
Desaparecida dos veces narra la vida de Ana María Massochi, una mujer que fue oficial montonera y cuya historia personal ofrece una mirada íntima y testimonial sobre los años de militancia y represión en la Argentina de los setenta. Tras sobrevivir al exilio y al dolor, Massochi logró reconstruir su vida en Brasil, donde se desempeña como empresaria gastronómica en San Pablo. El relato, en primera persona, expone las huellas que deja la violencia política, el miedo persistente y la dificultad de romper los silencios autoimpuestos para protegerse del pasado.
La autora, Teresa Donato, se convierte en confidente de Massochi, acompañándola a través de años de conversación e investigación para dar forma a un testimonio que escapa a las categorías cerradas y enfrenta con honestidad las contradicciones de una época. El libro surge de una serie de entrevistas profundas que permitieron a la protagonista poner en palabras una experiencia marcada por el dolor, la pérdida y la necesidad de volver a empezar lejos de su país natal.
El resultado es una obra que evita juzgar con simplificaciones, proponiendo una reconstrucción coral en la que aparecen las voces de quienes compartieron el mismo recorrido o fueron testigos de esos años. Desaparecida dos veces se inscribe también en la tradición del teatro testimonial, ya que parte de este relato se dio a conocer antes en la exitosa obra Mi vida anterior, coescrita por Donato, que llevó la historia al escenario y encontró una fuerte recepción tanto de público como de crítica.
Teresa Donato es periodista, dramaturga y guionista, con una extensa trayectoria en radio, televisión y teatro. Pasó por las redacciones de revistas como Claudia y Elle, trabajó en ficción televisiva y documental, y fue galardonada con el Premio Argentores por su ciclo de divulgación teatral. Su formación y experiencia le permiten abordar con rigor y sensibilidad temas que exigen comprensión y distancia, cualidades que se reflejan en la construcción de este libro. A continuación, un fragmento.

24 de mayo de 1978: Soy una desaparecida
“Si morimos en silencio, como nuestros enemigos desean, el mundo no sabrá lo que el hombre ha sido capaz de hacer y lo que todavía puede hacer: el mundo no se conocerá a sí mismo”
Primo Levi
Caí el 24 de mayo de 1978. El 1º de junio empezaba el Mundial de Fútbol. Todos con la camiseta puesta pensando con quién verían los partidos, comprando la carne para el asado, colgando banderas de los balcones y ventanas y, los más afortunados, tratando de conseguir una entrada para ver, aunque sea, Países Bajos-Italia, como el papá de Tere, que fue muy emocionado con su italianidad de inmigrante nostálgico y vio perder a los Azzurri. Es muy particular atravesar una desgracia en medio de una gran alegría na- cional y colectiva. Sabés que no le importás a nadie, que no van a escuchar tus gritos en medio de la euforia y que no es momento de andar jodiendo cuando juega la selección. Yo también hubiese armado un asadito con Jorge y hubiésemos invitado a los amigos para gritar los goles, pero él ya no estaba y yo iba camino a ser una desaparecida.
La desaparición de mi cuñada fue un golpe más. Nos enteramos después de un tiempo. No fue inmediato. Teníamos noticias de Ana María y Carlitos, y era una alegría para nosotros. Nos gustaba saber que estaban bien. Pero la alegría duró poco. La tragedia, una vez más, volvía a sentarse en nuestra mesa.
Yo sabía que tenía un documento falso, con un nombre que no era el mío. Cuando entré a trabajar en la fábrica, tuve que hacer un cambio de domicilio que quedó registrado en ese dni. Era obligatorio presentar un documento que indicara tu dirección real. Ese movimiento fue mi sentencia: ¿a quién se le ocurre hacer cambios «legales» cuando el documento no lo es? A nosotros. Después de un año, el cambio de domicilio llegó al Registro Civil y de ahí me mandaron una carta para que me presentara. Obviamente, lo consulté con mi novio, oficial superior de Montoneros. A él le pareció que tenía que hacerlo. Estaba seguro de que el requerimiento no tenía nada que ver con el Ejército, porque si ellos querían secuestrarme no necesitaban mandarme una cartita. El razonamiento tenía lógica. Tere duda, le resulta llamativa nuestra ingenuidad, no le entra en la cabeza que un tipo con su rango me haya mandado al Registro Civil con un documento falso, como una vaca al matadero. Me dan ganas de mandarla a la mierda. Es algo que no quiero permitirme. No es la única que se lo pregunta.
Ella me cuenta que parte del público que va a ver Mi vida anterior al teatro sale pensando algo parecido. Los entiendo, pero yo confío absolutamente en quien fue mi novio, el mismo que me salvó de terminar en la Quinta de Funes. Si no hubiese estado con él, me habría quedado en Rosario y otra sería la historia. Él insistió en que nos fuéramos juntos y me salvó la vida. Yo sé, en lo profundo de mi corazón, que él me dijo que me presentara en el Registro Civil con la mejor de las intenciones. Temía que si no lo hacía, luego me detuvieran en el aeropuerto de Ezeiza con Carlitos en brazos.

La Organización me estaba haciendo el pasaporte (siempre falso) para viajar a Roma con mi hijo. No elegí el destino, lo decidió la Conducción. No es que tuviera ganas de pasear por Via Condotti o de tirar moneditas en la Fontana di Trevi, aunque un poco de suerte me hubiera venido bien. En Italia había un grupo que podía recibirme. Allá estaban las Brigadas Rojas, que tampoco gozaban de buena salud: con el asesinato de Aldo Moro, un líder amado por la gente, se habían separado de las bases y uno a uno habían ido cayendo presos. Presos, no desaparecidos.
Mi novio quiso evitar un mal peor. Pero ¡era número puesto! Supe que no se podía perdonar haberme mandando al cadalso. Lo supe por las cartas que mandaba desde el exterior. El Ejército las interceptaba y me las refregaba en la cara para demostrarme que mentía y que no estaba colaborando. Cada carta suya me sumaba problemas extras, porque, en su desesperación por ayudarme, escribía de más, sin medir las consecuencias. Sé que hasta buscó a mi suegra para preguntarle si sabía algo de mí. La pobre Monona estaba en Paraguay cargando con su tristeza, mal podía saber en qué estaba yo. Mi novio la estaba pasando mal. Por lo que pude saber, apenas caí logró escaparse y, desde donde estaba, mandaba cartas preocupado por mi vida. En resumen: se sentía responsable porque, siendo mi jefe, me aconsejó que me presentara. Yo estuve de acuer-
do. Si me hubiese imaginado que me podían detener, me habría quedado en mi casa. Pensaba lo mismo que él: voy, veo qué quieren, lo resuelvo y me voy a Italia. Heidi hubiera desconfiado más que yo.
Así fue que me presenté con mi documento falso a cuestas. Y pensaba atravesar Migraciones con un pasaporte falso, con el nombre de un documento robado en el copamiento de La Calera… No sé si reírme o llorar. Hoy me doy cuenta de que fue una locura haberme presentado. Tampoco me imagino qué hubiera podido pasar si no me presentaba. No tenía salida. Documento falso, policía… no era una buena combinación.
Ahora me voy a servir una copa de vino para sobrellevar este tema que me hace mal. Me gusta estar al atardecer en mi casa y no trabajar de noche. No tengo más ganas. Tengo 74 años y estoy cansada. Fueron 45 años de trabajo. Toda la vida abrí mediodía y noche, y trabajé de lunes a lunes. Cuando terminé de hablar con Tere, ducha caliente y un porro, así duermo tranquila y no me paso la noche rumiando o soñando imágenes que no quiero ver. Ser quien fui no es gratis. El pasado me sigue pasando facturas. No me quejo. Las pago y me hago cargo. Pienso mucho en que estaban dadas todas las condiciones para haber sido diferentes, pero fuimos lo que fuimos. Ya sé que sigo demorando el tema de cómo caí y cómo fue mi secuestro. Teneme paciencia, Tere. Me cuesta hablar de esto.
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