
En su libro más reciente, la filósofa Kathleen Stock presenta una crítica contundente contra la legalización y reglamentación estatal de la muerte asistida, subrayando el riesgo de que el sistema termine desprotegido ante posibles abusos y presiones sobre las personas vulnerables.
Stock advierte que la institucionalización de la muerte, lejos de ser una garantía de autonomía, podría multiplicar las demandas de ampliación de la práctica y exponer a quienes no pueden defenderse por sí mismos. La autora sostiene que las regulaciones, pese a prometer control, abren la puerta a excepciones y conveniencias que amenazan con desbordar cualquier límite inicial, según expuso en su obra Do Not Go Gentle (No te vayas mansamente). El título alude a un poema de Dylan Thomas sobre la muerte: “No entres dócilmente en esa buena noche. / Rabia, rabia contra la agonía de la luz.”
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La discusión sobre el derecho al suicidio asistido no es ajena al debate público en el Reino Unido. Las encuestas muestran que aproximadamente el 75% de los británicos apoya esta opción para personas con enfermedades terminales.
No obstante, Stock mantiene una posición contraria, incluso ante proyectos de ley como el que examina actualmente la Cámara de los Lores, y alerta sobre la facilidad con que el principio podría extenderse hacia supuestos cada vez más amplios. La experiencia internacional respalda su preocupación: en Canadá, donde existe la Asistencia Médica para Morir (Maid) desde junio de 2016, la elegibilidad ha pasado de casos con riesgo de muerte previsible a incluir diagnósticos graves e incurables, aun si no son terminales.
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Stock observa que en países como Canadá y el Benelux, la normativa se ha ampliado de forma paulatina hasta permitir la muerte asistida en personas con sufrimientos psicológicos severos, sin afecciones físicas de base. En Bélgica y los Países Bajos, la legislación, pensada originalmente solo para adultos, terminó otorgando acceso a la eutanasia a bebés y niños con enfermedades graves, una deriva legal que Stock menciona como advertencia.
La autora no recurre al recurso del escándalo. Prefiere examinar los escenarios cotidianos, en los que una persona con una enfermedad terminal considera la muerte asistida. Sostiene que, si existiese garantía de cuidados paliativos expertos y acceso universal al alivio del dolor, la demanda de estas prácticas podría reducirse.
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Stock señala la fragilidad del sistema británico de hospicios, dependiente de donaciones y de aportes variables del NHS, situación que, en su opinión, podría incentivar la oferta de muerte asistida como forma de aliviar el gasto público, impulsando indirectamente a personas en situaciones precarias a aceptar “soluciones” extremas.

Los riesgos del modelo canadiense ilustran sus advertencias: personas con discapacidad no terminal han solicitado acceder a la muerte asistida ante la falta de servicios adecuados para conservar la calidad de vida en casa. Stock identifica como problemática la posibilidad de que familiares presionen a ancianos para reducir gastos de residencia o acelerar herencias, una situación que no considera hipotética, sino posible en vista de los numerosos casos de fraudes relacionados con hipotecas, pensiones y subsidios que llegan cada año a los tribunales.
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A lo largo de Do Not Go Gentle, Stock exhorta a no construir sistemas legales sobre supuestos confusos que puedan poner en peligro a los más indefensos. Advierte que “la gente no siempre es buena ni amable” y que cualquier régimen que institucionalice la muerte asistida debe anticipar la vulnerabilidad universal de las personas, mucho más allá de los argumentos teóricos en favor de la autonomía individual o el alivio del sufrimiento.
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