La chilena Nona Fernández, el salvadoreño Horacio Castellanos Moya y el brasileño Michel Laub, con moderación de Susana Rosano, protagonizaron en la Feria del Libro de Buenos Aires una conversación sobre la violencia como materia prima de la escritura latinoamericana, sus formas visibles y sus mecanismos invisibles, y la distancia —o la cercanía— entre la militancia política y la ficción.
La mesa, titulada La revolución no es un sueño eterno. Militancias, ejércitos y luchas colectivas y personales, fue la tercera del ciclo Diálogo de Escritores y Escritoras de Latinoamérica. Los tres autores llegaron con novelas recientes y con trayectorias que, pese a sus diferencias generacionales y geográficas, convergen en un mismo territorio: el de las heridas que los proyectos colectivos dejan en los cuerpos y en las memorias individuales.
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El autor gaúcho Michel Laub fue el primero en tomar la palabra, y lo hizo en portugués. La decisión no fue casual. “América Latina no es solo lengua española”, señaló el escritor brasileño, y planteó ese gesto como una forma de militancia mínima pero concreta: la defensa del propio idioma. Laub, autor de Diario de la caída —publicado en español en 2013 y reeditado con motivo de su participación en la feria—, explicó que su novela trabaja sobre tres generaciones de una familia judía en Brasil y que su punto de partida es un episodio de bullying: un niño judío que hostiga a un compañero becado, no judío, en una escuela de la comunidad. A partir de ese núcleo, el libro despliega lo que el autor describe como “un gran ciclo de violencia” en el que los pueblos que fueron víctimas en un momento histórico pueden convertirse en verdugos en otro.
“La historia se repite, como diría Marx, pero no de la misma forma”, dijo, y recordó que esa frase suele traducirse como farsa, aunque aclaró que el término apunta más a la idea de pantomima o performance que a la de mentira. El escritor trazó una línea entre su escritura de ficción y su escritura de ensayo: en la primera, asume un lugar de duda y retrocede para intentar entender los fenómenos tal como son; en la segunda, expresa sus posiciones políticas con claridad. “Cuando quiero expresar mi perplejidad y mi no entendimiento, escribo ficción”, sintetizó.
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Nona Fernández, en cambio, comenzó por cuestionar el propio concepto que organizaba la mesa. “La violencia está tan mal vista, tan catalogada en este mundo binario donde las cosas son buenas o malas”, dijo la escritora chilena, y propuso desestabilizar esa lectura. Citó al dramaturgo y poeta Jean Genet para introducir una distinción que atravesó buena parte del debate: la diferencia entre violencia y brutalidad. La violencia, argumentó, es constitutiva de la vida misma —“un parto, ¿hay algo más violento que un parto?“—, mientras que la brutalidad es la violencia organizada, sistemática, la que ejercen los Estados y los sistemas de poder de manera encubierta. “El sistema opera secretamente con sus garras realmente brutales y los violentos somos nosotros, las locas somos nosotras”, afirmó.
Fernández, nacida en Santiago de Chile en 1971 y ubicada por varios críticos dentro de la llamada “generación de los hijos” —aquellos que crecieron durante la dictadura sin ser sus protagonistas directos—, señaló que su escritura siempre estuvo anclada en las consecuencias de esa brutalidad institucional. Vino a la feria con Marciano, su novela más reciente -una de las cinco finalistas del Premio Arenga de Narrativa Hispanoamericana- que tiene como personaje central a Mauricio Hernández Norambuena (más conocido como el “Comandante Ramiro”, líder guerrillero chileno del Frente Patriótico Manuel Rodríguez).
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Pero más allá del libro, la escritora puso sobre la mesa una imagen política concreta: “Mi país es un país que está regido por una constitución que heredamos de la dictadura. Ha sido modificada, ha sido parchada, ha sido maquillada, pero es una constitución ilegítima que la redactó la dictadura. A nivel simbólico, eso es feroz”. Y añadió que la dificultad para salir de ese marco legal no es accidental sino parte del diseño original. “Me gusta complejizar un poco más la palabra violencia, sacarla de ese lugar al que estamos acostumbradas a recibirla. La violencia es mala, por lo tanto tenemos que luchar contra ella y tenemos que ser pacíficos, que la paz es buena. Pero ¿qué tipo de paz queremos?”, cerró.
El autor salvadoreño Castellanos Moya se sumó a la línea abierta por Fernández con una afirmación que generó risas en la sala pero que encerraba una premisa política de fondo. “Yo entiendo la violencia como algo constitutivo del universo. El banco de la naturaleza se llama”, dijo, y agregó: “La civilización, en gran medida, es un esfuerzo para tratar de controlar esas fuerzas violentas que están dentro de nosotros. Los Estados los construimos nosotros, no los construyen marcianos.” La frase apuntaba a algo que recorre toda su obra: la responsabilidad humana sobre las instituciones que producen violencia.
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Autor de doce novelas y varios libros de relatos y ensayos, Castellanos Moya presentó en la feria Cornamenta (2025). Su trayectoria recorre distintos registros de ese tema: desde la violencia en el espacio doméstico —las relaciones de poder entre madre e hija, la crueldad cotidiana— hasta la que marcó la historia política de este pequeño país de Centroamérica. Su primera novela, La diáspora (1989), abordó el asesinato de dos comandantes de la revolución salvadoreña a manos de sus propios compañeros, un episodio que condensa la tragedia de la guerra civil vivida en aquel país durante los años 80. Años después, El asco (1997) le valió amenazas que lo obligaron a abandonar El Salvador. Desde entonces vivió en México, Costa Rica, Guatemala, Canadá y España, y actualmente reside en Estados Unidos, donde enseña en el Programa de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa.
Los tres autores coincidieron, con matices, en que la ficción ocupa un lugar que el ensayo o el discurso político no pueden llenar: el de la ambigüedad, la duda, la representación de fenómenos que se resisten a ser juzgados. Rosano subrayó que la mesa reunía voces de distintas generaciones y distintas tradiciones nacionales, y que esa heterogeneidad era lo que permitía abordar el tema con mayor amplitud. La violencia en América Latina, planteó, no es solo un asunto del pasado: es una herencia activa que la ficción lleva décadas intentando procesar.
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[Fotos: prensa Fundación El Libro]
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