
En 2003 yo tenía veintipocos años y deseaba ser escritor; provenia de una familia de comerciantes (mi papá tenía negocio, mi mamá lo había tenido antes de consagrarse a nuestra crianza), sin formación académica, clase media aspiracional pura, con una fuerte cultura del esfuerzo y con una biblioteca de lectores reales lo suficientemente grande como para que los libros me llamaran la atención, pero no tanto como para que supiera por dónde, cómo, cuál era el camino. Lo que pronto comprendí es que, además de escribir (algo que entonces solo hacía cuando me llegaba la inspiración y corría a la vieja computadora a tipear algunos párrafos arrebatados), si quería publicar necesitaba contactos. Autores, editores, críticos. Gente que me leyera, que me aconsejara, que me dijera cómo se hacía —o cómo nacía— un escritor.
La oportunidad apareció cuando fui a una Feria del Libro y, apenas en la entrada, me dieron un folleto: era de una revista nueva, se llamaba Lea y buscaba convertirse en un faro que organizara los libros que entonces llegaban sin pausa desde otros países, principalmente España. Eran tiempos difíciles para los escritores locales. El movimiento de editoriales independientes que luego fue un suceso apenas nacía y era difícil de identificar, y los grandes grupos editoriales importaban libros y autores. Fui lector voraz de esa revista y, pronto, un entusiasta colaborador.
Uno de los escritores que conocí entonces fue Alfredo Bryce Echenique. Veintitrés años atrás, cuando el peruano ya había escrito Un mundo para Julius, su obra cumbre, y presentaba El huerto de mi amada, una novela en clave de comedia romántica que había ganado el premio Planeta en 2002. Yo tenía que leer el libro y luego entrevistarlo, aunque apenas lo conocía por lecturas dispersas y lo poco que se encontraba entonces en algunos portales de Internet.

La cita debe haber sido en algún hotel céntrico, aunque no recuerdo cuál. Solo que me sorprendió la elegancia de ese hombre más bien bajo, de anteojos redondos, cabello tirante y prolijo a quien le hice las preguntas que me había disparado su novela. “¿Por qué es tan común que en Perú se vuelva siempre sobre el retrato de las familias aristocráticas?”, fue la primera pregunta que aparece en la publicación. Con una voz que todavía me resuena pausada y suave, me contestó que no era tanto en la literatura peruana, sino más bien en su propia obra, por lo menos en la de cierta etapa. “Fueron familias muy pretensiosas que vivían con ostentación, que a la hora de tomar las riendas del poder solo les interesaban los títulos, y condenaron al Perú a cincuenta años de un caos, de una anarquía constante”, dice en una parte de su respuesta. “¿Cambiar el mundo con los libros?”, se pregunta él mismo y responde que no, que las novelas no pueden hacer eso, quizás sí El capital de Marx o El contrato social de Rousseau, pero “el escritor da su libro como el manzano da su manzana: no sabe con qué salsa lo van a preparar, con qué salsa lo van a digerir”.
“¿El escritor debe intentar cambiar el mundo a través de su literatura?”, insisto. “El escritor puede y hay escritores que lo hacen —responde Bryce—. Sartre es un escritor comprometido. En el caso peruano, Vargas Llosa; en el caso argentino, Cortázar. Pero yo creo que el escritor no debe utilizar jamás la novela como arma, porque a nada llevaría”.

Luego hablamos del boom latinoamericano, movimiento al que no perteneció (“no había publicado ni frecuentado escritores hasta 1968”, dice) y las razones que llevaron a América Latina a ser faro de la literatura mundial durante la segunda mitad del siglo XX. Las referencias a Vargas Llosa se repiten: me cuenta que a Mario no le gustaba el humor en la escritura porque lo consideraba reaccionario, pero que luego de leer Un mundo para Julius le había escrito para decirle que estaba equivocado (“Por primera vez he entendido que una novela no puede ser sin sentido del humor”, dice que dijo su compatriota, futuro premio Nobel).
Esa mañana (creo que era temprano, o así parece por la cara de dormido que tengo en las fotos) también le pregunté su opinión de otros grandes del Perú: además de Vargas Llosa (“Yo creo que es el más grande escritor latinoamericano”), José María Arguedas (“Un hombre de dos marginalidades, de lo desgarrado, que termina matándose”), Manuel Scorza (“Quería escribir libros para arreglar situaciones”), César Vallejo (“Mis libros de cabecera son los de Vallejo”). Y cuando le pedí su opinión sobre Alfredo Bryce Echenique: “Soy como Chaplin, que una vez se presentó a un concurso de imitadores de Chaplin, y salió tercero”. Es curioso que usara esa imagen, casi profética, después de lo que pasó algunos años más tarde. Antes de terminar le pedí que me dedicara mi ejemplar de El huerto de mi amada: “Con la alegría de una conversación tan sonriente como sabia y con mi afecto. Alfredo Bryce Echenique. Buenos Aires, 25 de marzo de 2003”.
La entrevista se publicó en julio. En el número 25 del cuarto año de existencia de esa publicación que, en ese mismo número, se dio (me di) el lujo de hablar también con Juan José Saer y de presentar textos inéditos de Juan Filloy y Dalmiro Sáenz.
El encuentro
Pero antes hubo otro encuentro. Fue por esos mismos días de promoción de su novela. Se entregaba el premio Emecé que había ganado Mariano Dupont con su Aún y Bryce había sido invitado a la celebración. Si la memoria no me falla, creo que fue en una casa antigua convertida en bar de moda en Recoleta, apenas unos años después de su inauguración.

Llegué como solía hacer entonces, dispuesto a conocer a la mayor cantidad de referentes de la literatura que pudiera. Con mis veintipocos años, eso significaba abalanzarme primero sobre la mesa donde sirvieran el alcohol que funcionara para desinhibirme, y luego hacer lo mismo pero sobre escritores, editores, críticos y periodistas.
No recuerdo quiénes estaban. Puedo suponer algunos nombres (Juan Forn, quizás, que había sido jurado del premio; Nacho Iraola, entonces encargado de prensa de la editorial). Hasta que lo vi: sentado junto a un piano en un salón oscuro de la noche, a Alfredo Bryce Echenique. Otro trago de ¿champagne? ¿vino? ¿cerveza?, y me acerqué para saludarlo.
Habían pasado pocos días de nuestro encuentro, así que me reconoció. Es curioso: ahora que releo la entrevista, me doy cuenta de que no recordaba nada de lo que habíamos hablado; sin embargo sí me acuerdo de lo que charlamos esa noche, él un poco borracho también, en aquel bar que todavía existe.
Le pregunté por las cartas, esa forma de comunicación tan usual en aquella época que, sin embargo, empezaba a perderse, y que yo leía con fruición cuando se trataba de correspondencias entre escritores. Un poco porque me interesaba lo que tenían para decir(se), otro poco porque deseaba ser quien algún día escribiera y recibiera esas cartas. Supongo, también, que habremos hablado de Cortázar. Y creo (lo infiero por ese piano en la foto que nos tomaron mientras charlábamos y por lo que vino después) que también le debo haber dicho que yo tocaba el piano.

Las cartas, Cortázar, el piano.
Luego nos dimos la mano y yo me fui, o se fue él, o quizás solo nos excusamos y nos perdimos entre las voces y los mareos del festejo. Si le pedí su dirección en Barcelona para escribirle, no lo sé. Solo que le envié mi carta algunas semanas más tarde.
Un mes después, llegó su respuesta.
“Señor Enzo Maqueira”, decía en el sobre. Una estampilla de España. Un sello con su nombre en el remitente. Adentro, una postal. Del un lado, la imagen de Walter Norris, pianista estadounidense. Del otro, estas palabras:
“Estimado Enzo,
Paso apenas por casa y encuentro su sobre. Huyo con él a la montaña. El calor se hace muy difícil, ahora, como por allá el frío, me imagino, recordando las noticias de Lima. En todo caso, mil gracias. Las correspondencias se acaban. Hoy todo es electrónico. Juzgo por mi propio buzón y los archivos que adelgazan, en vez de llenarse, como no hace tanto. Pero sí lo animo —si esto le sirve— a seguir tozudamente. Lo decía siempre Cortázar. Mi gratitud y mi fuerte abrazo".
Le debo haber dicho lo que entonces les decía a todos los escritores con los que hablaba: que yo quería ser escritor también, que no tenía contactos, que no conocía editores, que publicar mi primera novela me parecía una tarea imposible.
Sin embargo lo que siguió para mí fueron los primeros peldaños hacia la concreción de mi sueño. Tardaría siete años más en publicar mi primera novela. Mientras tanto, Bryce siguió escribiendo y mi foto con él ocupó un espacio central en mi biblioteca, junto con otras en donde sonrío junto a Saer, Sabato, Paul Auster y Bioy Casares.
Poco después, a aquel hombre que en un concurso de sí mismo esperaba salir tercero se lo acusó de plagiar una serie de artículos periodísticos. Fue encontrado culpable, yo recibí con pena la noticia y, con algo de vergüenza, escondí esos tesoros que me había dejado. Ahora que repaso su vida, descubro que después del plagio nada volvió a ser igual para él. Apenas dos novelas más publicadas en veintitrés años, un libro de cartas, un par de textos autobiográficos y otro par de ensayos. Muy distinto a su producción anterior, tan profusa y diversa.
Si alguien cometió un error, seguro fui yo, que hoy, al conocer la noticia de su partida, revolví en los cajones para encontrar la revista, las fotos, el libro dedicado y su postal. Volví a poner cada cosa en el lugar que se merecía. Junto con Saer, con Bioy, con Sabato y con Auster. Sus libros al lado de los de Vargas Llosa. Su recuerdo entre los de esos escritores que me dieron un consejo, que me estrecharon la mano, que me enseñaron el camino. Al fin y al cabo, nunca dejé de hacer lo que me dijo: seguir tozudamente, así como él, supongo, habrá seguido a pesar de todo.
Vayan estas palabras a modo de homenaje por su obra, por su vida y por aquellos años donde todo empezaba y terminaba al mismo tiempo. Ese mundo que Bryce vivió y que ya no conoceremos. Ese huerto en donde, sin embargo, todavía crecen las palabras.
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