen «patear y echar como a un perro» (madre dixit).
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Me parece ver que ahí hubo un primer corte con la forma en la que vivía mi mamá: yo me propuse jamás sufrir por no ser propietario, ni tampoco busqué serlo y acepté con naturalidad (no me lo cuestioné ni un segundo, fue aceptación zen cabeza) que nunca iba a ser dueño de nada.
Puedo visualizar que de esta confrontación de ideas sobre la dueñidad —el anzuelo, el ancla— de una casa surgieron dos poemas que me mostraron un camino posible para la escritura. Uno que se llama «Mi vieja todavía no tiene casa», que habla de ese deseo irrefrenable de mamá —¿fue su mayor aspiración, su master plan?— de tener un techo y empieza así:
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Mi vieja todavía no tiene casa.\No es que viva en la calle\es que todavía no es dueña de ninguna de esas propiedades\que la gente llena de cosas inútiles\y les dice hogar.\Mi vieja alquila\y putea cada día de su vida\porque siente que tira la plata\que la desperdicia\que la regala.
(...)
—¿Alguna vez te defendiste?
—Un día me re calenté. Yo estaba con tu hermana encima y no sé qué me dice y enseguida me pega un cachetazo. Yo puse a tu hermana en la cuna y agarré un revólver que yo tenía en la mesita de luz. Y le empecé a tirar. ¡Pa! ¡Pa! ¡Pa! Se revolcaba el tipo y nunca le enganché ni un tiro al hijo de puta. Rompí la puerta de la heladera, un ventanal, y el tipo escapó corriendo. «¡Te voy a matar, sorete!», le grité. Después vinieron todos sus familiares, porque vivían al lado, me sacaron el arma a la fuerza y al otro día volvió el tipo.
—¿Por qué tenías un arma?
—Porque vivíamos en una zona muy peligrosa. Igual, vos ni te dabas cuenta porque te la pasabas en la calle. Ahí ya empezaste con la joda de callejear hasta tarde a cualquier hora.
(...)
Hice un par de cuadras por Combate de Los Pozos y cuando pasé la avenida Independencia me inundó una angustia impresionante desde el estómago hasta la garganta. ¿Me había tragado una bolsa de cemento y otra de cal sin darme cuenta? Un microsegundo después de esta sensación estallé en un llanto sin control. No me importó estar en una vereda transitada a plena luz de un día laboral. No tenía vergüenza, simplemente me dejé llevar por el momento de descarga y verdadera entrega al llanto.

Llorar es una manera de vivir un presente determinado. Llorar te impide hacer cualquier otra cosa, no te deja distraerte, te reclama toda tu atención. Llorar es una actividad exigente, te somete, te ata a esa situación tan cargada de agua y sal y deshidratación.
(...)
Una charla con tu mamá sobre el pasado en común que te comparte luego de haberse negado desde siempre puede hacerte mierda, lo mismo que si fueras víctima de un ataque en manada de unos rugbiers hijos de remil puta en la Costa Atlántica.
Me senté en el sillón del living que está cerca de la biblioteca y comencé a percibir una liviandad inesperada en mi cuerpo. Me había sacado un peso de encima. Las bolsas de cemento y de cal se habían disuelto y ya podía respirar con el ritmo habitual. Hasta tuve un pensamiento sobre lo último que me había comentado mamá en la charla sobre nuestra partida de esa casita de Morón.
La secuencia del final, de mamá operando, por fin, la separación porque había llegado a su punto máximo de hartazgo, la recordaba como un momento en el que ella estaba cocinando un pastel de papas y de pronto dejó de cocinar y me dijo, con la voz de alguien que viene pensando algo hace mucho (hoy se diría rumiando) y por fin se lo puede sacar de adentro y ponerlo delante de sus ojos en palabras de este mundo, que se quería separar y que nos teníamos que ir de ese barrio.
Con ese recuerdo tan importante de nuestras vidas, escribí, muchísimos años después, un poema que se llama «Voy a tratar de ser preciso» y está en el libro 23 patadas en la cabeza. Ese poema me permitió comprender que, a veces, para escribir un poema solo hace falta retratar un momento de la realidad. El trabajo consiste en hacer un encuadre (encontrar un marco, como si uno tuviese una cámara de fotos y descubriera los límites de lo que quiere mostrar) y un traslado: lo que estaba en la experiencia pasa al papel. Y eso es todo.
Pero esto lo sabría después de que pasara mucha sangre (el tiempo es una forma de mala sangre) por debajo del puente de mi vida.
«Voy a tratar de ser preciso» termina con las palabras que me dijo mamá esa vez:
Walter, nos tenemos que ir de acá,\me quiero separar.
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