
Un diario de 54 capítulos escrito a dúo. Cada uno es muy corto e intercala las voces que protagonizan La teoría Schonberg (La Galera, 2025), la última novela del autor argentino Fernando Muller. Los episodios escritos por el protagonista tienen nombres de colores y cuando habla la voz femenina llevan nombres de pájaros. No es porque sí. Es porque Claudia apareció en la vida de Gabriel como un hada salvadora y él se enamoró.
En pleno dolor por el duelo de la inesperada muerte de su hermana —único familiar vivo—, se enamoró perdidamente de esta mujer. “La Pantoja”, así la llamaban, tenía diez años más que él y clientes que le pagaban por sexo. Ese era su laburo, el cual nunca abandonó. Atendía justo enfrente del edificio donde vivía Gabriel. Pero a él no le importaba nada. Como sea, un día, mirando por la ventana, la vio por primera vez y fue como una aparición divina. Nunca más pudo soltarla.
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“Me asomé y ahí estaba ella con el cabello recogido y vestida con pulóver y jean. Saqué tres o cuatro fotos seguidas. El gesto de su cara era el mismo, parecía fugada de su trabajo y viviendo otra realidad”.
E inmediatamente la quiso retratar, porque Gabriel era artista plástico. Vivía solo en su breve departamento del barrio de Tribunales, que hacía las veces de taller.
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“Vivo en un dos ambientes, en un octavo piso, que da al pulmón de manzana, pulmón de un viejo fumador a simple vista, todo gris y lleno de grietas”.
Lo cierto es que, desde la partida de Laura —la hermana muerta—, andaba por ahí medio perdido, con la inspiración y el corazón rotos.
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“(...) Seguí caminando, me topé con la foto de Laura y le grité que la odiaba por haberme dejado solo en este puto mundo”.
Sin embargo, en esta historia de 260 páginas, el pintor solitario no estaba tan solo. Tenía una amiga, su agente. Guzmán era una mujer joven, inteligente y elegante. Estaba en pareja con una chica —Marcia— y era la única que sostenía emocionalmente al personaje. Siempre estaba ahí donde había que estar. Lo apoyaba en todo y lo ayudaba cada vez que podía. Por ejemplo, con el entierro de la hermana y también a vaciar su departamento. Él la valoraba mucho. La quería. Pero sobre todo confiaba en ella. Y creo que Guzmán también.
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Duelo, amor y sorpresas
Hasta aquí, todo bien. Hablamos de un artista, de unos 35 años, que pierde de golpe a su hermana —Laura— y queda fuera de pista. En el horizonte aparece Claudia, una mujer diez años mayor que se gana la vida cobrando a cambio de sexo, y se enamoran. También anda por ahí Guzmán, la agente del protagonista, y Marcia, la pareja de Guzmán, que parece que va para ambos lados, pero no.

El diario lo empieza a escribir durante el duelo, un poco para descargar su angustia y otro poco porque Muller, el escritor argentino, decidió darle esa estructura al relato. Así las cosas, Gabriel volcaba en la pintura toda su carga emocional, concentrado en preparar “la gran muestra” que, según su representante, lo catapultaría al ámbito internacional. Por fin, su vida profesional, un tanto chata e incierta, despegaría hacia un futuro próspero.
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Paralelamente, la relación con Claudia, la vecina del prostíbulo de enfrente, avanzaba. Tanto que al poco tiempo se fue a vivir con él.
“(...) Sonó el portero. Era Claudia. Le dije que estaba trabajando, que pasara más tarde. Me preguntó si al menos podía dejar dos bolsos y una valija, que estaba con el remís abajo. (...) Fue verla ahí de pie, con sus bolsos y valija, con anteojos de sol puestos y el cabello recogido, que los ojos se me llenaron de lágrimas. No esperaba que desembarcara en casa, tampoco recordaba qué habíamos hablado la última vez”.
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Y es durante la convivencia que la mujer comienza a escribirle cartas al pintor, pero nunca se las da. El vínculo entre ellos se va poniendo polémico y comienza una etapa intensa que lleva a los dos a desenterrar cosas del pasado, generando ruidos de todo tipo. Muchos de ellos que no se podían dejar de oír.
Entonces pasan cosas. El vínculo va y viene, se desmorona y se vuelve a armar. Hasta que, de pronto, y durante la apertura de la muestra, el relato de Muller da un giro repentino, de esos que no ves venir. Así, el final se despliega como absolutamente impensado para los protagonistas y para nosotros también: le cambia la vida a Gabriel y obliga a Claudia a replantearse todo lo sucedido hasta ese momento.
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Con ilustraciones realizadas por el mismo autor, La teoría Schonberg pone de manifiesto la levedad de las relaciones y lo hace con una prosa sencilla y de fácil lectura. La historia, distinta a cualquier lectura, está inmersa en un clima de música y artes plásticas que le da el marco particular y único que la caracteriza. Y atención al desprevenido: podría atraparte desde las primeras páginas.
¿Quién es Fernando Muller?
Nacido en 1961, es hijo de una pianista aficionada, apasionada por la música clásica. Pasó su infancia y adolescencia en Ciudad Jardín, Lomas del Palomar, donde estudió dibujo artístico y teatro, ambos ingredientes fundamentales a la hora de ponerse a escribir narrativa.
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Peleado con la carrera de dibujante, se dedicó a la escritura. Transitó por diversos talleres y sigue perfeccionándose.
Publicó dos libros de ilustraciones: Fito Paez, Homenaje (Crepe Editores, 1993) y Parte de la pasión (Autores de Argentina, 2024), y tres libros de narrativa: Las devoradoras (Lossen Editora, 2014), De entre casa (Moglia Ediciones–Ojo Lector, 2020) e Inermes (La Galera, 2023).
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