
Emilee Hackney inicia su aguda memoria, All That’s Unseen: An Appalachian Memoir (Todo lo que no se ve: memorias apalaches), con una escena en el templo Deliverance Christian Church, en el condado de Tazewell, en la zona rural del suroeste de Virginia, donde nació y creció. Emilee, de cinco años, está de pie junto a su madre, observando cómo los fieles acuden al altar, se arrodillan, lloran, gimen y hablan en lenguas. Emilee siente una “gran y urgente energía” que presiona sus hombros. Sus rodillas ceden y cae al suelo, retenida por una “fuerza misteriosa y totalizadora”.
En la escena siguiente, va en el asiento trasero del auto de sus padres, pegando el rostro a la ventana mientras avanzan hacia los valles del condado vecino, donde viven ambos abuelos, todos mineros de carbón. Emilee se esfuerza por ver las crestas montañosas que la rodean, “restrictivas y reconfortantes”: “Me siento empequeñecida por su magnitud y majestuosidad”, escribe. La presencia sagrada pero aterradora que sintió en la iglesia ha sido reemplazada por una grandeza más benigna.
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Ese tránsito entre paisajes espirituales y geográficos, mientras Hackney desentraña las normas opresivas de su iglesia y cultura de una familia y región que no puede dejar de amar, es la dialéctica donde se desarrolla su historia. Al relatar su crecimiento bajo la sombra literal de los Apalaches y la figurada de la iglesia pentecostal, se pregunta: ¿La salvación está en el ministerio o en las montañas, en el púlpito o en el lugar? ¿Pertenezco a uno u otro? ¿A ambos o a ninguno?
Han pasado diez años desde la publicación de Hillbilly Elegy, del actual vicepresidente JD Vance, y finalmente aparece una memoria sobre los Apalaches a la altura de su origen, escrita por una autora de la Generación Z, octava generación en esa región, que es demasiado inteligente y auténticamente local como para perpetuar estereotipos.
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La madre de Hackney es maestra de jardín de infantes, criada como bautista y convertida al pentecostalismo, cree en el Big Bang y escucha la radio pública NPR, lo que la convierte en una rareza. Su padre es un aspirante a profesor de historia, amable, que encadena empleos mal pagados. Trabaja como policía hasta que no soporta más la angustia de detener a usuarios de metanfetamina y heroína con niños pequeños en el asiento trasero, y acepta un puesto de vigilante nocturno en un depósito de chatarra.
Después de que Hackney y su hermano Erik notan que sus ahorros desaparecen de la alcancía, sus padres les admiten que tomaron prestado el dinero; lo devuelven cuando el padre obtiene un puesto administrativo en la mina Knox Creek. Para celebrarlo, lleva a la familia de compras y Hackney, ya más grande, puede elegir ropa en la tienda TJ Maxx y el supermercado Target.
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En una pijamada, les cuenta a los padres de una amiga que debe irse temprano al día siguiente porque va de compras. El padre de la amiga levanta las cejas: “Navidad fue el mes pasado”, le dice. Hackney comienza a rechazar los regalos de sus padres y a ocultar sus cosas nuevas: “La vergüenza de ser pobre no se comparaba con la vergüenza de ser rico”, afirma.
A los 16 años, Hackney está comprometida con Sam, un miembro de la iglesia cuatro años mayor, que quiere ser predicador. Cuando él le pide someterse a una práctica llamada “disciplina doméstica”, asociada con ciertos subgrupos cristianos conservadores, Hackney debe buscar el término en Google (al igual que yo). Descubre que Sam quiere “azotarla” cada vez que le falte al respeto. Aunque sospecha que puede ser una excusa encubierta para el abuso, accede a probarlo. Cuando Sam la golpea, ella llora, más por vergüenza que por dolor.
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El pasaje resulta difícil de leer, pero Hackney evita presentarse solo como víctima. Se cuestiona la “retorcida sensación de intimidad” que siente después. Pronto ella misma pide ser azotada con regularidad para expiar una culpa generalizada: “Sentí que el castigo había corregido —al menos por un momento— mis pecados, domado mi naturaleza desafiante y desobediente. Yo era Jesús en la cruz, avergonzada y ridiculizada, sacrificando mi orgullo y mi cuerpo por la santificación eterna”.
La crisis que precipita la ruptura con Sam llega como un golpe devastador, pero la impulsa a un proceso de autodescubrimiento que, entre dudas, soledad y una separación dolorosa de la cultura religiosa de su infancia, termina llevándola fuera del condado de Tazewell hasta Harvard.
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Emilee Hackney evita que su historia se convierta en un relato de superación. Aunque fue la mejor alumna de su secundaria, enfrenta dificultades en Harvard: “Cada clase, cada tarea y cada conversación me hacían sentir superada, descolocada, como si transmitiera en una frecuencia distinta a la de los demás”. También extraña su hogar. Los prejuicios que esperaba dejar atrás ahora los vive desde el otro lado: sus compañeros asumen cosas sobre su educación y política por su acento, mientras que en su pueblo la ven demasiado “liberal” y elitista.

La crítica católica de Flannery O’Connor consideraba su obra poco religiosa, mientras que los liberales pensaban que escribía obsesivamente sobre “fanáticos religiosos”. La vida y obra de O’Connor transcurren en esa tierra de nadie entre esos polos. Ese es el terreno estético de Hackney. Ella comprende que la belleza y la verdad residen en los espacios intermedios, entre blancos y negros.
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En la narración de Hackney no hay villanos subsidiados ni héroes esforzados. Solo hay individuos: personas vivas, reales, con todos sus matices y complejidades. Al escribir sobre la zona rural de los Apalaches, el libro de Hackney demuestra que lo último que se necesita es una elegía.
Fuente: The New York Times
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