Leer tiende a ser un hábito que remite a la soledad. Al igual que la escritura. Son dos acciones que en sí mismas se ejecutan desde el aislamiento. Por eso no es de sorprenderse que muchos lectores busquen su red de contención y que los autores busquen construir una comunidad dentro de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
Durante estas últimas tres semanas La Rural fue el refugio de miles de lectores y autores. Pasando desde dos Premio Nobel: Mo Yan (China, 2012) y J.M. Coetzee (Sudáfrica, 2003); hasta el fenómeno editorial de las autoras de romance: Inma Rubiales, Alice Kellen, Megan Maxwell, Mercedes Ron y Sandra Miro. El pasado domingo no fue la excepción: con pasillos colmados de lectores y estanterías rebozadas de libros, la feria llegó a la recta final de la edición 50 aniversario luego de haber sido el escenario de miles de firmas, charlas, anecdotas y eventos.
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“Que, entre los millones de libros existentes, alguien elija el tuyo para leer es un privilegio muy fuerte”, comentaba Marisa Potes, autora de Costa Alejada mientras hacia un blance general de la feria a Infobae Cultura.
En esta edición Pabellón Azul se convirtió en el santuario de las nuevas generaciones. Bajo el título “Nuevas voces YA”, la Sala Tribuna Joven recibió a autoras que son brújula en el mundo digital y editorial, como Milena Walters y Carolina Sichel. En un clima de complicidad, las autoras compartieron sus procesos creativos frente a un público que ve en ellas el reflejo de sus propias historias. Con la moderación de Antonela Romano, las jóvenes autoras nacionales hicieron un recorrido por sus procesos creativos y sus pimeros pasos dentro de la escritura,
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Esa misma tarde, el concepto de “Found Family” cobró vida en un debate sobre los Clubes de lectura. Giselle Leiva y Rocío Elysee exploraron esa mágica metamorfosis donde un grupo de desconocidos, unidos únicamente por el peso de un libro en la mano, terminan convirtiéndose en una familia elegida que puede habitar un mismo relato durante horas.
Asimismo, dentro del cronograma de actividades de la Tribuna Joven, la poesía se manifestó como un torrente inagotable durante la jornada, encontrando su punto más álgido en la Maratón de Poesía. En este espacio, voces jóvenes y diversas recitaron versos que navegaron desde el activismo social hasta las fibras más íntimas del amor y la pasión por la literatura. Entre los protagonistas de este despliegue de rimas y métricas se encontraron poetas como Marico Carmona, Jessica Medina y Guido Messina.
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En sintonía con este espíritu de pertenencia juvenil, el stand de Urano se transformó en un escenario donde la realidad y la ficción borraron sus fronteras. Flor Núñez Graiño estuvo allí, rodeada de lectores, firmando ejemplares de su nueva novela: La ilusionista esmeralda. Mientras la autora dedicaba cada libro, una ilusionista real entretenía a quienes esperaban en la fila, recreando la atmósfera de ese Broadway de los años 20 donde transcurre la obra.
Esta historia de magia y peligro, ambientada en los días previos a la caída de la bolsa de Wall Street, resonó con fuerza en una feria donde lo juvenil manda. Según Georgina Dritsos, de Ediciones Urano, este fenómeno no para de crecer y ha sumado a lectores de todas las edades que se vuelcan a historias realistas, de fantasía o subgéneros nuevos. Elvio Suárez, del equipo comercial, confirmó que en el stand la ficción juvenil —de autoras como Lynn Painter o la propia Flor Núñez— supera en promedio a cualquier otro género, impulsada por un público que busca tanto historias intensas como ediciones de lujo para coleccionar. “El público que más vemos es el juvenil”, comentó Suárez.
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Por otra parte, la dimensión sagrada también tuvo su lugar en la Sala Rodolfo Walsh, donde Jesús María Silveyra presentó su biografía sobre San Carlo Acutis. Con la mirada experta de Sergio Rubin, se recorrió el camino del joven que logró unir la tradición de la Eucaristía con el lenguaje de la era digital.
Cuando el sol comenzó a bajar sobre Palermo, la despedida no llegó con silencio, sino con una explosión de vida que desbordó las salas para ganar el cielo abierto. El aire se llenó de una melancolía alegre mientras el Festival Blender y la Fiesta Polenta transformaban la Pista Central en un escenario donde el baile y la música fueron el lenguaje final de una comunidad que se resistía a marchar.
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En otros rincones, la curiosidad se mantuvo encendida hasta el último minuto; mientras algunos se perdían en observaciones astronómicas guiadas por Constantino Baikouzis, otros desafiaban al destino en una última partida de ajedrez o brindaban con la ciencia de un mate compartido que rescataba el legado del Dr. Houssay. Las infancias también tejieron sus propios recuerdos finales, atrapadas entre los trucos de magia de Fernando de Vedia y las leyendas andinas que Motoneta narró como quien entrega un tesoro antes de partir.
Entre abrazos, reencuentros y recomendaciones literarias, la comunidad lectora recurrente se despedia de la feria con un sabor contradictorio: la felicidad de haber vivido una edición más y la nostalgía de que falta un año para volverse a encontrar entre los laberintos de libros y los pasillos llenos de personas que los mueve la misma pasión.
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Con el cierre de esta edición, la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires reafirmó su papel como punto de encuentro para quienes encuentran en la lectura una forma de compartir y construir comunidad. La expectativa por una nueva edición ya comienza a gestarse, mientras el eco de las páginas leídas y las historias compartidas permanece como una invitación a volver a cruzar las puertas de La Rural el próximo año.
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