Cual máxima sacerdotisa de la performance, la artista serbia Marina Abramović ha exorcizado al público del Gran Teatre del Liceu , donde se presenta hasta el viernes 30 de enero la versión teatral de su inclasificable obra Balkan Erotic Epic.
Donde en otros momentos de su historia se ubicaron inodoros dorados o una lámina de 10.000 litros de agua freática, el escenario del coliseo barcelonés acoge gigantescas esculturas de penes; hay desnudos integrales masculinos y femeninos y tampoco se obvian algunas escenas sexuales explícitas. Sin embargo, por si hubiera dudas, este no es un espectáculo pornográfico. En estos momentos de la película, la pornografía hay que encontrarla en otros lares, aunque la entrada haya sido restringida a los menores de dieciocho años.
Tres años después de 7 Deaths of Maria Callas, la madre de la performance ha regresado a Barcelona para presentar por primera vez la versión teatral de esta epopeya inmersiva, una de sus creaciones más ambiciosas, reivindicación del cuerpo como espacio de “poder, misterio y transformación”, con momentos hipnóticos, oníricos, poéticos, oscuros, pero también con dosis de humor, que han levantado, incluso, algunas carcajadas.

A lo largo de unas tres horas, con libertad del público para entrar y salir de la sala -eso sí, sin teléfonos móviles, guardados en unas fundas de seguridad-, se han desarrollado las trece escenas de la obra. Al acabar, el público de pie ha ovacionado durante más de seis minutos al equipo artístico, desde los músicos de una particular orquesta, a los bailarines, cantantes, intérpretes y a una Marina Abramović, de negro riguroso, que ha intervenido en la escena final.
Si en Manchester (Inglaterra) se estrenó mundialmente el montaje el día 9 de octubre con unas escenas que se sucedían al mismo tiempo y era el público quien trazaba su propio recorrido y decidía cuándo entraba y salía del espacio de los Aviva Studios, aquí se han presentado de forma consecutiva.
La obra, creada por la artista de 79 años con total libertad, fusiona mitos ancestrales de los Balcanes, de países como Albania, Bulgaria, Rumanía, Grecia, Turquía, Serbia, Montenegro o Macediona, con tradiciones folclóricas, con ritos relacionados con la muerte, el amor o la lluvia.
Lamento fúnebre por Tito
Un lamento fúnebre por Josep Broz Tito, el líder de la Yugoslavia comunista, interpretado por la cantante Svetlana Spajić, con la música de instrumentos de viento, metal y tradicionales de la zona, da inicio al espectáculo, en el que en otro momento se ofrece una “Danza del cuchillo”, mientras que en otro, en el hipnótico “Masaje en los pechos”, unas mujeres gesticulan sobre tumbas para despertar la tierra, mientras bailan con esqueletos.

Son mujeres que lloran a maridos perdidos por una guerra, por la enfermedad o la vejez. Por otra parte, la actriz hispano-serbia Maria Stamenković Herranz, muy aplaudida, da vida a la madre de Abramović, con la que no se llevaba muy bien, una “estricta y convencida” comunista, aquí de uniforme soviético, hasta que acaba en viso bailando encima de una mesa, desmelenada.
Durante la presentación del espectáculo, la artista agradeció y valoró la “valentía” de los actuales gestores del Gran Teatre del Liceu por haber apostado por esta obra que combina danza, performance duracional, música, objetos en el escenario, animación, proyecciones, instrumento y electrónica, una “locura que da pie a una nueva forma de arte”, en sus propias palabras.
Hasta el próximo viernes 30 de enero, se ofrecerán funciones de esta obra que es imposible que deje indiferente a ninguna de las personas que acudan a verla.
Fuente: EFE.
[Fotos: EFE/ Toni Albir]
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