
Cómo no pensar, en estos días de levantamiento en Irán, en Persépolis. Cómo no pensar en la novela gráfica de la niña de esa familia que creyó en la Revolución de los ayatollahs en 1979... y terminó perseguida, con ella, Marjane Satrapi, en el exilio. Cómo no volver sobre ese canto de coraje, decepción y adaptación. En su libro, Satrapi narra cómo la revolución que prometía emancipación y justicia culminó en una férrea islamización del país, sepultando el sueño de libertad bajo la imposición religiosa, la persecución y la pérdida de derechos fundamentales, especialmente para las mujeres.
La novela, que fue un best seller y le abrió a Satrapi un camino como autora, es autobiográfica. Marjane nació en Irán diez años antes de la revolución que terminó con el sha Reza Pahlevi. La escritora venia de la dinastía Qajar, que había gobernado Irán hasta que los Pahlevi los destronaron, con ayuda de Gran Bretaña.
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Su bisabuelo materno había sido Sha, es decir, la autora tenía sangre real en las venas pero sus padres tomaron otro camino: se hicieron comunistas, leyeron de marxismo, soñaron con un mundo mejor. Por eso cuando se venía la Revolución pensaron que era liberador y antiimperalista acabar con el Sha. Y apoyaron ese camino.

La venían pasando mal. Un tío de Marjane había estado preso y torturado y había tenido que exiliarse; se fue a Moscú. No creían que el camino hacia la libertad estaba dado por la religión pero sí que era un buen mientras tanto para unir al pueblo y tomar un rumbo propio.
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La ilusión duró poco: cuando la Revolución se impuso, se reveló religiosa. Mujeres: a taparse la cara, a cubrirse. Todos a apagar los tocadiscos, a esconder los libros, a cuidarse hasta de los vecinos, a despedirse (otra vez) del tío. Se gobierna con la ley divina.
¿Y la nena? Piensen que esto se mira con la cara de esa nena criada para tener derecho a todo y convencida de que su destino era ser profeta.
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De pronto tiene puesto un velo, de pronto su escuela -bilingüe- está cerrada por imperialista, de pronto no tiene varones compañeros, de pronto no hay universidad. No le gusta esta libertad recién conquistada, parece que no.
Es como viajar a un mundo extraño y ajeno pero sin salir de casa, lo que lo hace más siniestro. Como decía Sigmund Freud: lo siniestro es lo familiar que se vuelve extraño. Sos un marciano en tu tierra. O, peor, un enemigo.
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Hay que irse, pero Marjane y su familia no son de los que creen que Occidentes es el paraíso ni que no tienen nada que ver con lo que pasa en Irán. Pero las cosas se ponen espesas, Marjane no sabe callarse y, por su bien, en un, dos, tres la mandan a Austria. ¿La ven? Una chica de 14 años sola en un país extranjero. Una iraní en Austria. Una joven lectora, de pronto muda en un idioma incomprensible.
Y como todo puede ser peor, va a ser peor. La nena va a terminar en la calle, muerta de frío, enferma. Es hora de llamar a casa y papá dirá -por supuesto- que puede volver.
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Pero, ay, ¿se puede volver? O más: ¿Hay adonde volver? Si el lugar del que saliste ya es otro... ¿hay adonde volver?
Bueno, no, para Marjane no. En Teherán siente que está en un cementerio. Se va a tener que ir otra vez, con el desgarro profundo que son los exilios, el corazón partido, la familia hecha una carta, una voz en el teléfono, una cara plana en una pantalla.
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Satrapi vive en Francia, escribe, su novela gráfica Persépolis la hizo respetada y famosa. Hace un año su país de adopción quiso darle un premio grande, la Legión de Honor. Ella dijo que no, gracias.

“No puedo ignorar lo que considero una actitud hipócrita hacia Irán, que forjó la otra parte de mi identidad”, explicó. “No puedo seguir viendo cómo los hijos de los oligarcas iraníes vienen a pasar sus vacaciones a Francia, incluso se nacionalizan, mientras que al mismo tiempo los jóvenes disidentes tienen dificultades para obtener un visado de turista para venir a ver cómo es el país de la Ilustración y los derechos humanos”.
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Son buenos días para volver a leer Persépolis. Un acercamiento a la complejidad del presente.
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