Así terminó el show de Fito Páez el miércoles en Buenos Aires, luego de los silbidos y la desaprobación de una parte del público por haber tocado entero el disco 'Novela'
El destino quiso que el episodio que ubicó a Fito Páez entre las tendencias de X -y de ahí a la gran conversación pública, virtual o presencial, da igual- ocurrió la noche anterior a la publicación de su nuevo disco, Shine. Resultó paradójico: el miércoles había tocado en el estadio cubierto de Villa Crespo y vivió un episodio inesperado. La situación fue amplificada por la caja de resonancia de este ágora enfermo y contemporáneo con el nos hemos acostumbrado a convivir. “Fito” fue trending topic y todos tuvieron algo para decir (así pasa ahora, cualquiera dice cualquier cosa). Hubo silbidos y cierto malestar de la pequeña multitud, supuestamente porque los “aburrió” tocando todo el disco Novela y no los hits. Aunque después me enteré que en realidad, luego tocó los hits. En fin.
Claro, la pequeña multitud había acudido convocada por su nombre y, sobre todo, su rica obra, plena de canciones que acompañan (y acompañarán) la vida de, a esta altura, varias generaciones de argentinos y argentinas. Me cuento entre ellos: nací en 1970 y tenía 14 años cuando él publicó Del 63 (más autobiográfico imposible), un disco que escuché en casete y me acompañó en aquellos confusos días de la pubertad y preadolescencia. Claro, él era más grande y hablaba de cosas de las que yo poco sabía y entendía, pero por algún motivó sentí que el muchacho flaco, narigón y de pelo largo con remera blanca de idiogramas japoneses que estaba en la tapa de ese disco, me estaba hablando a mí. Así fue durante más de una década, cada disco suyo me dejaba alguna canción pegada en la piel y el corazón.
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Por suerte lo vi muchas veces en vivo en aquellos años, aunque recuerdo particularmente su primer Luna Park cuando presentó Giros (debió ser 1985, bastaría con chequear en Google pero la verdad, me da fiaca) y apareció cantando en el techo del escenario con un doble suyo (qué será de la vida de ese muchacho...). Y por supuesto recuerdo muy especialmente el monumental show que dio con su amigo y maestro Luis Alberto Spinetta en diciembre de 1986 (esto sí acabo de chequearlo en el oráculo-archivo digital): juntos habían publicado Lalala, un disco doble hermoso que en aquel momento no llegué a comprender del todo -yo tenía 16 y la verdad, Sumo me había dado vuelta la cabeza y ya el “rock nacional” no me atraía tanto-, y esa noche calurosa en Obras tocaron ¡seis horas!
Ya no recuerdo quién actuó primero, pero fue más o menos así: Fito con su banda y sus canciones, Luis Alberto con lo suyo y luego los dos, juntos, con los nuevos temas... “Folly Berghet” era el semihit, pero había joyas que aprecié con el tiempo, sobre todo “Parte del aire”, una hermosa canción para su viejo que, 30 años después, me hizo derramar una lágrima cuando me tocó despedir a mi papá, Toto. Así se te pegan las canciones en la vida.
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Conozco personalmente a Fito Páez desde aquellos años. Una década después lo traté mucho más cercanamente y por supuesto nunca le dije nada de todo eso. Solo me siento halagado por el cariño que siempre me demostró en cada entrevista, en cada encuentro casual (una noche, en pleno Colegiales, paré el tránsito de una de esas calles con nombre de Virrey porque lo vi cruzando la calle, frené el auto en donde mis hijos iban dormidos atrás y nos dimos un abrazo ventanilla de por medio). En fin, no quiero distraerme (ni distraer con demasiada autorreferencialidad), aquí el eje es otro. Es Fito Páez, sus ganas de hacer cosas: discos, libros, películas, ensayos. De tocar música. De hablar de música. De crear. De sentirse vivo con lo que ama. Han pasado muchos años y ya casi no escucho sus discos nuevos, sigo volviendo a las joyas de los 80 y 90, y para mí es suficiente. Sus canciones siempre caminarán conmigo, repito: como para tantos argentinos y argentinas de varias generaciones.

El jueves, es decir a la noche siguiente y a solo 500 metros del lugar de los hechos -profusamente difundidos a través de cientos de posteos, a favor y en contra, y otros tantos videos-, presentó Shine en un lugar de Villa Crespo para un grupo de invitados, entre prensa, amigos, gente de la industria musical y algunos cholulos todoterreno. Estuve ahí y cuando hubieron de pasar sus palabras y el disco completo -por cierto, un disco 100% Páez, clásicos y con un par de bellas canciones, caso “Planeta del sol” y “La esquina del sol”-, me acerqué a saludar. Nos dimos un abrazo y le dije “Ja, ¡el hombre del día!“. Sonrió y me dijo ”Nah, qué va..." El ratito que hablamos, hablamos de Charly García, cómo no.
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La noche terminó con un guiso de lentejas y vino tinto, y cuando me fui, me quedé pensando en esto que más o menos coherentemente he tratado de expresar en este texto. El tipo es famoso y millonario, tiene 5 (ponele) canciones que están en el olimpo de la música popular argentina de todos los tiempos, llenó estadios, ganó premios y es profundamente popular. Si decimos “Charly” sabemos quien es, y también “El indio”, o “El flaco”, o “Andrés”. Si hablamos de “Fito”, sabemos a quien nos estamos refiriendo. Con todo eso y habiendo pasado los 60, sigue insistiendo. Graba discos, mejores o peores, sigue apasionado por crear, sigue tocando y girando. Está vivo. Pensé mucho en aquella noche de Lalala y las seis horas (lo comentamos con un colega, por cierto). Mirá si se va poner mal porque a unos cuantos no les guste que toque un disco entero que tal vez no tiene hits. Por eso, por Fito y Lalala, me acordé una vez más de aquella letra de Luis Alberto Spinetta: “Es inútil que pretendas brillarcon tu historia personal / recuerda que un guerrero no detiene jamás su marcha”. En eso está.
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