Al final, cuando pasen las casi dos horas de proyección, uno no se va a quedar pensando cómo ni por qué mataba Yiya Murano: eso lo va a tener bastante claro. Al final de Yiya Murano: Muerte a la hora del té -el documental que se estrenó ayer en el BAFICI y se verá en Netflix desde el próximo 23-, uno piensa en cómo la tremenda seducción de alguna gente puede nublar la realidad, piensa en todo lo que se le puede hacer a un hijo, piensa, sobre todo, en qué liviandad social hizo que una asesina de tres amigas se convirtiera en una especie de icono pop: hay muñequitas de Yiya Murano, tazas de Yiya Murano, hay chistes del Día del Amigo con Yiya Murano. Pero chiste no es: Yiya Murano fue condenada por matar mientras convidaba masitas para el té. Por matar con cianuro. Porque les debía plata.
Yiya Murano: Muerte a la hora del té fue dirigida por Alejandro Hartmann -que antes hizo, entre otras, Carmel. ¿Quién mató a Maria Marta? y Nahir, el secreto de un crimen. La producen Haddock Films y Vanessa Ragone, quienes se vieron ante el desafío de encontrar algo nuevo, de contar de otra manera una historia que ya tiene una serie y tuvo hasta un musical. La decisión cinematográfica fue complementar testimonios fuertes de personajes protagónicos -Horacio Romeo, el policía que llevó adelante la investigación y Martín Murano, el hijo de la envenenadora- con el relato de dos periodistas que van explicando el caso -Virginia Messi y Rodolfo Palacios- y algunos tramos teatralizados, que permiten sentir el clima de la época. Además de muchos segmentos tomados de la televisión: Yiya con Chiche Gelblung, Yiya con Moria Casán. Y, después de que Carlos Menem la indultara, un inolvidable almuerzo con Mirtha Legrand, al que entra rodeada de aplausos y a quien Yiya, en un desafío, convida con masitas.

Entre todos, destaca Martín, el hijo. “Yo hice todo lo que hice para no ser el hijo de Yiya Murano”, dice el hombre, que cuando chico acompañaba a su madre a tomar el té con sus amantes y tuvo que ver cómo la Policía entraba a la casa a buscarla. Murano es autor de Mi madre, Yiya Murano, un libro que permitió conocer al personaje. “Yo quise terminar con la historia de Yiya. ¿Y sabés lo que hice? La inmortalicé“, cuenta con amargura.
En las espléndidas oficinas de Netflix, Ragone y Hartmann dialogan con Infobae.
-¿Cómo llegan a hacer una película sobre este personaje, que está bastante transitado? ¿Por qué el deseo?
Vanessa Ragone: -Por un lado, nos dimos cuenta de que hay una generación o varias que no saben quién es Yiya Murano, o que la conocen por el sticker del Día del Amigo. Pero yo empecé pensando en los Telares de la Abundancia, esa estafa piramidal. Pensaba en las mujeres metiendo a mujeres en estafas. Y pensando en todo eso, dije: “Pero acá ya había algo piramidal en algún personaje femenino argentino... Y era Yiya”. Se lo conté a Alejandro y ahí empezamos a, a trabajar sobre el personaje, a investigar en profundidad cómo había sido todo su proceder, sus crímenes. El origen fueron las estafas piramidales.

-Claro, normalmente se piensa en los asesinatos y no en por qué los cometió.
AH: Justamente, quisimos contar un poquito esta otra cuestión un-poquito más profunda o más social. Y así vimos que tenía mucho que ver con el hoy. Que el origen, el porqué Yiya había matado, tenía que ver con una cuestión económica y de negocios malos. Desde los Telares hasta los criptobros y la generación Zoe... las estafas que se te ocurran.
-¿Tuvieron que abrir nuevos puntos de investigación?
AH: -Sí, no teníamos un personaje a quien entrevistar que no fuese Martín. Entonces buscamos a alguien que hubiera estado en el caso, en la primera etapa. Yiya hizo lo que hizo en los fines de los setentas y los ochentas, pero en los 90 aparece en la tele y la gente la conoce. En el medio estuvo en la cárcel. Bueno, de toda esa primera etapa no había prácticamente nada.
-¿Y cómo apareció?
AH: -Virginia Messi había hecho una investigación superinteresante para Clarín. ¡Y había dado con el expediente! A partir de distintas puntas empezamos a encontrar a los parientes de las víctimas, por un lado, y por otro al investigador, que nunca había hablado, nunca había sido entrevistado.

-¿Había cosas nuevas en el expediente?
AH: -El expediente era una cosa increíble. Hoy está en el Museo de la Corte Suprema de Justicia, lo tienen separado. Es una joya. En parte lo habia redactado el policía, Romeo. Pero nos enteramos de que en las actuaciones judiciales, por ejemplo, uno de los redactores era un tipo que escribía en Tía Vicenta, un periodista. Leés el expediente y te das cuenta de que hay una pluma ahí atrás y que lo que hacían era tratar de captar al personaje. Hay un estudio psicológico que lleva adelante un médico. Todo va construyendo la historia de una manera fantástica.
-¿El comisario Romeo quiso participar? ¿O tenía pruritos?
AH: -Hubo que convencerlo. Pero también le parecía que ya era tiempo y que él tenía un secreto, que es que nadie sabe realmente cómo mataba “la Yiya”, así lo dice él. Y que era su momento de contarlo.
-Y él lo descubrió.
AH: -Él lo descubrió y sentía que el mito popular y toda la cuestión de las masitas habían tapado. La verdad es lo que está en el expediente.
VR: -Además, el expediente y cómo estaban descritos los crímenes y a la propia Yiya, nos dio una una gran cantidad de elementos para las ficcionalizaciones. Eran muy descriptivos.

-Me preguntaba cuánto de la mirada de la época sobre las mujeres se ve en ese expediente.
VR: -Cantidad.
AH: -Las descripciones psicológicas de Yiya son impactantes. Toda la cuestión de sus amantes también. Las palabras que se usan, lo dicho y lo no dicho... Ella reporta encuentros con hombres. Hay eufemismos de todo tipo. También hay resquicios de la época.
-Es atractivo el personaje del hijo. A quien Yiya le hizo mal y que no se siente querido. Primero dice que nunca va a poder dejar de ser su hijo. Y al final dice: “Aquí murió el hijo de Yiya Murano y nace Martín Murano”.
AH: -Después, después del proceso de dos días de entrevistas, él que lo había logrado. Le agradecemos mucho su participación: es otra víctima de Yiya.
VR: Quizás la primera. Fue usado para ir a encontrarse con los amantes de la madre sin entender lo que estaba pasando, tuvo que encontrarse con su tía muerta..

-Y un día ver entrar a la Policía a su casa.
AH: -El libro de él es muy desgarrador. Muy impresionante.
-¿Por qué hicieron partes ficcionalizadas?
AH: -Cuando leía la historia y también cuando leía el libro de Martín, que fue parte de las fuentes, me parecía una historia muy porteña también. De un Buenos Aires que un poquito se fue, todavía un poco tanguero. Cuando nos pusimos a trabajar en concreto, nos dimos cuenta de que había poco material de Yiya de archivo. Estaba el expediente, pero Martín dice haber tirado a la basura o quemado todos los álbumes de fotos de Yiya. Entonces, de alguna manera había que construir a esta Yiya joven o relativamente joven, con sus amantes, con su hijo... y no alcanzaba con el relato.
-Y hay algo de época.
AH: -Algo de época y de mis propios recuerdos de los 70, que yo los recuerdo muy en blanco y negro y medio invernales. En general, las recreaciones de los true crimes suelen ser muy tímidas. Acá dimos un pasito más.

-Hacia el final, aparece algo más sociológico: por que nos fascina una asesina. Qué están aplaudiendo los que la aplauden en lo de Mirtha, que hasta ella se disculpa de haber entrado en el chiste de las masitas.
VR: -Fue muy deliberado poner ese corte de Mirtha para que ella nos traiga desde una voz de la televisión esta reflexión que estamos haciendo nosotros también. Que es: “che, qué cosa llevar a un almuerzo a una asesina serial presentada como tal, la que mató a sus amigas...” Habla de nosotros
AH: -Como argentinos y como realizadores de true crime. Tenemos que pensar por qué nos obsesionan estas cosas.
-¿Y qué pensaron? También hay algo de la lógica del espectáculo. Messi dice: “es fascinante”.
AH: -Pienso muchas cosas. Los argentinos nos jactamos de que somos los mejores amigos del mundo; vos vas a, no sé, Estados Unidos y decís: “No tienen amigos”. Y hay algo de Yiya que opera sobre ese lugar, que es una especie de tabú... Evidentemente hay alguna clase de fantasía de matar a los amigos o algo por el estilo. Valoramos los códigos. Y Yiya rompe los códigos, porque también sus negocios estaban basados en la confianza. Si no hubiesen sido sus amigas, nadie le daba diez mil dólares a Yiya.

VR: -Y hay algo luminoso en ese personaje, tiene una luz todo el tiempo. Hemos batallado contra eso, porque de ninguna manera queríamos dejarnos seducir.
AH: -Yiya como que te gana. Nosotros decíamos: “Se nos escapa Yiya”. No la podés agarrar.
VR: -Hay algo de ella que siempre está como un poco más allá. Fue muy desafiante ponerla en el lugar en el que definitivamente teníamos que ponerla, que es el de una asesina que igual fue valorada por la sociedad, tanto que se hizo hasta una comedia musical. Es esta fascinación por los monstruos, es un poco insondable lo que nos pasa. En el documental lo dice Bazán y lo dice el nieto de una de las asesinadas. Y se ríe. Y otro pariente come masitas y hace un chiste. Esaduplicidad de ese personaje es fabuloso. Y que sea una mujer también es fabuloso.
AH: -Sería para hablar largo rato, pero sigo pensando que hay algo profundamente argentino en el fondo.Algo de dos caras que tenemos. el personaje es muy argento y lo que nos pasa también: la fascinación y a la vez la posibilidad de reflexión.
VR: - Está en la película la economista Candelaria Botto, que es una generación más joven y que apenas si la conocía. Yo la contacté para traer la visión de la estafa, de la economía, de lo piramidal. Y ella me dice: “Yo la verdad que la tengo nomás de los stickers o de los chistes de Twitter”. Le mandé el expediente, le mandé un montón de información, ella investigó y lo que dice es que aparece una mujer que en esa época, capaz de tratando de vivir esa vida más libre que quería vivir, tanto en lo económico como en lo romántico. Pero el camino que utiliza es el de la estafa y luego finalmente, cuando la estafa se desmadra, el asesinato. Pero Candelarialo ve como un personaje medio liberado, digamos. Que fue a romper todas las reglas y después envenenó, midió bien las gotitas y las mató. Y lo niega y lo negará hasta la muerte.
-Es una viejita que dice “No he matado”, con soltura.
VR: -Está muy bien armada esa frase, “no he matado”.
-¿Se quedaron con alguna duda respecto de si había matado o no?
VR: -Yo no, yo estoy segura de que las mató.
AH: -No. Hablamos con el químico...
VR: -Al menos a esas tres, las mató. Porque se le atribuyen como 11 crímenes. Pero a las tres amigas es muy difícil imaginar que no las mató. Si no, es imposible entender cómo se murieron.
AH: -El tema es cómo. Pero no lo pongas, sería un spoiler.
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