Roberto “Fats” Fernández (el apodo con que toda la escena jazzera argentina lo conocía venía obviamente por su aspecto físico) era un hombre bueno, amable, humilde. Orgulloso vecino de La Boca, nacido y criado, vivió durante décadas en un departamento del edificio de la calle Lamadrid, en la esquina con Almirante Brown casi llegando a la Vuelta de Rocha. Lo conocían todos en el barrio.
Todo esto dicho antes que mencionar que fue un magnífico intérprete de la trompeta, una figura sobresaliente del jazz argentino por más de medio siglo. Un músico intuitivo y sensible, amigo de sus amigos, colega siempre bienintencionado, que tocó con Gato Barbieri, Ray Charles, Dizzy Gillespie, Chick Corea, Paquito de Rivera, Arturo Sandoval, Brandford y Winton Marsalis. Uf. Impresiona la lista. Y podría continuar con más nombres y apellidos ilustre: Lionel Hampton, Michael Urbaniak, Randy Brecker, Larry Coryell y muchos más.
Astor Piazzolla lo llamó “El Troilo de la trompeta”. No le faltaba razón: tocaba con barrio y sentimiento, como el otro gordo del bandoneón. “Hay elementos que se van incorporando a lo largo de la vida, es algo inevitable. En un momento, tocaba en los clubes y en los bailes alternábamos con Pichuco, con D’Arienzo, con Angel D’Agostino, con Osvaldo Fresedo... Era la época de típica y jazz. Todo eso va quedando, de alguna manera, como una sensibilidad, una manera de frasear, de sentir el sonido. Yo soy un músico de esta ciudad, toco tango desde chico y el tango forma parte de mi vida", me dijo a fines de los años 90 en la puerta de su casa.

En todos estos años, cimentó una silenciosa leyenda a partir de un particular sonido y una manera de frasear impregnada de esa herencia barrial y tanguera. La admiración internacional también lo identificó: Dizzy Gillespie, nada menos, lo bautizó “Golden sound”, mientras que Freddie Hubbard le llamó “Mr. Chops”.
Mencioné la palabra intuitivo, porque su aprendizaje y método se alejaron de la rigurosidad académica. Su primera grabación fue para un disco de pasta de 78 rpm, donde cualquier error implicaba arruinar la toma, lo que exigía un oído y unos labios siempre listos. Por eso consideraba que la música debía interpretarse con el corazón, no limitándose a la perfección técnica. “Si la música no se toca con el corazón no es música, son notas. Yo toco con el corazón”, aseguraba.
Una anécdota que me contó esa misma tarde de fines de los 90 en La Boca, lo pinta de cuerpo entero. El tipo tenía un don (de persona y de músico), pero lo vivía con naturalidad y una entrañanable ingenuidad. ”Yo estaba tocando en Jamaica, un boliche muy importante de la década del 60. Un día me llama el Gato Barbieri a su mesa y me propone integrar su quinteto. Yo le digo ‘pero cómo, si tu hermano Rubén toca la trompeta fenómeno’. Y él me dijo que me quería a mí porque yo tenía mucho feeling. Me acuerdo que le pregunté a Baby (López Fürst): ‘Che, el ñato este dice que yo tengo mucho feeling, ¿qué es eso?’. Y ahí me enteré de que feeling quiere decir sentimiento.”
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