
Todos hemos visto, alguna vez, la importancia del código Morse. En general, a través del cine, con escenas donde los pueblos quedaban incomunicados cuando un grupo de delincuentes cortaba los cables en un spaghetti western o cuando se lo utilizaba cuando ya no quedaba otra alternativa, por una invasión extraterreste. Ejemplos, hay miles.
Se sabe también intuitivamente que lleva el nombre de su inventor, pero lo que nunca se cuenta es la historia de como ese hombre, Samuel Morse, realizó el descubrimiento tras entender que no tenía futuro como pintor. Un despecho que cambió al mundo.
Y es que la vida del inventor estadounidense, quien nació un día como hoy pero de hace 235 años, es sin dudas una de las más improbables de la modernidad: de pintor frustrado y educador clave para el arte estadounidense a una figura esencial para el desarrollo del telégrafo electromagnético, con un impacto irreparable en la historia de las comunicaciones a larga distancia.
El giro decisivo de Morse hacia la ciencia estuvo motivado, en parte, por su hartazgo ante la indiferencia del público estadounidense hacia su pintura, pero también por una experiencia personal devastadora que reveló, para él, las graves limitaciones de los métodos de comunicación de su época.

Y es que para Morse alcanzar la celebridad como artista era el gran sueño de su vida: el objetivo máximo. En 1823, por ejemplo, cuando intentaba obtener reconocimiento desarrolló junto a su hermano Sidney un pistón de cuero para bombas de agua y diseñó un aparato para copiar esculturas, consiguiendo reproducir con éxito un busto de Apolo.
Pese a estas invenciones y a los elogios de la crítica a obras monumentales como La cámara de representantes, la respuesta del público seguía siendo tibia. El propio Morse admitió que “su mérito es de carácter demasiado refinado” para una audiencia poco formada en las bellas artes, según recogen los registros del Harvard Art Museums.
Morse nació en 1791 en Charlestown, Massachusetts, y a los veinte años pintó un autorretrato como estudiante de arte en Londres, en la Royal Academy. Tras su regreso a Estados Unidos en 1815, se propuso “despertar el sentimiento por las obras de arte” entre sus compatriotas.

Sin embargo, sus grandes pinturas históricas encontraron escaso eco, forzándolo a dedicarse a la retratística, una labor que consideraba menor. La decepción se agravó cuando no fue seleccionado para realizar obras en la rotonda del Capitolio, un encargo oficial muy disputado.
En 1825 pareció vislumbrarse un cambio, cuando fue elegido para pintar un retrato de Marqués de Lafayette para la ciudad de Nueva York. Morse viajó a Washington D.C. y logró completar el boceto de la cabeza del héroe francés —pieza que hoy pertenece a la colección Crystal Bridges—, pero una tragedia personal interrumpió el encargo: la muerte súbita de su esposa Lucretia.
Si bien Morse regresó a toda prisa, no alcanzó a estar presente en el funeral, por lo que la frustración por la tardanza de las comunicaciones lo llevó a pensar en métodos para transmitir mensajes con mayor rapidez. La desgracia, así, fue la semilla de su gran invención.
Ya establecido en Nueva York, Morse fue elegido para formar parte de la American Academy of the Fine Arts y se convirtió en árbitro activo de la formación artística. Los estudiantes, que solían dibujar copias de esculturas clásicas en la galería, sentían que la institución, con una junta formada por comerciantes, abogados y médicos, no los apoyaba, por lo que recurrieron a él cuando el director, el coronel John Trumbull, famoso artista de la guerra de Independencia, les prohibió el acceso.

Etonces, organizó la Drawing Association, que se reunía tres noches a la semana, y entre sus discípulos figuraron futuros nombres relevantes como Asher B. Durand y Thomas Cole, con quienes, para 1825, lideró la fundación de la emblemática Academia Nacional de las Artes del Diseño, inspirada en la Royal Academy londinense, institución que presidió por quince años.
Su proyecto pictórico más ambicioso, Galería del Louvre, nació de una estadía en París entre 1829 y 1832. Morse visitaba regularmente el museo con familiares y amigos para copiar obras de maestros europeos, convencido de que el ejercicio técnico y la discusión estética resultaban formativos.
El cuadro, que pertenece a la colección de la Terra Foundation for American Art, reúne copias de treinta y ocho pinturas distribuidas originalmente por todo el museo, pero en la composición de Morse se exhiben juntas en el Salon Carré. El objetivo era didáctico: ofrecer a los estadounidenses ejemplos destacados del arte europeo. Sin embargo, al exhibirse en su país en 1833, la respuesta del público fue indiferente y Morse canceló la exposición tras solo dos presentaciones. La decepción se extendió y al poco tiempo abandonó la pintura de manera definitiva.

Durante su travesía de regreso desde Francia, Morse mantuvo largas conversaciones con Charles Thomas Jackson sobre electromagnetismo. Este intercambio resultó el detonante que le permitió concebir un aparato capaz de enviar mensajes codificados a través de cables eléctricos.
Tras incursionar en la electricidad durante sus estudios en Yale College entre 1805 y 1810, Morse diseñó en 1832 un sistema para transmitir mensajes mediante impulsos eléctricos a través de un cable: el telégrafo electromagnético cuya eficiencia lo distinguió de los prototipos anteriores, al que acompaño con su famoso código al que tardó seis años en estandarizar.
A diferencia de otros inventores, la máquina de Morse logró éxito internacional por su funcionalidad, sentando las bases de la comunicación remota moderna.

La ambición de Samuel Morse de educar al público estadounidense en las artes plásticas no cristalizó en el reconocimiento inmediato para su pintura, pero sí en logros estructurales: la academia que fundó formó a generaciones de creadores, incluidos Winslow Homer, George Inness, Arshile Gorky y Willem de Kooning.
La experiencia acumulada por Morse en los fracasos de la pintura y la educación artística condujo, a través de una secuencia de desilusiones y hallazgos, al desarrollo del telégrafo electromagnético, una invención que lo hizo célebre en vida y alteró el curso de la historia en el mundo.
Así fue cómo uno de los hombres que cambió al planeta lo hizo cuando vio su carrera como pintor frustrada. No sería el último caso de la historia.
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