Por qué el valeroso príncipe troyano Héctor sigue fascinando: Jacqueline de Romilly lo rescata como ideal humano

El libro de la prestigiosa helenista francesa, publicado en español por la Universidad Católica de Valparaíso, resalta el peso humano, político y emocional de uno de los héroes de la Ilíada

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Héctor - Jacqueline de Romilly
La Pontificia Universidad Católica de Valparaíso publicó la traducción al español del libro de Jacqueline de Romilly sobre el príncipe troyano

En los últimos tiempos la estampa de Héctor, el valeroso príncipe troyano, fue motivo de varios trabajos orientados a exaltar su loable figura. Entre otros, recuerdo el de Samuel E. Bassett -El rescate de Héctor-, el de James Redfield -La tragedia de Héctor. Naturaleza y cultura en la Ilíada-, el del psicoanalista jungueano Luigi Zoja -Il gesto di Ettore- y, ahora, Héctor, de la prestigiosa helenista Jacqueline de Romilly. A este último, la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso acaba de volcarlo a nuestra lengua en cuidada traducción de Guzmán Oveja Martínez (Valparaíso, UPCV, 2025, pp. 295), motivo de esta nota.

Jacqueline de Romilly (1912-2010) durante largo tiempo profesora en la Sorbonne, ingresó como miembro titular en la Académie Francaise en 1998, ocupando el sitial entonces vacante por la muerte de Margherite Yourcenar, para ser honrada, más tarde, como integrante del prestigioso Collège de France. El notable trabajo que esta estudiosa dedica al Príncipe Héctor, a la par de exaltar la personalidad de ese ser tan valeroso en el combate cuanto tierno en la vida familiar, propone también una nueva mirada sobre la Ilíada, la extensa composición que la tradición atribuye a un tal Homero.

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De acuerdo con lo bosquejado en el proemio de esta epopeya, es decir, en sus dos primeros versos, una suerte de síntesis argumental - “La cólera, canta, oh diosa, del Pélido Aquiles, / maldita, que causó a los aqueos incontables dolores”, versión de Crespo Güemes- el tema de la Ilíada sería la mênis, ‘la cólera” del hijo de Peleo que sucedió en el último de los diez años que habría durado el enfrentamiento entre dánaos y troyanos. Este inigualable guerrero se encoleriza a causa del atropello de Agamenón, el comandante del ejército aqueo cuando, al despojarlo de su botín de guerra, mancilla su areté, ‘gloria’. Aquiles, indignado por esa ofensa, se retira del combate lo que trae aparejado el avance de los troyanos. Pero más tarde, muerto su querido amigo Patroclo a manos de Héctor, regresará al campo de batalla no para favorecer a los griegos, sino para vengar la muerte de su entrañable compañero. Su meta será matar a Héctor lo que hace sin compasión alguna y sin admitir el trato que le propone su oponente: sea quien sea el vencedor, respetar el cadáver del enemigo, lo que Aquiles, airado, rehúsa. Sobre Héctor y Patroclo -sostiene J. de Romilly- se trataría de dos personajes que parecen no deber nada a las fuentes épicas anteriores y que, por lo tanto, constituyen la verdadera creación de Homero (pág. 72).

En esa primera secuencia de la composición, la Ilíada se ofrece como un poema guerrero donde se exalta el valor de los combatientes, tanto de un lado como del otro, y donde, como destacó Simone Weil en páginas memorables -La Ilíada o el poema de la fuerza-, el verdadero protagonista es la fuerza que, anónima e indiferente, arrasa con los seres, cosificándolos.

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Ese planteo, que entiende esta epopeya como una composición bélica, es correcto, pero lo es a medias ya que, en el ocaso de la composición, esta se impone como un poema de compasión, según sugiere J. de Romilly. En tal sentido la autora recurre a dos líneas exegéticas tradicionales no propiamente antagónicas sino, antes bien, complementarias, ya que las dos lecturas parecen ir de la mano, contrastándose.

Retrato en blanco y negro de una mujer mayor con cabello blanco y rizado, mirando al frente. Viste un chal oscuro y sus manos están entrelazadas
Jacqueline de Romilly propone en Héctor una nueva lectura de la Ilíada y sitúa al príncipe troyano en el centro de la interpretación del poema (Foto: Collège de France)

Respecto de los dos momentos de la composición, en el primero, belicoso, la muerte se enseñorea triunfante. En él los seres de un bando y del otro son ultimados sin conmiseración alguna y donde, luego de cruentos combates individuales, los cadáveres quedan insepultos a merced de alimañas y aves de rapiña. Esa primera parte está centrada en la figura de belicoso Aquiles.

La segunda, en cambio, focalizada en Héctor, mejor dicho, en su cadáver, lejos de evocar un mundo sembrado de odio, luchas y muerte, remite a una atmósfera de paz lograda merced al acto sublime en que Príamo, el viejo monarca troyano, en calidad de suplicante y sin más compañía que un niño (aunque es Hermes travestido en esa inocente figura ) llega junto a Aquiles, el vencedor, y tras prosternarse ante su imponente figura y besar sus manos, precisamente las manos que acaban de matar a muchos de sus hijos, le ruega le devuelva el cuerpo inerte de su querido Héctor. “Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses” (XXIV, 486), le dice, a lo que el pélida, conmovido por el gesto tan inesperado como sublime del anciano, no sólo accede a restituírselo sino que, tras preguntarle cuántos días necesita para el duelo -“nueve días nos harán falta para llorarlo en el palacio” (XXIV, 664), responde el viejo rey-, Aquiles añade: “suspenderé el combate todo el tiempo que me pides” (v. 670, trad. cit.). En cuanto al dolor de los padres por la muerte de un hijo se trata de un sentimiento universal que el mismo Zeus experimentó con la muerte de Sarpedón. Frente a la metánoia o conversión operada en Aquiles que, de cólerico y soberbio, deviene piadoso debido a la súplica del viejo rey, madame de Romilly advierte en este guerrero, gracias a esa mudanza, su éleos, ‘piedad’. La piedad hacia Héctor “se convierte en una reivindicación de los valores universales” (pág. 248). Y es esa una valiosa condición subjetiva que de Grecia pasará a Roma. El arte poética de Virgilio la cristaliza cuando Eneas, introductor de los penates troyanos en territorio itálico, sea caracterizado por el poeta de Mantua como “piadoso”: su Eneda alude siempre al Pius Aeneas ‘piadoso Eneas”. Pongo énfasis en que la estudiosa en su análisis va más allá cuando dice que esa nota afectiva pasa al cristianismo: lo palpamos aún hoy cuando, en un momento de la misa, los feligreses entonan Kýrie, eléison ‘Señor, ten piedad’ (pág. 245).

Luego del escueto pero significativo diálogo entre el pélida y el viejo monarca, ya no se hablará más de Aquiles; lo que sabemos sobre él y sobre su infausto destino lo conocemos ya por la Odisea, ya por composiciones anónimas que en tiempos remotos circularon por la cuenca mediterránea. Ahora se habla solo de Héctor o, más precisamente, de la muerte de Héctor, y, no en vano, el poema se clausura con un verso memorable referido al ilustre troyano: “Así celebraron los funerales de Héctor, domador de caballos” (v. 804, trad. cit.).

Romilly celebra a este ser que no es ni superhombre, ni semidiós, sino simplemente hombre, aunque príncipe entre los suyos: Héctor, ideal de hombre y de ciudadano. Honroso en tanto que va al combate a enfrentarse con Aquiles -hijo de una diosa- sabiendo que va a perecer en la lid, pero debe hacerlo en defensa de su ciudad y de los suyos. Cuando sucumbe a manos de Aquiles, cunden el pánico y el dolor; eso sucede en el canto XXII. De entre tantos momentos memorables evocados por J. de Romilly está el último encuentro de Héctor con Andrómaca, su esposa. Esta le ruega no vaya al combate pues sabe que el imbatible pélida lo matará, tras lo cual, ya sin su marido, pasará a ser esclava y que a su pequeño hijo seguramente le tocará un destino peor, pero Héctor no trepida en su propósito ya que entiende que se debe a su pueblo y, por tanto, al cumplimiento de su deber. En el momento de la despedida, ante la sorpresa del niño al descubrir que debajo del casco que en un primer momento lo había aterrorizado está su padre, se asombra feliz: entonces Andrómaca sonríe, aunque con lágrimas en sus ojos, dice Homero.

Para la estudiosa la Ilíada está elaborada como una tragedia alrededor de los sentimientos. El tal Homero no está del lado griego, ni del troyano sino situado en una atalaya desde donde advierte que “nada hay sin duda más mísero que el hombre de todo cuando camina y respira sobre la tierra”, como declara el poema (XVII, 446-447). La Ilíada muestra simpatía por las víctimas, su ideario postula vivir con decencia y escapar a todo acto de violencia. En momentos en que el mundo, por doquier, está infestado por guerras, nuestro tiempo necesita de los valores sagrados sustentados por el helenismo -respeto a los muertos, atención a los suplicantes, conmiseración ante los vencidos- para superar el reino de la violencia y reinstaurar un mundo regido por valores universales. El supremo mensaje de la Ilíada consiste en mostrarnos que “la guerra ha sido superada con el descubrimiento de un sentimiento común” (pág. 269); también recordar reglas de carácter sagrado que deben ser cumplidas inexorablemente por los seres humanos y, en ese propósito, la figura de Héctor se impone como paradigmática.

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