
Tener una mente enfocada en una sola cosa puede sentirse bastante bien. “Tenemos creencias, sí, pero también podemos ser poseídos por ellas”, escribe la neurocientífica Leor Zmigrod en su nuevo libro, El cerebro ideológico. Podemos hablar mucho sobre la “libertad” mientras, al mismo tiempo, tememos la incertidumbre que conlleva. Es humano anhelar la claridad que proporciona un sistema que nos dice cómo pensar y qué hacer: “Los cerebros humanos absorben las convicciones ideológicas con vigor y sed”.
Zmigrod afirma saber esto porque ha estudiado las conexiones entre la biología del cerebro y la ideología política. Comenzó sus experimentos en los meses que transcurrieron entre el referéndum del Brexit en el Reino Unido y las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos. Utilizando un método llamado Test de Clasificación de Tarjetas de Wisconsin, rastreó cómo respondían sus sujetos a un cambio repentino y arbitrario en las reglas. También investigó estudios sobre la amígdala cerebral, la estructura en forma de almendra en cada hemisferio del cerebro que procesa las emociones, especialmente las negativas como el miedo y el asco.
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Los conservadores, según ella, suelen tener amígdalas más grandes. Sin embargo, determinar qué ocurre primero —si las personas con amígdalas más grandes se sienten atraídas por ideologías conservadoras, o si las ideologías conservadoras hacen que las amígdalas de las personas se agranden— “es un trabajo en curso”.

En otras palabras, la ciencia aún no lelgó a una conclusión definitiva. De hecho, El cerebro ideológico resulta tener sorprendentemente poco que decir de forma definitiva sobre el cerebro ideológico.
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Zmigrod es una guía competente a través del espeso entramado de la investigación científica, pero su libro necesariamente incluye algunos párrafos del tipo “aun así” en los que admite que algunos de los hallazgos más tentadores no se han podido verificar. “Los mejores estudios neurocientíficos se construyen lentamente, de forma iterativa y reflexiva”, escribe. “Las advertencias y los calificativos cautelosos rara vez son apasionantes (los límites a nuestra imaginación rara vez lo son), pero sí son intelectualmente honestos”.
La honestidad intelectual es, en última instancia, de lo que trata este libro. Los ideólogos tienden, según Zmigrod, a ser “cognitivamente rígidos”. Su resistencia a cambiar de opinión les hace lentos para adaptarse a nueva información que desafía sus creencias previas. Ella cita investigaciones realizadas por la psicóloga Else Frenkel-Brunswik, quien huyó de Austria después de la anexión por parte de Alemania. Al instalarse en Berkeley, California, Frenkel-Brunswik se propuso averiguar cómo, según sus palabras, “el niño etnocéntrico se convierte en un potencial fascista”. Descubrió que los padres que fomentaban la imaginación y la empatía promovían la flexibilidad cognitiva de sus hijos. Por el contrario, los padres que imponían su autoridad producían hijos que aceptaban la dominación de los demás. Para estos niños, “todas las relaciones eran desiguales y, por naturaleza, abusivas”. Idolatraban a los padres estrictos. Esa adoración era una forma de “justificar sus propias opresiones, la militarización de su imaginación y deseos”. En otras palabras, un entorno rígido puede hacer que una mente sea más rígida —un hallazgo que no es exactamente sorprendente. Pero Frenkel-Brunswik notó algo más inesperado. Los niños criados en hogares autoritarios mostraban señales tanto de “desintegración como de rigidez”. Sentían fascinación por el caos, los trastornos y la catástrofe. Exigían orden al mismo tiempo que fetichizaban el desorden.
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Zmigrod, en sus propios experimentos, halló algo parecido. Invitó a 300 estadounidenses a responder un cuestionario sobre sus visiones ideológicas del mundo y a participar en un videojuego que medía decisiones tomadas en fracciones de segundo. Los participantes dogmáticos tenían dificultades para ensamblar la evidencia perceptual de forma eficiente, pero no se veían a sí mismos como pensadores lentos. “Declaraban amar las emociones fuertes y tomar decisiones precipitadas”, escribe Zmigrod. “La maquinaria cognitiva inconsciente de bajo nivel de una persona dogmática es más lenta, pero sus personalidades autoconscientes de alto nivel hacen que tomen decisiones impulsivas”. Insistirán en la ley y el orden y, al mismo tiempo, disfrutarán derrumbando el sistema. Es esta temeridad lo que distingue al extremista de derecha del conservador cauteloso.
Pero Zmigrod recalca una y otra vez que su interés está en el cerebro ideológico, ya sea que su política se reconozca como “de izquierda” o “de derecha”. Aproximadamente a la mitad del libro explica por qué, según sus hallazgos, los individuos más flexibles cognitivamente son “los no partidistas que se inclinan hacia la izquierda”. Insiste en que no está defendiendo una complacencia centrista o una “moderación diluida y menguante”. Pero sí hace una defensa de una forma minimalista de liberalismo, que define como “apertura a la evidencia y al debate”.
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Como exhortación, esta es perfectamente razonable, aunque banal. Zmigrod sugiere que nuestra comprensión de la ideología se ha vuelto demasiado ideológica. Narra la fascinante historia del conde Antoine Louis Claude Destutt de Tracy, un noble encarcelado durante la Revolución Francesa que acuñó el término “ideología” para referirse a lo que esperaba fuera “una ciencia legítima que usara métodos objetivos para determinar cómo los humanos generan creencias”. Los ideologistas imaginaban una sociedad que animaría a los individuos a pensar de forma crítica. Sin embargo, el planteamiento de Tracy fue ridiculizado por una serie de detractores, incluidos Napoleón Bonaparte, Karl Marx e incluso los padres fundadores de Estados Unidos, a quienes Zmigrod caracteriza como dependientes “en exceso” de la noción de identidad colectiva. “La ideología había cometido el crimen de centrar la razón y la observación a expensas del mito colectivo y el pensamiento mágico”, escribe.
Esta comprensión original de la “ideología” —el estudio desapasionado de las creencias— se ha perdido con el tiempo, y ahora transmite su opuesto: un compromiso apasionado con las creencias. Ideologiste dio paso a idéologue. Zmigrod lamenta esta transformación. La última frase de “El cerebro ideológico” aboga por un día en el que podamos imaginar una “mente libre de ideología”.
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Es un argumento personal para Zmigrod, quien describe su incomodidad cada vez que alguien le pregunta de dónde es. “Mis abuelos crecieron hablando un idioma, y mis padres cultivaron la jerga de otro, mientras yo aprendía las gramáticas y matices de escrituras completamente diferentes”, escribe. “Todos llegamos a la adultez en distintos continentes, con el corazón roto bajo diferentes cielos, mirando diferentes mares, nuestros secretos y maldiciones susurrados en distintas lenguas”.
Zmigrod es una autora tan atractiva que resulta fácil pasar por alto algunas de las implicaciones más complejas de su libro. ¿Qué sucede cuando la mente flexible se enfrenta a una autocracia? ¿Cómo reacciona ante una atrocidad moral? ¿Ofrece resistencia? ¿O, en su infinita adaptabilidad, cede y sigue la corriente, por injusta que sea? “La persona no ideológica aspira a la humildad intelectual —manteniéndose siempre abierta a actualizar sus creencias a la luz de evidencia creíble y equilibrando una dosis saludable de escepticismo ante las prácticas creadoras de mitos, con una simpatía humanista hacia quienes sienten la necesidad de recurrir a ideologías colectivas”, escribe.
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Todo esto suena muy bien. Puedo ver cómo estaríamos mucho mejor si cada persona en el planeta se comprometiera con la “humildad intelectual” y la “simpatía humanista”. Pero no estoy seguro de que necesitara que una neurocientífica me lo dijera.
(The New York Times)
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