
Una serie de relatos, esbozos, de pequeñas reflexiones comenzaron a cobrar forma cuando leí que Shirley Jackson encabezaba su novela The Haunting of Hill de este modo: “Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta”. Entiendo que la serie de dispositivos, pactos sociales e instituciones que hacen a nuestra vida cotidiana constituyen un andamiaje cuya fragilidad fingimos no notar. Bajo el tablado del teatro de nuestro mundo subyace un estado de animalidad pura a la que podemos caer por accidente, porque el destino nos hizo saber de su capricho o porque sencillamente algunos deben caer en él para que el sistema subsista y se multiplique (detrás de todo acto de civilización –difícil no acordar con Walter Benjamin– hay uno de barbarie que asoma).
Sin embargo, entiendo que la experiencia del desamparo total, es decir, la que no cuenta con el cobijo de ninguna religión, afecto o metafísica, puede presentarse tanto como el regreso a una instancia de cristalina animalidad –la lucha por sobrevivir a toda costa– o, por qué no, como esa sensación de extrañamiento, de la gozosa unidad que el arte, el amor, el juego suelen proveer. ¿Cuánto tiempo se pueden habitar esos estados? ¿En qué punto desoímos las alarmas de nuestra psique y comenzamos a ser ciudadanos de un presente que no conoce o ignora sus consecuencias?
PUBLICIDAD
Creo que lo que quiero decir lo ilustra muy bien el sistema de constelaciones que labraron los griegos hace más de tres mil años. Una vez que se oculta el sol, esto es, la razón y la mesura que Apolo personifica, las estrellas inscriben en el cielo una serie de historias desaforadas –convengamos que dioses, héroes y titanes se comportan como verdaderos niños enloquecidos ante la menor contrariedad– cuyo fin no es otro que el de ayudar a reconocer las figuras que han de guiar a los viajeros a la calidez del hogar.

Entiendo que el asunto se pone interesante para la literatura cuando los que han de regresar quedan atrapados en su presente y terminan junto a otros conformando, si sabemos mirar bien, una constelación que acaso enseñe a los pequeños barcos que no es gratis remontar ciertos ríos.
PUBLICIDAD
¿Hay alguien que de veras regrese de una guerra, de ciertos tormentos? ¿No queda uno atrapado en una constelación demencial? Qué pléyades puede conformar un coronel Kurtz en Vietnam con el magnate peruano Fitzcarrald, o aquellos que sobreviven a un bombardeo o a un campo de concentración con el padre de una desaparecida o, incluso, con los que, desde el lado oscuro de la luna, pueden alumbrar extraordinarias teorías como con el arte hizo Aby Warburg.
Hemos construido un sistema que para funcionar requiere que sus ciudadanos consuman cada vez más ansiolíticos o cualquier otra droga legal que los acostumbre a vivir en una jungla de espesa arboleda y cielos incomprensibles. Pero en un momento, y ante vaya a saberse qué insistencias interiores –las razones suelen no ser muy claras–, hay quienes se arrojan decididos a esa realidad sin orden geométrico. Quienes nos quedamos en las ramas del árbol encontramos una incómoda fascinación en las audacias de ciertas estrellas errantes (Werner Herzog caminando de Munich a París bajo una lluvia que no cesa, solo para que una admirada crítica se reponga de una enfermedad; Lope de Aguirre buscando una ciudad de oro en el Amazonas; Ned Merryl, el protagonista de El nadador, braceando por las piletas del barrio para volver a su casa, por ejemplo). Mientras intentamos armar el rompecabezas que alumbra esa clase de atrevimientos, quienes han dado el salto solo se detienen en las piezas sin demorarse un segundo en encastrarlas.
PUBLICIDAD

Muy a menudo el tiempo se raja y nos deja sentir el latido de lo eterno: esos dos segundos entre el anuncio de la largada y el disparo en una carrera olímpica de cien metros: a partir de allí, cuatro años de trabajo se resuelven en diez segundos. O también, más doméstico, ese cuerpo sonriente que se congela tanto como se puede hasta que nos avisan que la foto ya fue sacada.
El envés de nuestro mundo se manifiesta cada tanto y sin porqué bajo la condición sorpresiva que es propia de los números primos. El orden de su aparición es una anomalía en el reino de lo previsible; a medida que las cifras crecen, se van espaciando, haciéndose más raros. Pero son infinitos. Y en nosotros: a medida que pasan los años, las epifanías van siendo más esporádicas porque son enemigas de las nostalgias y las frustraciones. Debemos recordar que es la fugacidad la que transforma la epifanía en experiencia; su persistencia encandilaría y, ya se sabe, no hay diferencias entre el blanco puro y el negro azabache. Después de todo, un niño, para quien todos los números son primos, no se diferencia mucho de un habitante del monte Olimpo.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Rosa Luxemburgo, filósofa polaca: “Hay que permanecer siempre como una roca en el mar, firme ante el asalto de las olas, no blanda ni quejumbrosa”
Entre las rejas de la Primera Guerra Mundial y el colapso de Europa, la gran teórica marxista escribió una carta íntima que se convirtió en un manifiesto ético. El valor de la resistencia frente al desánimo de la época

Tip de ortografía del día: campin, adaptación de camping
La Real Academia Española promulga normas para fomentar la unidad idiomática del mundo hispanohablante

Un Kafka que no esperábamos
‘Franz’, la nueva película de la polaca Agnieszka Holland, aborda la vida del escritor con gran audacia formal, de manera fragmentaria y lejos de la biografía convencional

Roberto Gargarella y una pregunta incómoda: ¿qué queda de la izquierda cuando se ponen a prueba sus ideales?
En “Izquierda y política”, un nuevo ebook gratuito de Infobae Ediciones, el jurista argentino revisa los valores de esa tradición y propone discutir democracia, desigualdad y poder. Aquí, un capítulo

Un hombre sin dolor, una sala llena de médicos y el relato que se transforma en una posible biografía
En ‘Podría comer piedras’, el escritor Andrés Barba toma un caso presentado en 1932 y convierte datos clínicos, marcas físicas y omisiones deliberadas en una conmovedora historia del sufrimiento


