“¿Por qué detenerme a contar a mi padre?”: fragmento de “Cabrón”, el libro más íntimo de Reynaldo Sietecase

El periodista y escritor rosarino vuelve con una entrañable exploración sobre la identidad familiar y la herencia personal, donde expone con ternura cómo la vida se convierte, en última instancia, en “el cuento que nos sobrevive”

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Portada del libro "Cabrón" de Reynaldo Sietecase, que muestra a un joven de piel clara con uniforme militar beige y gorra sobre un fondo claro
La portada del libro "Cabrón" de Reynaldo Sietecase, publicado por Alfaguara

Un hijo se enfrenta a la reconstrucción de la figura de su padre apoyándose en recuerdos, objetos y las huellas emocionales que estos evocan. Cabrón, la nueva novela de Reynaldo Sietecase, es una exploración profunda sobre la identidad familiar y la herencia personal. Esta obra propone una reflexión acerca de cómo la memoria puede transformarse en un territorio tan lleno de descubrimientos como de cicatrices, presentando el duelo por el padre como una experiencia persistente e inevitable.

La narración se articula mediante la evocación de objetos concretos —desde una voz registrada en un video, hasta los anteojos que utilizaba el padre, el reloj de ajedrez, los libros mezclados en la biblioteca familiar y los discos que sobrevivieron al paso del tiempo—, pero también integra una gran cantidad de intangibles: los gestos, frases hechas, amores y enemistades, la generosidad esporádica, episodios de autoritarismo y un viaje compartido.

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Sietecase despliega una escritura poética y narrativa precisa para sortear el riesgo de idealizar o de reducir la memoria a una mera colección de nostalgias. El resultado es la recuperación de una figura compleja en la que muchos lectores pueden encontrar ecos de sus propias historias familiares. Cabrón es su libro más íntimo. Allí expone con ternura cómo la vida se convierte, en última instancia, en “el cuento que nos sobrevive”.

Reynaldo Sietecase nació en Rosario en 1961. Es periodista, poeta y novelista. Actualmente es analista político en Telefe noticias, conduce La inmensa minoría en Radio con vos y escribe en Periodismo.com. A continuación, un fragmento de Cabrón, titulado “Arqueología de mi padre“, que empieza con una cita de Borges: “Durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido”.

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Hombre de mediana edad, tez clara, barba y pelo oscuro recogido, camiseta negra con dibujo de rosa blanca, manos en bolsillos, fondo gris
Reynaldo Sietecase es periodista, poeta y novelista

“Cabrón” (Fragmento)

Los anteojos que mi padre llevaba sobre su imponente nariz están guardados en un estuche negro en un cajón de mi escritorio. Algo me impulsa a sacarlos de su encierro. Los cristales son gruesos y el armazón de metal, delgado como un alambre, apenas parece capaz de sostenerlos. Los vidrios pesan más que la estructura que los contiene, como si hubiera en ese objeto un de-sajuste, una tensión. Cuando lo miraba fijo, me parecía que sus ojos estaban perdidos en un remolino. Todavía puedo verlos: sus hermosos ojos claros, de un celeste tenue.

Llevaba los anteojos puestos la mañana en que murió. La lente izquierda tiene una muesca en la parte inferior.

¿Habrá escuchado el ruido seco provocado por el golpe de sus lentes contra el piso cuando lo sorprendió el ataque cerebral? ¿Intentó asirlos en el aire, como un arquero, y no pudo?

Hoy, es más fácil disimular la miopía. Además de la opción de las lentes de contacto, de las que soy devoto porque heredé su enorme deficiencia visual, los vidrios reciben un tratamiento que los hace más delgados. Existían las lentes bifocales, pero él las rechazaba.

¿Qué habrá pensado en el instante fatal?

Para leer de cerca se los quitaba y pegaba los ojos al papel. Me resultaba muy gracioso verlo hacer crucigramas con el diario rozando su nariz. Lo hacía en cualquier sitio, en la cocina de casa o en el bar a donde iba a tomar café. Dejaba los anteojos sobre la mesa, con una mano sostenía el papel contra la cara y con la otra, la lapicera.

¿Logró saber qué le estaba pasando o el rayo que le partió el cerebro interrumpió cualquier pensamiento?

Retrato de perfil de un hombre caucásico de mediana edad, con barba gris y pelo oscuro recogido en un moño, vistiendo una camiseta negra
El reconocido escritor y periodista argentino Reynaldo Sietecase.

Se sentía desnudo sin sus anteojos. Cuando se los olvidaba en la mesa de luz, hacía el trayecto del dormitorio al cuarto de baño como si estuviese a oscuras, estirando los brazos para tocar las paredes al caminar. Era un superhéroe privado de sus habilidades especiales. Por eso no se metía en piscinas y si entraba en el río, lo hacía hasta donde el agua no amenazara su cabeza.

Desde un estuche negro, en un cajón de mi escritorio, sus anteojos me miran cuando los miro.

Es destino de las cosas no morir con el dueño, aunque lo necesiten y hasta se le parezcan. Desde que mi padre murió, el 29 de julio de 2004, conservo muchos de sus objetos personales, pero nunca los había buscado para que me hablasen.

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Que sea rock

Por Reynaldo Sietecase

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El reloj de ajedrez con el que disputó miles de partidas a cinco minutos y por plata, una de sus adicciones, descansa en un estante de mi biblioteca. Un reloj que es capaz de parar el tiempo y disparar el del oponente. El tiempo que corre descontrolado y en su vértigo provoca el error, que precipita la derrota, y la inevitable muerte del rey.

Cerca está la radio Hitachi, con carcasa de cuero, que llevaba al estadio de Rosario Central en Arroyito.

Guardo un cinturón, distinto al que amenazaba con convertir en látigo en mi insurrecta niñez. Distinto, pero igual.

El rifle de aire comprimido con el que lucía su buena puntería en kermeses y torneos. También les disparaba a los gatos que vagaban a distancia por las terrazas vecinas, pero sólo para ahuyentarlos. Se justificaba en que podían atacar a los pájaros de mi madre que dormían en las jaulas del patio.

Un saco de cuero negro que no me decido a regalar. Lo mantengo colgado entre mis prendas, se luce como una anomalía por su corte antiguo.

Sus libros mezclados con los míos.

Me quedó una docena de botellas Caballero de la Cepa, un malbec de la bodega Finca Flichman, cosecha 1992. Muchas con vino en mal estado por el paso del tiempo, pero que sigo descorchando con enorme expectativa. Suelo convocar a algún amigo que comprenda el rito, lo que se está jugando en ese momento, y acepte el riesgo de la decepción. Si el vino está vivo, celebramos el milagro brindando, pero si envejeció mal, lo despedimos bebiendo apenas un sorbo, como si fuese un licor valioso y antiguo. Las etiquetas exhiben una frase del poeta y filósofo persa Omar Khayyam con data del siglo XII: “Oigo decir que los amantes del vino serán condenados. No hay verdades comprobadas, pero hay mentiras evidentes. Si los amantes del vino y del amor se van al infierno, vacío debe estar el paraíso”.

Atesoro una parte importante de su colección de vinilos, con preeminencia de jazz y música clásica, desde Louis Armstrong hasta Mozart. Y registros variados de tango y folclore. También comencé a recopilar sus intangibles: frases, amores, enemigos, los modos autoritarios, la generosidad, el machismo y sus consecuencias, el viaje que hicimos juntos a Sicilia.

Me invadió una sed insaciable y me dispuse a revolverlo todo.

La poesía me acompaña desde adolescente y hace veinticinco años que escribo narrativa de ficción. Me encontraba presentando La Rey, mi última novela, una historia oscura protagonizada por una mujer paraguaya, cuando surgió la idea de escribir sobre mi padre. Al principio me resistí, las historias con violencia y crímenes son mi territorio. Tenía pendiente definir mi próximo proyecto, sin duda un nuevo thriller.

¿Por qué detenerme a contar a mi padre?

Su guitarra era de un marrón delicado como de caramelo, con una pequeña muesca en la parte inferior de la boca, producto de un rasguño o un golpe que demandó reparación. Podía escuchar sus cuerdas sonando nítidas en mi cabeza, aunque no me pasaba lo mismo con su voz. Todos los intentos por evocarla fueron en vano, se había esfumado. Fui a buscar una de las pocas grabaciones en las que mi padre aparece hablando ante una cámara.

El video es del momento en el que está comprando una Panasonic en 1992 y el vendedor lo filma para explicarle las bondades del equipo. Podría confundirse con un casting para un filme del neorrealismo italiano, la escena es entrañable y desopilante a la vez. “¿Seguro

que esta cosa filma?”, pregunta. En aquellos años no era común que alguien estuviese preocupado por dejar registro audiovisual.

Mi padre compró la cámara y, gracias a esa decisión, puedo verlo y escucharlo.

Pienso que ese gesto fue su involuntaria “botella al mar”. Solo es posible perdurar si alguien nos recuerda.

La guitarra, la cámara, los anteojos. El anhelo por contarlo reapareció con la tenacidad de un perro que le exige a su dueño el paseo puntual y obligatorio.

Finalmente le abrí la puerta.

Tenía tres piezas sueltas que no lograban calzar, pero que dialogaban. Seguramente existían más. Comencé a buscar los objetos de mi padre con la intención de valorizarlos. Contaba con más cosas de lo que me había imaginado. Me surgió un inexplicable fervor por sus pertenencias, las necesitaba para intentar armar el rompecabezas completo.

Emprendí así una suerte de arqueología familiar.

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