Una transición de género en la adolescencia, derechos que acompañan, una red que sostiene: un film que es “un retrato del crecer”

El 18 de junio se estrena “Tristán y los días por venir”, un documental en el que las cineastas Martina Matzkin y Gabriela Uassouf acompañaron al protagonista durante siete años y registraron, con mirada sensible, sus procesos de cambio. No solo en lo que respecta a su identidad y las transformaciones físicas y formales, sino su recorrido vital desde la pubertad hasta la primera adultez. El resultado fue una producción que muestra “que tanto crecer como transicionar son procesos sin fin ni comienzo, solo posibles en comunidad”

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Tristán y los días por venir
Cuando las cineastas Martina Matzkin y Gabriela Uassouf comenzaron a registrar momentos de la vida de Tristán para el documental, él tenía 16 años. Cuando entre protagonista y directoras decidieron terminar el rodaje, había cumplido 22

“¿Es posible ser trans sin sufrir tanto?”.

La pregunta aparece en el film cuando se lo ve a Tristán compartiendo con amigas, amigos, amigues. Disfrutando. También aparece en los textos de presentación.

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Su historia va por ahí. No nace del sufrimiento. Y quizás, en ese sentido, también es una disrupción: Tristán no es un adolescente trans que padece su cambio identitario, que se enfrenta a las personas de su círculo y se va dando portazos con el corazón roto por no saberse aceptado. Su madre y sus amigos lo abrazan, su escuela lo contiene, el Estado le da derechos, le facilita sus procesos. Lo que no quiere decir que el camino haya sido fácil, que haya estado exento de tensiones, de subibajas.

Tampoco es una historia de la marginalidad.

El trailer de Tristán y los días por venir inicia con una voz aniñada pero certera.

—Tristán Alexander.

—¿Con “x”, verdad? —se escucha preguntar a una mujer adulta.

—Sí.

El trailer de Tristán y los días por venir termina con la imagen de un adulto joven, en sus veintis, la bandera del orgullo trans como capa, anudada al cuello, barba y bigote incipiente, lentes, piercing en la nariz, abanico en la mano, en medio de una marcha. De fondo, el discurso: “Vienen por nuestros derechos. Hay que seguir defendiéndolos. Hay que seguir construyendo el mundo en el que queremos vivir”.

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En el medio hay siete años.

La historia que comienza con un adolescente de 15 que hacía muy poco había decidido comenzar a exteriorizar lo que en su interior estaba claro: que habitaba un cuerpo que le quedaba incómodo. Que está determinado a ir, en todos los planos de su vida, por esa identidad que ya latía clara: cambiar su DNI, su cuerpo y desplegar enteramente ese que ya sabía que era. Que empieza a compartir ese proceso con su familia, con sus pares. Es una historia filmada a través del tiempo. Un documental que muestra, como lo definen Martina Matzkin y Gabriela Uassouf, sus directoras, “un retrato del crecer”.

Tristán y los días por venir
El documental recoge algunos hitos en la vida de Tristán, como cuando obtuvo su nuevo documento con la identidad rectificada, su egreso de la secundaria o sus cumpleaños, pero también muestra momentos de su vida cotidiana

—En realidad creo que ni siquiera me dijeron: “Vamos a hacer un documental”. Dijeron algo más como: “Vamos a filmar un par de cosas, a ver qué sale”.

Del otro lado de la pantalla Tristán Alexander Miranda, de 22 años, repasa cómo fue que Martina Matzkin, Gabriela Uassouf y él decidieron comenzar a registrar una serie de momentos —hitos y también episodios cotidianos de su vida— que terminaron por transformarse en siete años de filmación que documentan su transición de género, pero también su paso de la pubertad a la adolescencia más pura, de la adolescencia a la primera adultez. En un país que también cambió de colores, de banderas y de ideas.

No tuvo siempre una dirección tan clara —sigue Tristán—. Con pocos recursos empezamos a filmar sin muchos planes y a veces [las directoras] decían: “Bueno, sí, capaz hacemos esto”. Como yo recién empezaba mi transición social y, sobre todo, lo legal, estuvo bueno ir documentando eso. Pero tampoco teníamos una idea fija de hacia dónde iba a ir lo que íbamos a filmar. Y terminó siendo algo muy lindo.

Las realizadoras Martina Matzkin y Gabriela Uassouf ya conocían a Tristán. Ellas venían trabajando juntas: habían codirigido un primer documental, Cuidadoras —producido, como este, por Groncho estudio y estrenado en 2025— en el que contaban la experiencia de tres mujeres trans que comenzaban a trabajar como cuidadoras en un hogar público para adultos mayores. En medio de ese proceso Martina había escrito un corto de ficción: El nombre del hijo, que muestra lo que le sucede a Lucho, un niño trans de 13 años que no comparte demasiado tiempo con su padre, cuando sale de vacaciones con él y su hermana pequeña; y qué pasa con los vínculos cuando, de repente, se acercan. E invitó a Gabriela a ser parte del equipo para desarrollarlo. Juntas hicieron el casting para el papel protagónico: buscaban a un niño o preadolescente trans.

—Conocimos un montón de pibes en ese camino —repasa Gabriela—. Elegimos juntas a Tristán como protagonista por razones que tenían mucho que ver con su sensibilidad, con su potencial. Nunca había estado frente a cámara, no había actuado en otra cosa. Entonces, ya cuando filmamos El nombre del hijo y forjamos esa relación —no solo con Tristán sino también con con su mamá, Virginia— empezamos a compartir otras cosas de la vida más allá del rodaje. Ahí resurgió un proyecto inicial que había salido de Martu de buscar por el lado de las de las adolescencias, del crecer, de las infancias. No sabíamos, era muy amplio todavía. De hecho esta peli tuvo una infinidad de formas hasta que, con el tiempo de laburo y de búsqueda y el compartir con Tristán, encontró la suya.

Tristán y los días por venir
Martina Matzkin (izquierda) y Gabriela Uassouf (derecha), directoras de "Tristán y los días por venir", ya habían codirigido un documental y trabajado juntas en el corto de ficción "El nombre del hijo" en el que conocieron a Tristán. A partir de ese proyecto le propusieron filmar su proceso de transición y algunos episodios de su vida que mostraran cómo es crecer siendo un adolescente trans

Tristán había comenzado a contar lo que sentía, dispuesto a encarar su transición, a los 13 años. Y, junto a su madre, emprendieron una búsqueda de información, de espacios, de comunidades de niñeces y adolescencias trans para acercarse y hacer red. Se sumaron a la Asociación Civil Infancias Libres y, luego, a otra llamada Munay: agrupación de familias de niñes y adolescentes trans, travestis y no binaries. En una de estas comunidades circuló el flyer para el casting y se presentó.

“Era mi primera vez actuando frente a cámara”, dice Trsitán, pero no era su primera vez encarnando un papel. “Yo siempre hice teatro, hice comedia musical, siempre me gustó actuar. Mi familia cuenta que desde chico fui muy teatrero, en el sentido de que me subía a la mesa y me ponía a cantar canciones de Floricienta. Era una de las tantas cosas que me gustaban hacer”.

Tristán fue al casting más por curiosidad, para probarse poniendo en práctica un hobby del que disfrutaba, que por el deseo aspiracional de transformar la actuación en un oficio. Después de quedarse con el protagónico y de la experiencia de trabajo con Martina y Gabriela, no dudó cuando ellas le propusieron empezar a acompañarlo y registrar diferentes momentos de su vida.

—Hay momentos que están filmados en los que yo no me sentía bien, me sentía muy mal —dice Tristán—; me gusta poder verlo ahora, pensar en ese momento y entender que no era tan terrible o que ahora estoy mejor. O verme cuando era chico y creía muy imposibles los cambios físicos que quería en mi transición. Lo veía en personas que documentan su proceso y decía: “No sé si yo voy a poder hacer eso”. Pero se fue dando y fue más rápido de lo que pensé. A los 15, 16 años no pensaba que a los 19 iba a poder hacerme la masculinización de tórax y es una de las mejores cosas que me pasó en la vida porque desde ese entonces soy mucho más feliz en mi propio cuerpo y me siento tan bien. Toda esa angustia que tenía a los 14 años por tener que salir del clóset ya no está. Y en ese momento sentía que iba a estar toda la vida así. También hay cosas que no tienen que ver necesariamente con transicionar, que simplemente es mi vida con amigues, con mi pareja, con mi familia, y me parece muy lindo que estén. Es raro porque es hasta humanizante: como que las personas piensan que las personas trans solamente somos trans pero antes somos personas.

Sobre la elección de qué momentos de su vida registrar y las decisiones del rodaje, Martina suma que si bien “fue una película que tenía un rumbo, se fue construyendo mucho en el hacer”.

—Por ejemplo: algo que nos pasó, bastante impredecible, fue la pandemia, en donde decidimos filmar igualmente con todas las complejidades y dificultades que eso tuvo, y con mucha seguridad de que había ciertos hitos que no nos queríamos perder, aunque no sabíamos dónde iban a encajar en la película. Pero, de pronto, Tristán tuvo la posibilidad de cambiar su partida de nacimiento, de recibir un nuevo DNI, y queríamos estar ahí y registrarlo. O el día en que se recibió de la secundaria o un cumpleaños. Pero también nos interesaba estar más allá de esos grandes momentos, nos interesaba hacer un registro de esa cotidianidad, porque la vida no es un compendio de hitos. Entonces fue un poco eso, una combinación de momentos que estábamos seguras de que queríamos y de vida cotidiana. No sé si desde el principio sabíamos cuánto tiempo iba a durar la filmación porque un retrato del crecer podría ser eterno. Creo que lo pensábamos un poco más corto, pero a medida que pasaba el tiempo nos dábamos cuenta de esa fuerza vital tan grande que implica acompañar un crecimiento, presenciar todas esas cosas que iban pasando, no solo con Tristán sino con su entorno más cercano y con el contexto sociopolítico que lo rodea. Me parece que es muy interesante ver eso condensado y registrado a lo largo de los años.

—En cuanto al rodaje, creo que también evolucionó con la película y con el crecimiento de Tristán y del vínculo entre él y nosotras —suma Gabriela—. Yo realmente aprecio y le agradezco públicamente a él todo lo que nos bancó porque, siendo adolescente, tenés otras ganas y otra rebeldía y tal vez no estás todos los días con ganas de filmar. Y hubo muchos momentos en los cuales claramente Tristán tenía ganas de estar haciendo otra cosa e igual le ponía el cuerpo, y momentos en los que sabía que lo ponía nervioso que filmáramos pero igual nos avisaba, tomaba aire y lo hacía. Pienso en la escuela, por ejemplo. Me acuerdo cuando conversábamos sobre si filmar o no filmar ahí. Tristán tuvo experiencias muy diversas a lo largo de su infancia, pubertad y adolescencia con respecto a la institución escuela, a sus compañeres. Y cuando nosotras lo filmamos ya tenía mucho camino recorrido y tenía mucho manejo del terreno y del discurso, de cómo pararse frente a situaciones donde le tocaba defenderse. [En su escuela] encontramos una institución que lo comprendía y lo acogía un montón, pero todo ese camino no fue fácil. Y hacia el final del rodaje ya era Tristán el que nos proponía más cosas que filmar. Entonces creo que la peli evolucionó con él y con nosotras.

—Creo que pensar al documental como “un retrato del crecer” es algo bastante acertado —agrega Martina—. Muestra una edad en la que, en general, uno busca mucho quién es en el mundo, cómo se relaciona con el mundo y cómo el mundo se relaciona con uno. Creo que es un retrato particularmente de esa etapa y me parece que, aunque siempre estamos buscando algo, es un momento muy enfocado en eso, en cómo nos vamos a relacionar; es salir de muchas burbujas, en las que solemos encontrarnos durante la niñez y el principio de la adolescencia, y empezar a ver por dónde nos interesa meternos. Me parece que es un retrato de eso y es bastante conmovedor. Yo no sé si siempre miramos atrás, les adultes, y nos ponemos a pensar cómo fuimos construyendo esos que estamos siendo; podemos ver cómo nos estamos construyendo en el presente, pero a veces no hacemos esa mirada en retrospectiva. También es muy difícil comprender cómo es la construcción de otre en esta actualidad. A nosotras nos separan unos quince años de la edad de Tristán y el suyo era otro mundo. Está bueno pararse, mirar y tratar de entender cómo es adolecer o tener esa edad en este momento.

Tristán y los días por venir
Tristán comenzó a contar lo que sentía, dispuesto a encarar su transición, a los 13 años. Si bien no todas las respuestas que recibió fueron fáciles desde el comienzo, la mayor parte de su familia y su entorno lo abrazó y lo acompañó

Tristán Alexander Miranda es de Trujui, la segunda ciudad más importante del partido de Moreno, en la Zona Oeste del Gran Buenos Aires. Cursó la secundaria en la Escuela N° 12 Cataratas del Iguazú. Tanto ahí como en su escuela primaria, los y las docentes fueron refugio en su proceso identitario.

A diferencia de muchas otras historias de infancias y adolescencias trans, la de Tristán parece una fácil. Como si todos en su entorno hubiesen tenido la cabeza completamente abierta al momento de que él anunciara su transición. La realidad no fue exactamente así. No fue exactamente tan amable todo el tiempo. Ni tan lineal.

—He tenido mis peleas con la familia —cuenta Tristán— o personas que directamente no querían tratarme. Con mi abuela, por ejemplo, es una historia muy chistosa. Porque con mi mamá fue un tema, también, pero no quiero hablar de eso. Lo de mi abuela me causó gracia. Ella no es tan grande, pero tiene otro pensamiento. Entonces no quería llamarme por mi nombre, me llamaba por el deadname [N de la R.: el deadname (nombre muerto) es el que le fue asignado al nacer a una persona transgénero o no binaria que, luego de asumir su identidad, deja de utilizar]. Y yo agarré —justo nos habíamos ido de vacaciones mi mamá, mi tía y ella— y la ignoré durante un día. Menos. Menos de 12 horas. Y ella no lo soportó porque siempre fuimos muy unidos, ella me cuidaba cuando mi mamá necesitaba, vivíamos cerca. No aguantó que la ignorara, se dio cuenta de que iba en serio y ya a la noche me estaba llamando por mi nombre. Eso fue gracioso. Me da ternura —dice y se ríe.

Con el resto de su familia fue más sencillo.

—La familia de mi papá, que ya tiene otro pensamiento, me dijo: “Bueno, está bien. ¿Pero vas a seguir viniendo a comer los domingos, no?”.

Cuando Tristán inició su proceso de transición, el contexto también acompañaba. La Ley 26.743 de Identidad de Género, promulgada el 24 de mayo de 2012 y considerada por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (Acnudh) como una de las más avanzadas del mundo en cuanto a libertades para el colectivo trans, regía vigorosa —aún lo hace— y eran usuales, sin mayores obstáculos, las rectificaciones de documentos de identidad. Las luchas del colectivo se orientaban a más conquistas: a cupos laborales justos, a ocupar puestos en el Estado, en la política. Para cuando Gabriela, Martina y Tristán decidieron darle un fin al rodaje, el país y las ideas dominantes ya eran otras.

Tristán dice que a nivel identitario ese giro no lo afectó directamente porque él ya tenía resueltos sus cambios físicos y formales antes de que todo se complejizara. Pero que, como parte del colectivo, tiene cerca a muchas personas que piden sus nuevos documentos y les devuelven partidas y trámites con la identidad anterior. “Lo cual —recuerda— es inconstitucional, es ilegal, porque hay una ley que dice que tiene que ser de una forma”.

—Me enoja mucho y me angustia que esto, que es tan importante, no se respete. No entiendo la necesidad de hacerle mal a personas que lo único que quieren es estar bien consigo mismas. Me afecta en ese sentido. También me afecta en lo económico. Hay algo que no se llega a ver en la peli pero yo, a los 18 o a los 19, me mudé un tiempo con unes amigues. Durante más o menos un año estuve viviendo independizado y tenía la posibilidad de hacerlo porque con mi trabajo (soy ilustrador y hago comisiones) podía vivir bien. No teníamos lujos pero todos los viernes comíamos pizza. Y hoy en día no estoy en la misma situación. Estoy viviendo hace un par de meses con un roomie, y mi idea era seguir estudiando pero no pude porque tuve que salir a buscar laburo. Entonces no hay tiempo para estudiar. En eso sí me afecta. Hace unos años con un par de comisiones a la semana vivía bastante bien y ahora es muy difícil, incluso con un alquiler barato.

Tristán y los días por venir
"Hay momentos que están filmados en los que yo no me sentía bien, me sentía muy mal —dice Tristán—. Me gusta poder verlo ahora, pensar en ese momento y entender que no era tan terrible o que ahora estoy mejor"

—¿Qué ves cuando te ves en el documental?

Veo una historia muy linda que es, simplemente, la de crecer siendo una persona trans. Siento que puede ayudar a personas más jóvenes, en la edad en la que yo estaba cuando empezamos a filmar, que se están descubriendo o que saben que son trans y no saben cómo llevarlo a cabo. Siento que puede ayudar mucho, por la información, a saber cuáles son sus derechos o a que salgan del closet. También puede ayudar a personas que tienen familiares trans. Eso es algo que me gustaría que la gente viera.

—¿Es posible ser trans sin sufrir tanto?

—Yo creo que sí. Espero que sí. O sea, creo que todes sufrimos por razones parecidas al crecer y por eso cuando veo las historias de personas trans ya adultas, de hace unos años, pienso que mi experiencia es igual de válida que la de estas personas que sufrieron todas estas cosas como persecución política, ir presas simplemente por ser, todas las cosas físicas a las que se sometieron por su transición. Algo que una vez leí en el post de una persona trans y desde entonces pienso es que ser trans no se trata de lo mal que te sentís siendo, sino de lo bien que podés sentirte con vos mismo. No se trata de: soy trans: sufro, se trata de qué tan mejor puedo estar. Y creo que eso es muy importante. Yo no me mataría en el gimnasio para ser un chabón supermusculoso y masculino y hegemónico. Yo estoy bien, es algo que pensaba que no me iba a pasar. Me siento tan bien… y, si sufro, es por la economía y porque no tengo tiempo para estudiar para un parcial o cosas así. No sufro porque soy trans. Y me gustaría que sea así para todes.

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