
El cineasta húngaro Béla Tarr, muerto a sus 70 años, se convirtió en uno de los nombres esenciales del cine contemporáneo debido a una filmografía que conjuga melancolía visual, narrativas hipnóticas y una radical exploración de la condición humana. Tras haber desarrollado un estilo inconfundible en sus obras más reconocidas, Tarr se despidió del cine con The Turin Horse, una película austera y minimalista que muchos críticos ven como la culminación de su trayectoria y el cierre de una de las carreras más influyentes de Europa Oriental.
A lo largo de su obra, Béla Tarr ha sido objeto de debates encendidos en la crítica internacional. El crítico estadounidense Jonathan Rosenbaum describió su estilo como el de un “Tarkovsky desespiritualizado”, una comparación que revela tanto la ambición estética de Tarr como su negativa a entregar al público formas convencionales de consuelo. Mientras otros cineastas europeos como Bresson, Godard o Rainer Werner Fassbinder incorporan cierto amparo estético para sus personajes o sus espectadores, las películas de Tarr, en cambio, rechazan cualquier idea redentora propia del cine romántico de Hollywood y prescinden de ornamentos, ritmo acelerado o referencias de vida moderna. Sus historias no consuelan, pero tampoco caen en el distanciamiento artificial: se sienten tan inhóspitas como genuinas.
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El universo cinematográfico de Tarr se define por su uso magistral de la blancura y oscuridad del blanco y negro, movimientos de cámara prolongados y elaboradas coreografías que registran hasta el último detalle del espacio y del tiempo que habitan sus personajes. Obras como Damnation (1987) consolidaron por primera vez ese lenguaje visual radical, al que dio un impulso monumental su opus Sátántangó (1994), una película de siete horas y media basada en la novela del premio Nobel László Krasznahorkai que expandió los límites del cine húngaro y mundial.
En la etapa madura de su cine, Béla Tarr mantuvo la fidelidad a ciertas raíces documentales propias de la llamada Escuela de Budapest, aunque su obra adquirió dimensiones fantásticas e incluso ecos de ciencia ficción. Esa combinación de artificio y registro minucioso confiere a sus películas una tensión constante entre lo real y lo imaginario. Un elemento clave es la movilidad de su cámara, que sigue sin flaquear el recorrido de personajes, desde los borrachos girando en un bar sórdido en Werkmeister Harmonies hasta la rutina diaria de campesinos en The Turin Horse.
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El impacto de Tarr reside tanto en la forma como en la atmósfera que envuelve a sus relatos. La repetición calculada de escenas y gestos, animada por las bandas sonoras del compositor Mihály Vig, induce un estado de suspensión y expectativa, situado siempre al borde del estallido. Esa ambigüedad interpretativa ha llevado a observar en sus películas alegorías sobre el desplome de la civilización occidental y la reacción furiosa de una naturaleza devastada. Al mismo tiempo, las figuras humanas —hombres y mujeres empeñados en resistir tempestades eternas— transmiten una suerte de heroísmo mínimo, marcado por la obstinación y los deseos que persisten aun frente a la adversidad.
Lejos de ajustarse a esquemas tradicionales, la filmografía de Béla Tarr sobresale por lo que algunos califican como virtuosismo y otros tildan de tedio. Sus imágenes, en apariencia opacas o abrumadas por la rutina, se elevan gracias a una sensibilidad asombrosa a la hora de registrar lo banal. El director se niega a situar la vida, la política y la naturaleza como ámbitos separados, proponiendo una mirada desproporcionada: en las minucias palpitan los resortes del poder, la supervivencia o la caída en la desesperación más absoluta. El resultado puede entenderse como una disolución de las oposiciones habituales del arte cinematográfico, al igual que un desafío a los cánones de gusto o clasificación.
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De esta manera, sus películas funcionan como laboratorios formales cuyos contrastes agudos y escalas móviles pueden llevar, indistintamente, a la locura o a la revelación. El mismo Béla Tarr lo resumió desde una postura provocadora hacia el séptimo arte convencional, que, según él, es “una mierda”. Aun así, rehuía la pose nihilista y defendía una autenticidad radical: su cine plasma una honestidad visual descarnada, pero también una ambición artística que convierte cada historia en una auténtica ópera existencial.
En las películas de Tarr lo pequeño cobra una dimensión inesperada: escenas filmadas con insólita belleza muestran que lo cotidiano se abre a múltiples significados, incluida la aceptación feroz de la crueldad o el aburrimiento de la existencia. En este sentido, Tarr rehuyó tanto el sentimentalismo como el mero registro objetivo, construyendo sobre la paradoja y la ambigüedad. Su obra, dedicada a explorar los efectos de enormes fuerzas históricas o incluso meteorológicas sobre comunidades reducidas, desplegó con igual potencia la desesperanza y el deseo de resistir al olvido.
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[Fotos: Harvard Film Institute]
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