
(Desde Ginebra) Una rosa, otra rosa, otra rosa amarilla cae sobre la tumba de Jorge Luis Borges. Esto es el cementerio de Plainpalais, un lugar verde, tranquilo y exclusivo, en pleno Ginebra. Afuera es un domingo raro, la Ciudad Vieja está casi desierta, casi cerrada para que no la atraviese la marcha contra la reunión del G7 que camina por otras zonas de la ciudad. Sol, calor, gente que se baña en el lago Leman. Se cumplen 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges. El grande, el polémico, el pensador, el de las grandes ficciones, el más universal de los escritores argentinoz. Cuarenta años sin Borges: se hace cuento.
Hace unos días hubo aquí, frente a su tumba, un acto por Borges en el que participaron representantes de la embajada argentina en Suiza y también Martín Kodama, uno de los sobrinos de quien fuera la mujer del escritor. Ahora, en la fecha de la muerte, un grupo de unas 25, 30 personas -entre ellos el autor Alberto Manguel y la especialista Annick Louis- se ha reunido en torno a la tumba, convocados por los coleccionistas Alejandro Roemmers y Alejandro Vaccaro, la asociación suiza Los Conjurados –dedicada a Borges, la cátedra Vargas Llosa y la Maison Rousseau, una librería y centro cultural de Ginebra. Hay, también, una corona de parte de la Embajada Argentina en Suiza y otra de la ciudad de Ginebra.
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Abre, entonces, Marcos Liyo, de Los conjurados.
“El 20 de marzo de 1980, en un poema que se publicó en el diario Clarín, Jorge Luis Borges se preguntó: ¿En cuál de mis ciudades moriré? Seis años después, el 14 de junio de 1986, murió aquí, en Ginebra, la ciudad de su adolescencia”.
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Para la mayoría, dijo, “Borges es algo más. Es una íntima y cálida sociedad. ‘La vida del escritor es solitaria’, dijo Borges en una entrevista. ‘Uno cree estar solo y, al cabo de los años, que en verdad son muchos, uno descubre que está en el centro de una especie de vasto círculo de amigos, de amigos que uno no conocerá nunca, pero que lo quieren a uno’. Acá estamos, Borges, acompañándote y devolviéndote un poco de todo lo que tú nos has dado”.
Acá estamos, Borges, y los oradores van a leer poemas en castellano y en francés. Arranca Roberto Alifano, que fue quien escribía lo que el autor dictaba cuando estaba ciego.
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Dice que va a recitar un haiku que le dedicó a Borges y que se llama, justamente, Jorge Luis Borges. Dice: El gato blanco acaricia el cielo, blanco en lo blanco” Y eso es todo.

Sigue Raúl Tola, director de la Cátedra Vargas Llosa, quien dijo, admiraba la obra de Borges y la promovió, aunque “al comienzo de su vida, de su vida pública como escritor, sentía culpa de leer a Borges porque Borges contradecía el compromiso sartreano que lo tenía obsesionado. Tola lee un poema que Cuarenta silencios, un poema que Alejandro Roemmers escribió a los veinte años de la muerte de Borges, con el título Veinte silencios, y que ahora adaptó. “Son cuarenta silencios el peldaño/ que entreteje tu voz con agua y seda”, empieza. “El tiempo en los espejos sigue y rueda/ y un dios sigue callando como antaño”.
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Pasa entonces Annick Louis, una especialista en Borges nacida en la Argentina pero que enseña en Francia. Se presenta como “profesora de literatura” y lee, en francés, el poema Ewigkeit, ese que dice: “Sé que una cosa no hay. Es el olvido”.

Entre la gente que vino espontáneamente a participar de este homenaje hay una psicoanalista argentina que salió de su país durante la dictadura “no por una persecución particular, pero por todo lo que pasaba” y sigue aquí. Escuchando, mirando, acercándose a la Argentina a través de Borges.
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El remordimiento
Después de Louis, pasa Alejandro Vaccaro, uno de los organizadores del homenaje, autor de varios libros sobre Jorge Luis Borges, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y miembro de la Fundación El Libro, que organiza la Feria del Libro. Fue él quien armó la colección de 30.000 manuscritos, documentos y objetos de Borges que hace unos años compró Alejandro Roemmers.

Dijo que iba a leer el poema El remordimiento. “Este poema, ese soneto, fue escrito por Borges tres días después de la muerte de su madre, porque él sostenía que el gran regalo que les podemos hacer los hijos a los padres es ser felices. Y él sintió, tras la muerte de su madre, el remordimiento de no haber sido feliz”. El poema elegido, se imaginan, es aquel de “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”. Y que dice: “Me legaron valor. No fui valiente”. Un poco triste es, sí. ¿No fue feliz este hombre al que estamos honrando?
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Sigue, termina, el autor Alberto Manguel, todo elegancia. Manguel, que ahora vive en Portugal, fue una de los encargados de leerle a Borges cuando se quedó ciego. Era joven Manguel cuando empezó, así se construyó un vínculo. Luego Manguel fue traductor, escritor, director de la Biblioteca Nacional. Vino especialmente para los homenajes. Y, simplemente, lee en francés. el mismo poema, El remordimiento. Otra vez, no fue feliz.

Lo que viene es un poco una sorpresa. Hay -no habíamos visto- al lado de la lápida, un parlante y de ahí sale, cómo no, la voz del propio Jorge Luis Borges. Lee Everness.
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Y vuelve el verso, con una ligera variación: Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
No, no hay olvido. Acá estamos, 40 años después. Vuelan rosas amarillas.
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