
El nuevo libro Disability, del historiador David Turner, sobre la discapacidad en el Reino Unido sostiene que, desde el inicio de la edad moderna hasta hoy, la vida de las personas discapacitadas estuvo marcada al mismo tiempo por cambios profundos en leyes, instituciones y tecnologías, y por una persistencia llamativa de actitudes públicas y políticas hostiles.
Esa tensión es el centro de una obra que explica el avance de derechos no como una concesión desde el poder, sino como el resultado de una disputa sostenida por quienes los reclamaron.
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La tesis se apoya en un recorrido de siglos que va desde hombres y mujeres del siglo XVII obligados a demostrar que eran lo bastante discapacitados para recibir ayuda parroquial y no morir de hambre, hasta la clausura de asilos, la aparición de prótesis y la incorporación tardía de los derechos de la discapacidad en la ley. El libro plantea que, pese a esas transformaciones, el trato social y político siguió siendo deficiente.
Turner, profesor de la Universidad de Swansea, reconcilia esas dos líneas al mostrar que las personas discapacitadas impugnaron esas condiciones en cada etapa. La publicación resume esa idea como una historia de derechos y dignidad arrancados en circunstancias adversas, más que otorgados desde arriba.
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La panorámica histórica se organiza a partir de figuras concretas. Una de ellas es Duncan Campbell, un aristócrata que a comienzos del siglo XVIII se convirtió en una sensación como vidente sordo y aprovechó el mito y el rumor en torno de su discapacidad para aumentar su fama y su credibilidad en una época en la que la sordera se asociaba con la infancia y con la incapacidad de educarse.
Dos siglos después aparece May Billinghurst, conocida como la “sufragista lisiada”, que utilizó un triciclo adaptado de propulsión manual para atravesar líneas policiales y participar en actos de desobediencia civil. Más adelante, el libro recupera a Megan du Boisson, ama de casa de la década de 1960, que hizo campaña por las primeras prestaciones por discapacidad concedidas únicamente por el grado de deficiencia, cuando los programas existentes solo cubrían a quienes habían resultado heridos en el trabajo o en la guerra y dejaban afuera a casi todas las mujeres discapacitadas.
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Lo que une a esas trayectorias no es solo la resistencia frente a limitaciones materiales impuestas por la sociedad, sino también el rechazo a los supuestos que acompañaban esas barreras. El resultado es una imagen acumulativa de una comunidad definida por ingenio, determinación y tenacidad, en lugar de la idea de una minoría pasiva y sometida.

Ese enfoque puede resultar novedoso para muchos lectores sin discapacidad, mientras que para integrantes de esa comunidad ofrece una continuidad reconocible entre personas separadas por cientos de años. El diario destaca que esa comprensión de la discapacidad aparece formulada con claridad para un público general.
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Una de las pruebas de la desvalorización de la historia y del activismo por la discapacidad es que casi ninguna de las figuras del libro forma parte del conocimiento común. Billinghurst, por ejemplo, merecería ser mencionada junto a las Pankhurst.
La misma omisión alcanza a Vic Finkelstein, activista antiapartheid que trasladó al movimiento británico por los derechos de la discapacidad aprendizajes adquiridos en Sudáfrica. Fue él quien, a comienzos de los años 70, formuló por primera vez lo que después se conocería como el modelo social de la discapacidad, una idea que abrió el camino a un activismo que fue más allá de la demanda de mejores ayudas económicas.
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El libro también rescata al parlamentario del siglo XVIII William Hay, a quien Turner describe como la primera persona que escribió sobre la discapacidad como identidad personal. A esa lista se suman Barbara Lisicki y Alan Holdsworth, la pareja punk que impulsó la campaña exitosa de las décadas de 1980 y 1990 por la primera ley integral británica de derechos para las personas discapacitadas.
Todos ellos libraron disputas abiertas contra gobiernos y sociedades que preferían su silencio. La obra de Turner presenta esa secuencia como una refutación de otra idea arraigada: la de las personas discapacitadas como receptoras pasivas tanto de la discriminación como de la ayuda.
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El argumento final del libro es más amplio que una historia de agravios. Sostiene que las personas discapacitadas siempre resistieron y siempre pelearon por mejorar sus condiciones.
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