
Que sea dicho de una vez, así empezamos bien esta jornada. El teatro es literatura. No pretendo, hoy, convencerlos de eso. No pretendo convencerlos de nada. Pero dedicaré los próximos minutos a realizar un análisis absolutamente capcioso de la relación entre el teatro, la literatura y los libros.
Empecemos por el principio. El teatro surge hace dos mil quinientos años en Atenas, infiero que eso todos lo sabemos. El origen del teatro es religioso, y eso tristemente lo hemos perdido, porque se hacía en homenaje a un dios, que era Dioniso; el origen del teatro es político, porque claramente las tragedias eran políticas; y además era un concurso, con entrega de premios y todo, eso tristemente se mantiene hasta hoy. Como sea, las tragedias lo que hacían era escenificar los mitos. Hay quien ha afirmado incluso que las tragedias son el catálogo de los mitos. Sin los mitos, sin las tragedias griegas, no se habrían escrito muchas de las obras centrales de la literatura universal. Sin Edipo de Sófocles no habría Dostoievsky, sin Medea de Eurípides no habría Mary Shelley, sin Antígona de Sófocles no habría José Hernández. Pero, vale decir, no tendríamos nada de todo esto, ni Los Hermanos Karamazov, ni Frankenstein, ni el Martín Fierro sin los textos, sin el papel o el papiro; sin los libros. Se escribieron más de 1500 tragedias. Solo llegaron a nosotros 33 obras completas. Y tenemos esas 33 porque son las únicas de las que tenemos el texto. No tendríamos nada de todo esto sin los libros.
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Luego, si queremos seguir la línea histórica mas lógica, o la más innegable, deberíamos saltar hasta más o menos el año 1600, y hablar de William Shakespeare. Shakespeare es, para mí, el mejor escritor de la historia. Pero, vale recordarlo, Shakespeare no era en sus orígenes un autor. Shakespeare no era universitario. Él no fue a Oxford ni a Cambridge. Shakespeare era, nada más y nada menos, un actor. Sobre el valor de lo que escribió creo que es redundante hablar. No solo no habría historia de la literatura universal como la conocemos sin Shakespeare, probablemente no seríamos los seres humanos que somos, los buenos y los malos, sin él. Shakespeare fundó una compañía de teatro con otros actores, que además eran sus amigos. Ellos eran también los productores de las obras, y hasta tuvieron un teatro. Shakespeare escribía y actuaba en roles no tan centrales o, al menos, con no tantos parlamentos. Se cree que además dirigía las obras, aunque ese rol no estaba estipulado como tal. Cuando Shakespeare murió, en 1623, se editó un tomo con casi todas sus obras conocido como First Folio. Ese libro fue editado gracias a la labor de dos actores amigos de Shakespeare, John Heminges y Henry Condell, que se encargaron de reunir todos los papeles, textos, libros y libretos, versiones y contraversiones para armar el primer tomo de obras de Shakespeare y que hizo que hoy podamos conocer la obra del célebre autor inglés. Los amigos, cuando no. Y el teatro. Y los libros. No tendríamos a Shakespeare sin los libros. No tendríamos la literatura que tenemos si no se hubiera editado a Shakespeare.

Tenemos en Argentina a muy célebres dramaturgos y dramaturgas. Armando Discépolo, Griselda Gambaro, Mauricio Kartun. Voy a citar el caso de dos dramaturgos que son, además, célebres novelistas, dos referencias ineludibles de la literatura argentina: Roberto Arlt y Manuel Puig. Ambos fueron escritores totalmente singulares. Roberto Arlt generó su lenguaje atrás del anarquismo y las malas traducciones de los escritores rusos. Manuel Puig quiso escribir guiones anacrónicos a la manera de la época dorada del cine de Hollywood. En ese equívoco, ambos escribieron algunas de las mejores novelas que se han publicado en este país. Yo atesoro una foto del día del velorio de Roberto Arlt. En la foto se ve cómo los actores del Teatro del Pueblo llevan el féretro del escritor. Los actores cargando el cajón de Roberto Arlt, me parece paradójica esa imagen. Roberto Arlt es nuestro, es del teatro. Como sea, decía, ambos escritores descollaron en narrativa y en teatro. Las novelas de ambos fueron transformadoras, extrañisimas, singulares y únicas. El teatro que ambos escribieron siempre fue, al menos a mis ojos, sólido pero un tanto conservador desde lo formal. Por eso yo creo que Arlt y Puig influyeron más al teatro argentino desde sus novelas que desde sus obras de teatro. Podría enumerar obras geniales de Ricardo Bartís o de Santiago Loza para tratar de sostener esta idea. Como sea, lo que me interesa es enfatizar en la influencia del teatro sobre la literatura, y en la influencia de la literatura sobre el teatro.
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El teatro forma parte central de la tradición literaria. Los Premios Nobel de 2003 a Elfriede Jelinek, de 2004 a Harold Pinter o de 2023 a Jon Fosse deberían servir como prueba. El teatro argentino debe ser y es parte esencial de la tradición literaria argentina. No se puede escribir hoy sin haber leído a Gabriela Cabezón Cámara o Leila Guerriero. Pero tampoco se puede escribir sin haber leído a Rafael Spregelburd o Romina Paula. Y para que el teatro, para que este teatro que se hace hoy en la Ciudad de Buenos Aires en el año 2026, para que este teatro sea parte de la tradición literaria se necesitan los libros. La literatura necesita al teatro pero también el teatro necesita a la literatura. En tiempos en donde hasta la esperanza es escasa, me permito soñar con una comunidad de espectadores y lectores, de escritores y actrices, todos juntos, unidos. La tradición literaria, la historia del teatro, Eurípides, Shakespeare, los amigos de Shakespeare, y nosotros. Porque estamos en un laberinto y el monstruo acecha. Y del laberinto no se sale con obras que subestimen al espectador con esloganes estúpidos; del laberinto no se sale con obras que sean guarderías emocionales. Del laberinto se sale elevándose. Hay que tener buenas ideas. Y para tener buenas ideas hay que leer libros.
[Fotos: prensa Vinilo editora/ Compañía Teatro Futuro]
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