Reynaldo Sietecase: “Para mí la madurez llega cuando ya no querés cambiar a tu padre y prevalece más el amor que las ideas”

El periodista, poeta y narrador rosarino habla sobre “Cabrón”, emocionante retrato de familia en el que recupera la vida de su papá y reflexiona sobre la relación que tuvieron, sus ásperas diferencias y también su legado amoroso y artístico

Guardar
Reynaldo Sietecase, hombre de barba y traje oscuro, posa junto a la portada de su libro "Cabrón" de Alfaguara, que muestra a un joven con uniforme militar
En "Cabrón", Sietecase narra la historia de vida de su padre. En la foto de tapa, el protagonista del libro mientras hacía el servicio militar. (Ale López)

Reynaldo Sietecase nació en Rosario, Santa Fe, en 1961. Es poeta, narrador y periodista y en este último oficio tiene la versatilidad para escribir en gráfica y también para trabajar en radio y televisión desde hace muchos años.

Día a día conduce La inmensa minoría, un clásico de Radio con Vos. Es autor de las novelas Un crimen argentino, A cuántos hay que matar, No pidas nada y La Rey (finalista del prestigioso Premio Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón 2026), que se inscriben en el género del policial y la novela negra. Del libro de relatos Pendejos. De la investigación periodística Kamikazes. Del ensayo fotográfico Desnudos de vidriera. Y de ocho libros de poemas, muchos de los cuales fueron reunidos en las antologías Nadie es de nadie y Lengua sucia.

PUBLICIDAD

En su nuevo libro el género es otro, el clima también. Lejos de la violencia social, la marginalidad y el crimen Cabrón es un retrato de un padre y es un libro sobre una familia, la del autor. Es también una especie de autobiografía indirecta o más bien la autobiografía de un hijo que comparte con su padre nombre y apellido. Un hijo que discutió en continuado con ese padre que le heredó gustos y obsesiones y le retaceó caricias, aunque no abrazos. Será durante la escritura de este libro que Sietecase llegará a advertir que comparte con él mucho más de lo que siempre imaginó.

¿Cómo se cuenta un padre? ¿Cómo se escapa al duelo a pesar de los años pasados del momento de su muerte? Rey elige objetos cotidianos, anteojos, brocha de afeitar, guitarra, piezas de ajedrez, un video singular en el que padre está probando una cámara que está por comprar. Elige también momentos a solas o en celebraciones. Destaca discusiones épicas. Y dedica varias páginas a un viaje fascinante al sur de Italia, al pueblo donde comenzó todo.

PUBLICIDAD

Cabrón es un libro de memoria amorosa. Es la reconstrucción de una vida y de una época. Y es también el espacio en el que Sietecase consigue recordar y narrar otras ausencias, entre ellas la de su madre, que lo dejó sin lágrimas de tanto llorarla a la hora de su muerte, tan temprana como inesperada. De todo esto conversamos semanas atrás con Sietecase durante la grabación de un episodio del podcast Vidas prestadas.

Cubierta del libro "Cabrón" de Reynaldo Sietecase. Muestra a un joven con ojos azules vistiendo un uniforme militar y gorra beige con insignias
El nuevo libro de Sietecase fue publicado por Alfaguara.

— Me resultó sorpresivo este Cabrón porque venías escribiendo otras cosas, otros géneros. Me gusta que hayas intercalado tus poemas. Muchos de esos poemas que tienen que ver con la historia que contás. Pero antes de hablar del texto te pregunto qué te dice la mirada de este padre que está en la tapa de tu libro, este hombre joven que da la impresión de que está haciendo el servicio militar.

— Vos sabés que es muy importante esa foto. En principio el libro no se iba a llamar así sino Arqueología de mi padre o Últimas noticias de mi padre. Yo estaba jugando con esos títulos. De hecho, esto nace en la tesis que yo hice para la Maestría de Escritura Creativa de la UNTREF y tenía ese título, Arqueología de mi padre. Después lo seguí trabajando y de a poco me parecía que podía ser un libro. Es un libro con una estructura muy especial y un libro muy íntimo. Lo consulté con la editorial Alfaguara, donde publico hace veintipico de años y me dijeron: “Si vos te animas a avanzar; a nosotros nos interesa”. Pero volviendo a la foto, mandé tres fotos que me gustaban. En una estoy con él y con un perro. Y encontré ésta casi por azar, revolviendo fotos. Es una foto del servicio militar; estaba en una agrupación que ya desapareció que se llamaba Zapadores Pontoneros, por los puentes. La foto es hermosa. Parece un actor de cine.

— Sí.

— Es muy parecido a uno de mis hijos. En esa foto está especialmente parecido. Y me gustaba esa pose, esa mirada, como de futuro, de galán de cine. No sé, me parecía como que había algo entrañable. Y me gustó la idea de ponerlo joven, ¿no? De ubicarlo joven. Que es una etapa obviamente que yo no conocí de él. Y es una foto que estaba ahí pelada, única, muy bonita y nos parecía que funcionaba con el título de Cabrón.

— Qué interesante; estás diciendo que te gustaba la idea de buscar una foto de él siendo joven. Un tiempo que por supuesto no conociste pero que sabés que fue un tiempo complejo de su vida complejo, sobre todo su infancia. Quien vaya a leer Cabrón va a saber que, justamente, fue un hijo sin padre.

— Claro, claro.

— Porque en tu libro aparece la figura de tu abuelo, un fantasma que recorre todo Cabrón.

— Sí, claro. A él lo abandonó el padre cuando era muy chico. A él y a sus dos hermanos. Y lo marcó para siempre: pasaron hambre, literal. Contado por él. Mi abuela quedó sola. Una suerte de ama de casa sin educación, dedicada a sostener a tres hijos. Y la pasaron muy mal. Bueno, él tenía cierto rencor por su padre, un padre no solo abandónico de él sino de todos.

— Nunca se ocupó.

— Nunca nos vio. Nunca nos vino a conocer. Y bueno, me parece que eso es toda una marca, ¿no? Para no volver a pasar necesidades. De ver cómo te las rebuscabas. Y eso lo condicionaba mucho a la hora de hacer todas cosas que le permitieran tener recursos porque la había pasado muy mal.

— Tu papá se las rebuscó muy bien.

— Sí, sí, dentro de lo que pudo. Tuvo algún que otro golpe de suerte. Ganó la lotería, por ejemplo, una cosa insólita. En aquel momento le alcanzó para construirse una casa. Ingresar al Banco de Santa Fe, donde hizo una carrera de muchos años. Estuvo 30 y pico de años en el banco. Llegó a subgerente. Y todo eso conviviendo con una afición hacia la música. A mí me hacía dudar si esto le podía interesar a alguien porque digo: che, pará, no deja de ser la historia de un hombre común, de una familia común. Pero, claro, después, charlando con mi editora, con Magalí Etchebarne, incluso con el director de la editorial, Juan Boido, me dice: mirá, justamente por eso es valioso, porque se va a sentir reflejada mucha gente. Estás contando una familia pero también estás contando una época. Estás contando un país.

Un hombre barbudo y una mujer con auriculares sentados en un estudio de radio con micrófonos y un libro titulado "Reynaldo Sietecase Cabrón" en la mesa
Reynaldo Sietecase lleva el nombre de su padre, un hombre muy estricto que tuvo una infancia difícil. En la foto, Sietecase durante la entrevista.

— Mencionaste que cursaste la Maestría de Escritura Creativa que dirige María Negroni, ¿no?

— Sí.

— María Negroni siempre habla de escrituras. De la idea de la escritura. Y a mí me parece que cualquier historia, en realidad, lo que importa es cómo está escrita. Qué transmite. Qué dice. Qué hay ahí.

— Claro, qué y cómo ¿no? Qué contar y cómo.

— Sí, y el cómo en este caso es realmente fuerte. Svetlana Aleksiévich en una entrevista que tuve la suerte de hacerle lo que me decía era algo así como: por qué mis abuelas no tienen la novela que se merecen. Decía aquello de que la gente ha tenido historias que son realmente a veces más fuertes que cualquier historia de ficción.

— Totalmente. Y la inmigración, la ruptura que significó para nuestros abuelos dejar la patria, dejar a sus familias y dejar el idioma, es una triple ruptura tremenda que creo que es como la gran novela. Por lo menos del Litoral argentino. Estamos todos marcados por esa triple ruptura. Y está bien que la nombres a María porque en realidad yo creo que la Maestría a mí me permitió romper con la lógica de: tenés que contar una historia lineal, con comienzo, desarrollo, final, una trama con tantos elementos, con tal cantidad de personajes que funcionen. Yo vengo muy atado a eso porque es lo que escribo habitualmente en mis novelas. Y de pronto me parece que la Maestría me dio el permiso de “entrá por donde quieras”.

— Es la lógica de tus novelas y también la del periodismo, uno tiene ciertas reglas para poder transmitir la información.

— Claro. Y acá me sentí sin ese peso. Entonces, cuando empecé a escribir y de pronto escribí sobre los anteojos, y empecé a buscar las cosas que habían quedado de mi padre en mi casa, el reloj de ajedrez, la radio, la guitarra. Y bueno, eso me permitió armar como una especie de rompecabezas. Ir armando ese padre en base a fragmentos.

— Porque en este libro tu padre, además de ser tu padre es un personaje.

— Totalmente. Por eso, prácticamente, yo diría que hasta es una novela…

— Bueno, se habla de novelas de no ficción.

— Sí, claro. O novela biográfica. No sé cómo encuadrarla.

Reynaldo Sietecase, hombre con barba gris, cabello recogido, camisa blanca y chaleco negro, sentado en una silla de madera, mirando a la izquierda
Durante la escritura de su libro, Sietecase se preguntó varias veces cómo hacer para que el relato de la vida de un hombre común sea atractivo para los lectores. "Cabrón" es el resultado de ese trabajo y esas reflexiones. (Ale López)

— No es exactamente literatura del yo. En las últimas décadas montones de formas narrativas de las que ahora se habla muy mal. Como si hubiera llegado el momento de decir “es todo malísimo todo lo que tiene que ver con el yo”. Y, no, señor, depende.

— Depende. Hay de todo. Yo ahora para la producción de este libro me puse a leer libros sobre el padre, que hay cantidad.

— Mucho.

— En un momento me parecía que era un género. Digo: cómo hay tantos libros de grandes escritores, y de escritores no tan conocidos, sobre el padre. Bueno, es el patriarcado, ¿no? Es la ley, el orden. Cómo no vas a interpelar o discutir o pensar o narrar esas figuras que han sido tan determinantes para bien, para mal, con todo lo que eso implica. Así que, bueno, con esos permisos en definitiva que me fui dando, me animé a escribir esto que, como decís vos, no deja de ser una novela. Porque la memoria también tiene eso. Yo estoy seguro de que cuando muchos de mis familiares lean este libro…

— Van a decir: “pero esto no fue así”.

— Exactamente. Y me lo van a venir a discutir.

— Obvio.

— De hecho, ya me pasó con mi hermana que, de un mismo hecho, nos acordamos cosas completamente diferentes. Porque la memoria es emotiva. Es cómo te impacta.

— Si yo mal no recuerdo, estás hablando de un hecho muy traumático. Es el momento de la muerte de tu madre, ¿no?

— Sí, sí, claro. Lo recordamos distinto. Pero hay otros más. Y lo que sí me cuidé, y está bien lo que decís sobre el yo, limpié mucho cuando aparecía y me derivaba a contar cosas mías. Digo: pará, pará, pará.

— Claro, porque ¿sobre quién estoy escribiendo?

— Claro. Es mi padre el personaje. Por eso me gusta mucho que lo hayas detectado con tanta claridad. No me tengo que correr. De hecho, fui limpiando cosas que a lo mejor podían ser atractivas pero digo: no, pará, éste es un libro sobre mi padre. No tengo que estar yo contando qué me pasó en tal momento.

— Pero evidentemente tu madre aparecía todo el tiempo porque por algo, sobre el final, necesitás sí o sí dedicarle un capítulo. Porque evidentemente también ahí aparece como esa ausencia, digamos, de escritura sobre ella, en definitiva, ¿no?

— Sí, sí, sí. Yo lo tengo visto con mi analista. He tenido una especie de shock traumático con lo de mi madre cuando era chico que, por un lado, me acercó mucho a la poesía, me generó una etapa de introspección muy fuerte, me acercó a la literatura, estoy seguro, sobre todo a la poesía. Pero a su vez me duele tanto que me cuesta mucho recordar a mi madre. No la sueño. Me da una envidia cuando mi hermana, que además es también un personaje de este libro me cuenta cosas.

— Tu hermana ess un personaje importante en el libro.

— Sí, muy importante. Ella todo el tiempo la sigue soñando a mi madre y yo no la recuerdo. Es como si la hubiera bloqueado. Y creo que está ligado a que me genera tanto dolor todavía, que me cuesta recuperarla. Es más, para ese capítulo digo: tengo que poder acordarme de diez escenas con mi madre. Estuve días para poder armar diez recuerdos, tenían que ser recuerdos de los que me acordara muy bien. Cómo no voy a tener diez escenas con mi mamá. Bueno, a duras penas pude llegar a conformar esas diez escenas con mi madre, que es como el fantasma que también está atrás de este libro, entre los fantasmas que hay, y que creo que pueden tener alguna repercusión en el lector.

— Lo que pasa es que, en general, cuando uno recuerda a un muerto suelen aparecer muchos otro muertos, ¿te diste cuenta? Más a nuestra edad, en donde, como diría Rosa Montero, estamos en el bosque en donde van cayendo los árboles alrededor.

— Y, sí.

— Pasa eso, ¿no? Algo en lo que me quedé pensando recién, cuando mencionaste a tu papá como subgerente. A partir de la lectura se desprende que tu padre era estricto en muchas cosas.

— Muy estricto.

— Y pensaba en vos, en un hijo que gana una medalla en el concurso de natación, pero no la del ganador.

— Sí, que para mí es muy traumático. Sí, porque yo empecé a nadar muy chico porque mi madre le tenía terror al agua, entonces nos mandó desde muy chiquitos a nadar. Y empecé a competir en una época y cuando gano la primera medalla, salgo segundo en mi primera carrera. Voy a mostrarle a él que estaba feliz, él estaba jugando al ajedrez. Esta es una frase que para mí lo pinta a él también. Porque él me dice: ¿segundo, saliste? Bueno, anda a buscar un palo y pegale en la cabeza al primero. A mí me quedó muy marcada esa imagen. Esa cosa de “no, tenés que ganar, tenés que hacer las cosas bien, no alcanza”. De hecho él decía, mirá, me acordé, ahora me vino esa imagen, vos le decías: me saqué 9 y él te decía “mal hecho”.

— Qué exigencia feroz.

— De hecho, yo todavía cargo con esas cosas. La escritura del libro me ha hecho ver que incluso me reflejo en las cosas que no me gustan. Lo más conmocionante para mí ha sido reencontrarme con cosas que tengo en mí que son de las que no me gustan de mi padre.

— A propósito de esto, hacés algunos comentarios en relación a tu paternidad.

— Claro, porque realmente se pone en cuestión la paternidad. Mi propia paternidad. Así que fue un proceso muy personal. Por eso, mis dudas siempre de: che, ¿pero esto le va a interesar a alguien?

— ¿Cómo no va a interesar?

— Por suerte, me pasó enseguida que me encontré con la primera lectora. Que es alguien de acá, de la radio, a quien Ernesto (Tenembaum) le regaló el libro. Y me dice: mirá, me emocioné mucho, lo leí en el fin de semana. Me conmovió. Me hizo pensar en mi propio padre. Digo: guau, si provoca eso es como que me empezó a tranquilizar.

Reynaldo-Sietecase-Libros 2
Algunos de los libros de Reynaldo Sietecase.

— Hay muchas cosas en tu libro que provocan esto de la identificación o la emoción porque se reaviva un recuerdo personal. Por ejemplo, yo sabía que mi bisabuela, cuando vinieron su pueblo de Europa del Este, sabía que ella había tenido mellizos, que eran un varón y una nena, y que la nena había muerto siendo chiquita. Lo que yo no sabía, y supe hace muy poco tiempo, es que esa nena murió en el barco en el que venían y que arrojaron el cuerpo…

— El cuerpo al mar. Bueno, le pasó a mis abuelos.

— Exacto. Por eso te decía, cómo no te van a remover tu historia todas esas cosas.

— Sí. Y muchas de esas historias que quedaban ahí guardadas.

— No volvía a hablarse de eso.

— No se hablaba. No se volvía a relacionar. Es que fue muy traumático. Es la ruptura, insisto, para mí la gran novela del continente del sur, por lo menos de esta parte del sur, es esa ruptura. Esos tipos viniéndose, perdiéndose, rompiendo familias que no se vieron más.

— Y construyendo un país, ¿no?

— Y a su vez construyendo el “Fare l’América”. Construyendo un país, sí, de la nada. A mí me parece una epopeya. Esta frase de “perdieron hasta el apellido”.

— Sí, es que es así. Y no solo los italianos. Dependía de quién registraba tu apellido. Familias enteras con apellidos diferentes.

— Total. O te ponían el nombre del pueblo porque no te entendían. O el nombre que querían porque no te entendían. Es fuerte empezar otra vez sin nada. En un país que no era el paraíso que esperaban pero que, a su vez, les permitía una cantidad de posibilidades.

— Sí.

— Me parece que el libro también contiene como una indagación sobre ese viaje. Y esas pérdidas.

— Tu papá se llamaba Reinaldo Sietecase, es el nombre que te pusieron a vos. ¿Cómo es eso de cargar el nombre de papá?

— Y, pesado, ¿no?

— Claro.

— Muy pesado. Sí, el capítulo en el que yo hablo de esto comienza con el título “Una tumba con mi nombre”. Porque hay una tumba que tiene mi nombre, ¿no?

— Sí, es muy fuerte eso.

— Y, más allá de eso, los dos nombres son pesados. Tanto Sietecase, por su connotación, porque no sabés si es siete casas, siete hechos. Es Seticasi en realidad el nombre original, que le cambiaron a mis ancestros. Y el Reynaldo también es pesado. Por suerte en un momento a mí me empezaron a decir Rey y me alivió mucho, no sé por qué.

— Es lógico, seguramente porque es algo característico tuyo, propio.

— Y a mi padre no le decían tanto eso entonces como que, bueno, digo que me apropié. Además me parece divertido que te digan Rey cuando no tenés el poder sobre nadie.

— Pero es también cariñoso, a veces uno le dice de manera cariñosa “princesa”, “rey”.

— Sí. Y el Siete también me decían. De hecho yo jugué mucho al fútbol en mi vida, mucho, sigo jugando hasta hace nada, y uso el 7. Ya que está, ya que me dicen “siete”, bueno, que sea fácil para todos y para mí también.

— Claro, claro.

— Pero sí, es un peso el nombre del padre. Para todos. A mí me pasaban cosas divertidas con él después, como una secreta venganza que de pronto…

— Cuando te conocieron a vos.

— Claro. Porque él tenía que cargar con eso, incluso le preguntaban si había escrito tal o cual columna cuando él pensaba muy diferente a mí a nivel político, entonces era como una pequeña venganza. O cuando yo escribí algún libro por allí con poemas eróticos, ¿no? La confusión de si era él, te imaginás. Era lo opuesto a eso. Pero bueno, también uno se constituye identitariamente contra algunas cosas, no solo a favor. Digo: uno se va construyendo en la vida sumando cosas de su padre o de su madre, pero también en contra de algunas cosas.

— Igual, si uno se pone a pensar en relación a los viejos y a la cantidad de cosas que uno tiene para reclamarles, no van a faltar motivos para ir al psicoanalista. Pero hay una cosa que es la falta de amor o la percepción de uno en relación a la falta de amor, que es aquello que no se puede suplir nunca. Si realmente te quisieron, te la vas a bancar y vas a salir adelante.

— Totalmente. Yo pienso igual. Yo creo que lo único grave con un hijo o una hija es no quererlo. Después, puede haber mil fallas. En ese aspecto, yo me siento afortunado porque mi padre me amaba.

— Habiendo sido él mismo un hijo que no fue amado por su padre.

— Claro, claro. Por eso, para mí vale doble. Porque, de pronto, recuperarse de eso, de ser una persona no querida, incluso rechazada. Porque me contaron ese episodio de que él fue en un momento a ver a su padre.

— Sí, a pedirle ayuda.

— Sí. Y lo que cuenta la leyenda familiar es que hasta terminaron discutiendo y que el padre le pegó una cachetada. O sea, un rechazo total no solo a él, insisto, también a sus nietos. Yo cuento en el libro el episodio de cuando estaba en la calle una vez con mi madre, yo era muy chiquito, y ella me dice: mirá, ese hombre que está ahí enfrente es tu abuelo. Y yo le dije realmente extrañado: no tengo abuelo, yo. No lo tenía ni registrado. Pero fue el único momento que nos vimos. Este abuelo murió después que la muerte de mi madre. O sea que nos podría haber conocido, por lo menos.

Portada del libro "La Rey" de Reinaldo Sietecase. Una mujer sentada en una silla, vestida de rojo, sosteniendo un rifle
La novela "La Rey", de Sietecase, es finalista del premio Hammett 2026 de la Semana Negra de Gijón.

— Es decir que tuvo bastantes oportunidades para acercarse y no lo hizo.

— Sí, sí. Un personaje, bueno, qué sé yo. La vez pasada, mirá, no lo cuento acá pero hay un club en mi barrio, en Rosario, y él es uno de los fundadores. Y fuimos a una reunión ahí y veo una placa, me muestran, creo que fue presidente de ese club. Yo digo debe ser la única cosa buena por la que lo puedo recordar, fundar un club, qué sé yo.

— Sí, claro.

— No se me ocurre nada más, no tengo ningún otro anclaje.

— Hay varias cosas que son muy lindas del libro y que particularmente me gustaron mucho. El viaje a Sicilia me parece descomunal. Me parece el centro de la historia. Y, además, está en el centro del libro.

— Sí, sí.

— Y que realmente es el centro del libro porque tu padre de algún modo rechazaba también todo lo que tenía que ver con ese origen por la figura de su propio padre. Y vos conseguís llevarlo. Y lo que encuentran ahí es maravilloso. Es una película italiana.

— Es el viaje de vuelta, que parecía una película italiana. Ahora estoy con la fantasía de volver al pueblo con mis dos hijos.

— Me imaginé.

— Estoy en ese plan. Ojalá que lo pueda cumplir. Medio que los convencí. Además, como el libro me hizo volver a ese viaje, me hizo volver a repasarlo. Yo había escrito una crónica cortita de ese viaje y ahora digo: no, yo tengo que tratar de ordenarlo. Cómo fue, qué pasó, por qué hicimos ese viaje. Qué le contamos a la gente, fuimos al pueblo, a Cianciana, al pueblo de mis abuelos, con mi padre rechazando todo lo que tenía que ver con su historia familiar. De hecho, yo tengo la ciudadanía italiana y él no la tenía. O sea, no quería saber nada. Pero bueno, como fue su primer viaje a Europa, de alguna manera aceptó, negociamos. Yo le dije una mentira piadosa, como decía mi abuela. Le dije que tenía que ir al pueblo a buscar unos papeles, no los necesitaba, pero eso me hizo llevarlo al pueblo y fue maravilloso el encuentro con familiares. Como digo en el libro, yo no sé si llegó a perdonar a su padre, creo que no, pero de alguna manera algo cambió ahí. Creo que le pegó algún giro.

— Me emocionó mucho el señor que se puso a gritarle a los vecinos cuando le dijiste cómo te llamabas.

— Ah, porque hay una anécdota divertida. Cuando llegamos al pueblito no teníamos datos de nadie.

— No había primos a quiénes buscar.

— No, y aparte no había, viste, lo que tenés ahora. La tecnología que te permite buscar incluso contactos por internet. Entonces, llegamos al pueblo una mañana. Para los que conozcan Sicilia, el pueblo está más o menos a una hora y media de Agrigento. Y llegamos a un pueblito de tres mil habitantes, que tienen censados seis mil personas en el exterior que son hijos o nietos de gente de ahí. Mira cómo migró gente a rolete. Y apenas llegamos nos bajamos; no había nadie, diez de la mañana habrán sido. Y había un hombre en una plaza y cuando me acerco al hombre le digo que nuestros abuelos son de ahí, que somos de América. Y me pregunta por el apellido y le digo el apellido en italiano, Seticasi. Y el tipo empezó a gritar: ¡Seticasi! ¡Seticasi!

— Eso me encanta.

— Y empezó a aparecer gente con la cara de mi padre.

— Sí, eso quería que dijeras porque es muy alucinante.

— Es que fue impactante. De un bar, sobre todo, salieron dos, tres personas, que se ve que estaban ahí desayunando, qué sé yo, y era gente, bajitos, narigones. Eran parecidos a mi papá.

— Muy fuerte.

— De hecho ellos habrán entendido lo mismo porque al ratito ya no les importaba ni quiénes éramos, yo trataba desesperadamente de preguntar: che, pero quién es el primo, el hermano.

— No importaba. Eran de ahí, ustedes eran de ahí.

— Exactamente. Pero éramos de ahí por el aspecto. Simplemente por la semejanza. Que a mí también me da esa sensación, viste cuando decís: che pucha, soy de acá, o también soy de acá, por lo menos.

— Sí, además la excitación que provoca encontrarse con el origen, ¿no? Es algo muy potente.

— A mí me parece maravilloso. Yo me siento muy ligado a la cultura del Mediterráneo.

— Estás estudiando italiano, ¿cierto?

— Sí, sí, empecé a estudiar italiano ahora porque estoy con la fantasía… porque esa vez nos entendíamos pero no con la claridad que a mí me hubiera gustado.

— Y querés que en el próximo viaje puedan entenderse mejor.

— Claro, quiero ver si puedo por lo menos tener diálogos un poquito más profundos, sobre todo para averiguar un dato más. Ya que terminé la Maestría, que me llevaba bastante tiempo, me puse ahora a estudiar italiano.

— Te voy a dar un nombre que es de un personaje que me resultó alucinante y que ella sola se merece una novela. Edita.

— Edita, mi tía Edita.

— Tu tía Edita.

— Que el capítulo de ella se llama “Santa Edita”. Sí.

— Personaje alucinante.

— Increíble. Es una persona que, bueno, no estaba bien de la cabeza. Tenía esquizofrenia, no sé qué era, el cuadro no sé cómo lo diagnosticaban pero bueno, hacía cosas insólitas. Era la enemiga de mi padre. Pero yo viví en esa tensión permanente porque nosotros vivíamos en un PH en la parte de arriba y mi tía en la parte de abajo. O sea que estábamos muy cerca de ella y ellos no se hablaban. Es más, mi padre le tenía un rechazo, un odio.

— Ella tenía teléfono, ustedes no.

— Claro. Ella en esa época tenía teléfono, entonces había que bajar cada vez a su casa para hablar por teléfono. Pero con nosotros estaba todo bien, el tema era con mi papá, que tenían una pelea antológica. Y ella era un personaje muy singular porque era recontra mística, muy religiosa, y a su vez, con el correr de los años se fueron profundizando sus problemas mentales. Y sí, es un personaje muy importante en el libro porque yo empecé con los objetos que dejó mi padre y después pasé a decir: pará, pará, el viaje a Sicilia, este viaje, esta vuelta, articula, pero también están las personas que dejó mi padre. Porque me parece que también era una manera de contarlo. ¿Qué dejó cuando se fue? Bueno, dejó objetos que a mí me empezaron a hablar, por eso pude escribir el libro, y dejó personas.

— Dejó amor y dejó resentimiento.

— Exacto.

— Esto último, en el caso de Edita, por ejemplo. Tu madre, que era su hermana, la invitaba todos los mediodías a comer, pero lo hacía mientras no estaba tu papá.

— Sí, en secreto. Como mi padre trabajaba en el banco, al mediodía no volvía. Trabajaba, ponele, no sé, de diez a cinco de la tarde. Y al mediodía mi mamá la llamaba y ella venía a comer con nosotros.

— Era muy presente tu tía. No solo porque vivía ahí sino porque compartía todo con ustedes, salvo el vínculo con tu papá.

— Sí, salvo mi papá. Sí, sí. Y después bueno, fue teniendo cada vez más episodios, así de pronto se encerraba en una iglesia, de pronto se encerraba en un hotel y había que ir a buscarla.

— Pero ella se sentía una especie de reina, porque mientras estuvo internada tuvo ciertos privilegios...

— Tenía ochenta y pico de años y estaba en un lugar que decía que era de ella. Ella decía que era la dueña del lugar e insistió tanto… quería que lo bautizaran. Y era tan persistente que logró que le hicieran un cartel en el qu, se hizo poner, no sé por qué, “Santa Edita, Diosa del año 2000”.

— Qué impresionante.

— Y hubo que pegar en la puerta del lugar ese cartel, con alguna de las personas que estaban internadas ahí aplaudiendo y bueno… hasta eso logró.

— Hablas mucho de la relación de tu papá con la música.

— Sí, claro.

— Tenemos la misma edad, yo me acuerdo todavía hoy de mi papá escuchando “Rasguña las piedras”, de Sui Generis, diciendo: qué es eso, qué es esa porquería (risas).

— Bueno, entre las tantas diferencias que teníamos, ni hablar la música. A pesar de que yo siempre hice esfuerzos por escuchar su música. De hecho, lo agradezco.

— Es buena la música que él escuchaba, vos no renegás de eso.

— No, claro. Pero a él le parecía todo una porquería. Era muy conservador en el fondo. De hecho, con la literatura él decía que no había que leer a ninguno. Yo le comentaba algún libro, algún autor y me decía: no, hay que esperar 50 años después que se muera para leer a alguien.

— Solo clásicos, claro.

— Leía los clásicos. Después, eso se lo fui modificando. A él le gustaba la música y cantar. Lo que sí le agradezco es que escuchaba música, se sentaba a escuchar música. Y eso para mí es un legado importantísimo porque yo aprendí eso, me siento a escuchar música.

— A prestarle atención.

— Eso es lo que tiene el vinilo, ¿no? Que tenés que controlar, termina un disco, lo tenés que dar vuelta. Me enseñó a escuchar música. La verdad es que es un legado solo de verlo: él venía del laburo y escuchaba un disco.

— ¿Y de dónde salió eso en él? ¿Qué pensás?

— No lo sé. Vos sabés que nunca hablé con él de dónde venía su vínculo con la música.

— Porque tenía ciertas cosas exquisitas.

— Sí, sí. Le gustaba el jazz. La música clásica, ni hablar. De hecho, yo tengo sus vinilos y los disfruto mucho. Pero bueno, no sé. Pero, evidentemente, él también tenía alguna inclinación hacia el arte porque muchos me dicen “cómo vos saliste para este lado” y tu viejo bancario, muy rígido. Pero, a su vez, él tenía mucha relación con el arte. O sea, siempre la tuvo. Era un comprador compulsivo de enciclopedias.

— Sí, sí. Muy de la época, eh. Nuestras bibliotecas se formaron así.

— Total. Yo sabés que lamento no haberme traído, porque me traje algunos libros de él, pero entregué las enciclopedias y ahora me arrepiento.

— Porque también tenemos que recordar que tuvimos la suerte de tener una infancia en donde se vendían muy buenos libros en los kioscos. Había una política que promovía buena literatura y no solo de los clásicos, porque Centro Editor de América latina publicó a Saer.

— Totalmente. Total. Estaba al alcance y circulaba mucho, incluso en una familia como la mía. Yo lo digo siempre eso, si tenés una biblioteca, hay más chances de que alguien lea.

— No quiere decir que del otro modo no salgan lectores.

— Obvio. Y, al revés, teniendo una biblioteca puede ser que alguien no lea. En relación a los libros, con mi hermana somos completamente diferentes. Ella no tiene el entusiasmo que me generan a mí los libros. Y nacimos en el mismo ámbito, tuvimos la misma formación. Pero bueno, lo importante es que estén los libros cerca.

— Ahora, Rey, para escribir este libro de alguna manera también hiciste periodismo porque hablaste con todas esas personas que mencionabas recién, o hiciste el registro, el recuerdo de todo eso. Te documentaste para escribir sobre tu papá.

— No, no, fui a buscar datos. Memorias que había perdido. De hecho, una prima me consiguió las cartas de mi abuela con mi abuelo revolviendo porque se enteró que estaba haciendo esto.

— Ah, eso es muy fuerte porque son las cartas de los buenos tiempos entre la mujer que fue abandonada y el hombre que la abandonó y nunca vio después a su familia.

— Exacto, el padre de mi padre, sí. Que son muy impresionantes porque son muy amorosas. Y bueno, después hice consultas, tuve charlas. Hablé mucho con mi hermana. Les recomiendo esto: hablen con sus hermanos y sus hermanas. Creo que uno no lo hace con profundidad. Es una relación rara la de los hermanos. Y, la verdad, que te permite una cercanía que a lo mejor no tenés. De hecho, hablé con mi hermana cosas que no había hablado nunca en mi vida.

— A propósito de esto.

— Si tuviera que ver las cosas buenas que me dio este libro, más allá de cerrar algunas cuestiones personales, de haberme hecho mirar críticamente parte de mi vida, revisar la relación con mi padre, es haber hablado mucho con mi hermana. Me ha contado cosas que yo no sabía. Siempre tuvimos una relación cercana pero nos ha acercado más, todavía. Y me di cuenta de eso. Digo: mirá vos, seguro que mucha gente se está sintiendo identificada en este momento.

— Es así.

— No hablamos tanto en profundidad con nuestros hermanos.

Un hombre con barba gris y cabello oscuro recogido en un moño se muestra de perfil, vistiendo una camiseta negra con diseño y una cadena plateada sobre un fondo gris liso
En la entrevista, Sietecase cuenta que siempre tuvo una relación cercana con su hermana pero que la escritura de este libro los acercó aún más. (Ale López)

— Yo digo que mi hermana es mi disco externo.

— Mirá. Mirá qué definición.

— Porque cuando tengo que pensar algo así la llamo a ella porque lo que no me acuerdo yo, lo recuerda ella.

— Se acuerda ella. Es lindo eso.

— Es muy lindo, claro. Y por eso es tan fuerte lo que pasa con un hermano. Por eso es tan bueno tenerlos y es tan duro perderlos.

— Claro. Pero hay que acercarse más.

— Por eso mismo.

— Me parece que muchas veces la vida te dispara hacia lugares distintos. Es muy difícil que dos hermanos sean parecidos o coincidan. En general es todo lo contrario.

— Sí, pero vivimos en un momento en donde hay que destacar eso entre los hermanos y entre las personas en general, el amor, el afecto y el cariño no tienen que verse interrumpidos por nada.

— Total.

— Lo que pensamos hoy lo podemos cambiar mañana. Lo que votamos hoy lo podemos cambiar mañana.

— Lógico. Bueno, viste que yo lo cuento ahí, el último libro que él estaba leyendo tenía una dedicatoria mía que decía “Por las diferencias que nos unen”.

— Es buenísima esa frase.

— Y porque sí, porque llega un momento, cuándo llegás a la madurez, que para mí es cuando empezás a no querer cambiar a tu padre.

— Claro.

— Ya está, es así. Y empezás a encontrar modos de relacionamiento que son diferentes y prevalece más el amor que las ideas y las cosas más coyunturales. Y me parece que es importante también tener ese registro en general, ¿no? Con los amigos. Con los entornos.

— Terminemos con esto, mira, también de nuestra infancia, la frase de Roberto Galán: ¿era “Hay que quererse más”?.

— Él decía: “Hay que besarse más”. Y, sí, en lo posible sí. Es una hermosa consigna. En un mundo muy deshumanizado, en un mundo donde todo pasa por las imágenes en las redes sociales. Te venden la felicidad, ¿no? Pasó a ser algo así. Bueno, no, tratá de ser feliz.

— No, es que además, también te obligan a ser feliz.

— Me parece que está buena la apelación: hay que besarse más o hay que quererse más. Y tratá de ser feliz porque sos feliz. Porque tuviste una charla con alguien que querés. Porque te fuiste a tomar un vino. O porque leíste un libro que te emocionó.

***Reinaldo Sietecase presentará su libro Cabrón en la Feria del Libro, acompañado por Flavia Pittella. La cita será el domingo 10 de mayo a las 17:30, en la sala Julio Cortázar del pabellón Amarillo.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD