
Leí el libro Si lo contás, te mato de Gustavo Sammartino en una tarde, sin poder parar; con asco en la boca del estómago, con ira, con el morbo que producen estas historias inenarrables. Lo leí también con incredulidad como se leen todas las historias que dan cuenta del abuso de poder, de hasta dónde llega el poder cuando hablamos de abuso de poder. Pienso en escribirles a mis editores a partir de la lectura de este libro: “quiero una columna que se llame libros indispensables, libros incómodos e indispensables´”. Y este es el título que encabezaría esa lista imaginaria de libros que no queremos leer pero tenemos que leer porque cuentan historias que no queremos recordar pero debemos recordar. El presente se muestra cercano a la violencia institucional, a la pornografía de la impunidad del poder y este libro de Sammartino llega para recordarnos que eso siempre termina mal.

Si lo contás te mato
eBook
$11,99 USD
A altas horas de la noche en Buenos Aires, con la televisión relatando una nueva agitación política y con el resto de la casa dormida, un periodista se sienta a la mesa de la cocina mientras el teléfono suena con insistencia maníaca. La persona que llama no se detiene. Cuando finalmente contesta, irritado y con tono amenazante, la voz al otro lado de la línea se identifica con la tranquila autoridad de un hombre acostumbrado desde hace mucho a la obediencia debida: el general Carlos Guillermo Suárez Mason, una de las figuras más nefastas de la última dictadura militar argentina. La interrupción no es solo un inconveniente. Es el comienzo, o la continuación, de una relación que llevará al periodista a una prolongada e inestable intimidad con un perpetrador del terror de Estado que insiste, incluso al borde de la historia, en que no tiene nada que lamentar.
Esta es la tensión central que atraviesa Si lo contás, te mato, de Gustavo Sammartino, un libro que es a la vez que una investigación histórica una profunda exploración de la condición humana. Se basa en conversaciones con un hombre descrito en las primeras páginas como el comandante operativo más despiadado de la dictadura, responsable de una vasta red de centros de detención clandestinos e implicado en cientos de crímenes que van desde secuestros y torturas hasta robo de bebés. Sin embargo, el libro no se limita a catalogar o documentar esas atrocidades. Plantea algo más inquietante: un encuentro prolongado entre un periodista de raza, que asiste a cada encuentro con agua bendita en sus bolsillos, y un perpetrador para quien la confesión, la negación, la prepotencia y la amenaza coexisten en un mismo espacio que es a la vez la sala de confesión y de tortura.
La dictadura argentina ha sido documentada a través de juicios, testimonios, reconstrucciones de archivos y la memoria colectiva. El libro de Sammartino se adentra en ese terreno ya de por sí denso desde un ángulo radicalmente íntimo. El objetivo del periodista no es solo documentar los crímenes ya establecidos en los registros históricos, sino confrontar a uno de sus artífices principales —”el cuarto”, la mano ejecutora— en un espacio privado: la sala de estar, la cocina, el ritual cortés del café y las galletitas. Este entorno doméstico produce una fricción inquietante. La maquinaria del terror se narra con la cadencia de una conversación.

Suárez Mason, que en su día fue una figura central en el aparato represivo, aparece aquí no como un villano mítico, sino como un hombre que se autojustifica. Enmarca la violencia como una necesidad, la obediencia como una virtud y la represión como una guerra. Su retórica conlleva una gramática familiar de defensa autoritaria: la historia se narra como lógica de campo de batalla; las víctimas se disuelven en abstracciones impensadas; la culpa se desplaza hacia arriba, a las estructuras, o hacia los lados, a las circunstancias. El efecto es escalofriante, no porque sea teatral, sino porque el oscuro entrevistado habla como alguien que cree que su razonamiento sigue siendo válido.
Sammartino no trata al general como una reliquia o un espectáculo sino como un interlocutor vivo cuyas palabras importan precisamente porque revelan cómo se narran a sí mismos los represores. Las entrevistas son de una asimetría que impregna de fragilidad todo el proceso. Uno de los participantes es portador de la violencia institucional; el otro, de la obligación de escuchar. El centro emocional del libro llega en un momento en el que la historia pública se derrumba en una frase que se escapa, y que ya no puede desdecirse. Durante un encuentro, el general relata, con horrenda ligereza, su participación en la apropiación de un bebé, uno de los crímenes más inquietantes de la dictadura.
El tono de la confesión es lo que más inquieta: risas, jactancia, la sensación de una historia contada para afirmar el control en lugar de buscar la absolución. Para Sammartino, la revelación detona el frágil equilibrio de la relación. Escuchar ya no es neutral; se convierte en complicidad a menos que se enfrente, que se denuncie, en este caso, a través de la visibilización. Si ya el clima era de tensión constante, frente a la confesión indeseada, la confrontación se intensifica. Frente a la confesión se cae el delgado velo de impostada cordialidad y el periodista interpela a Suárez Mason, no lo puede evitar. La reacción del general es de furia. La frase del título “Si lo contás, te mato” surge como una amenaza literal y como una expresión simbólica de la lógica perdurable de la dictadura: el silencio impuesto a través del miedo. La amenaza no se plantea como una metáfora sino como los restos de un sistema que en su día funcionó precisamente haciendo que hablar fuera peligroso. Lo que sigue no es un triunfo periodístico heroico, sino una conmoción psicológica. Sammartino documenta el temblor, el miedo, las dudas. Y esta es una de las potencias del libro: la franqueza del periodista al expresar su miedo, su vulnerabilidad. No es la postura de un investigador audaz, sino el relato de alguien consciente de que la proximidad al poder, incluso al poder caído, conlleva riesgos.

Uno de los logros más notables del libro es cómo sitúa el intercambio privado dentro de la lucha más amplia de Argentina por la memoria. La dictadura no terminó simplemente cuando regresaron las instituciones democráticas; sino que al día de hoy persisten la negación, la racionalización y una especie de mitología que explique la tragedia. Y la insistencia del periodista en grabar, en escribir, se convierte en un acto que subvierte los rangos tal como se presentan en los encuentros. Por cierto, Sammartino reflexiona en varias oportunidades acerca de la paradoja de su posición. Reconoce su incomodidad, incluso su remordimiento, por cultivar la confianza con alguien responsable de la violencia sistémica. Sin embargo, esa incomodidad se convierte en parte del método. El libro argumenta, implícitamente, que para comprender a un ejecutor del horror es necesario entrar en espacios donde la familiaridad logre la distensión necesaria para la confesión. Y Sammartino está dispuesto a pagar el precio ético para acceder a esa confesión.
Este es un libro acerca de la psicología del poder. El general entra en una danza macabra entre la nostalgia, la rabia, la autocompasión y la arrogancia. Estos cambios de tono revelan una personalidad que sigue funcionando en términos de jerarquía y control. El relato de Sammartino hace hincapié en los gestos y la atmósfera: las pausas, la respiración, el ritmo del discurso. Las entrevistas se leen como escenas en las que el clima emocional cambia a mitad de la frase. Entonces el libro es también un ensayo acerca de la complejidad del lenguaje, de las formas que toma el lenguaje para intentar justificar la atrocidad. La insistencia en la pregunta es una característica que resalta y muestra cómo por medio de preguntas repetidas e insistentes saltan a la luz las contradicciones de una moral doble y una mente pervertida.
Lo que distingue a Si lo contás, te mato no es su catálogo de crímenes, que ya están ampliamente documentados en otros lugares, sino su insistencia en que también escuchar puede ser peligroso. El libro sostiene que la proximidad a los perpetradores nunca es neutral. Exige resistencia emocional y claridad ética. La narrativa de Sammartino captura la incomodidad de habitar ese espacio sin edulcorarlo. El libro se convierte en un testimonio de la idea de que la historia no solo se archiva en las instituciones, sino que se cuenta, se discute y se reclama en salas donde aún resuena el miedo.
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