
La figura de Gustave Moreau se impone en la historia del arte francés como precursor del simbolismo y creador de una estética marcada por lo decadente y lo irreal.
Nacido en París hace 200 años, revolucionó los paradigmas pictóricos de finales del siglo XIX al anticiparse en varias décadas a los postulados simbolistas, ya que a pesar de que la proclamación oficial del simbolismo se produjo mucho después, en 1886, de la mano del poeta Jean Moréas, Moreau ya había consolidado una obra profundamente alejada del realismo y del impresionismo dominantes.
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Educado sin obstáculos en el seno de una familia burguesa, ya durante su primer viaje a Italia, acompañado por su madre y parientes, comenzó a realizar esbozos de paisajes y monumentos, germen de su fascinación por los maestros renacentistas.

Tuvo una formación académica, y dos mentores fundamentales: Théodore Chassériau, discípulo de Ingres y Delacroix, y Pierre Puvis de Chavannes. Su bautismo social fue por todo lo alto, ya en 1855, durante la Exposición Universal de París, expuso su obra Los atenienses en el laberinto del Minotauro junto a figuras de la talla de Ingres, Delacroix, Rousseau y Courbet.
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La muerte de Chassériau, como la pérdida de su madre y de Alexandrine Dureux, su compañera durante décadas, marcaron etapas de aislamiento y dolor que alimentaron la introspección y el carácter oscuro de sus creaciones.
A raíz de estos hechos y siguiendo el consejo familiar, Moreau regresó a Italia en 1857. Pasó dos años en Roma, Florencia y Venecia, copiando obras maestras de Miguel ángel, Rafael o Veronés y consolidando el sustrato erudito que alimentaría su imaginación pictórica.

La obtención de una medalla en el Salón de París de 1864 por Edipo y la esfinge (hoy en el Metropolitan de Nueva York) consagró su talento y su profundo estudio de autores como Vittore Carpaccio, Mantegna y Giovanni Bellini. Sin embargo, su obra no iba a la par del canon del momento, por lo que fue fue tildada de excéntrica por la crítica.
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Durante la guerra franco-prusiana de 1870, Moreau se alistó como voluntario, aunque por problemas de salud no participó. Su cuadro Salomé bailando ante Herodes, presentado en el Salón de 1876 y actualmente en la Armand Hammer Collection de Los Ángeles, obtuvo un éxito rotundo e incrementó su reputación.
El grabador Félix Bracquemond contribuyó a la difusión de la obra de Moreau por encargo del marchante Georges Petit, con estampas como El rey David (1884), basada en una pintura monumental de 2,30 metros de altura, que hoy integra la colección del Museo Hammer.

En 1883, Moreau fue nombrado Oficial de la Legión de Honor. A partir de 1891 y tras la muerte de su amigo Elie Delaunay, asumió como profesor en la école des Beaux-Arts de París, donde tuvo entre sus alumnos a Henri Matisse, Albert Marquet y Georges Rouault, influyendo en los futuros fauves con su método de enseñanza liberal.
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El arte de Moreau se sitúa entre el romanticismo y el simbolismo, con una evolución que lo llevó a reducir la preeminencia de la línea en favor del color. Sus últimas acuarelas, conservadas en el Museo Gustave Moreau, se acercan a la abstracción y muestran una técnica inusitada para la época.
En palabras de J. K. Huysmans, destacado escritor del simbolismo: “Nunca antes el arte de la acuarela había alcanzado semejante brillantez de matiz; nunca antes la pobreza de los pigmentos químicos había podido depositar en el papel semejantes esplendores resplandecientes de piedras preciosas, semejantes matices brillantes como de cristales pintados, iluminados por el sol de mediodía, glorias tan asombrosas, tan deslumbradoras, de ricas vestiduras y ardientes tonos carnales“.
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La imaginería de Moreau está poblada de adolescentes andróginos, mujeres fascinantes y figuras monstruosas. Ejemplo de ello es la Salomé de La aparición, el exotismo de Júpiter y Sémele, o las ambientaciones que evocan el arte de la India. Dos motivos de la iconografía cristiana se repiten en su trayectoria: la Piedad y San Sebastián, aunque en 1862 abordó por encargo un Vía Crucis para la iglesia de Notre-Dame-de-Decazeville y, hacia 1890, pintó La flor mística, alegoría en la que la flor de la Iglesia se nutre de la sangre de los mártires.
El simbolismo representó una rebelión frente al impresionismo y la realidad burguesa, proponiendo una evasión hacia lo mitológico y lo alegórico. Moreau encarnó este espíritu desde mucho antes de que el movimiento tuviera un nombre propio.
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Las composiciones de Moreau cruzan la frontera de lo académico y lo experimental, anticipando tanto la abstracción como la libertad cromática que alcanzarían las vanguardias del siglo XX.
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