
Aunque el vampiro goza de una presencia universal en el imaginario moderno, el fenómeno de los “muertos inquietos” trasciende tanto a Europa como a las épocas recientes, según la investigación del historiador y arqueólogo John Blair en Killing the Dead: Vampire Epidemics from Mesopotamia to the New World (Matar a los muertos: epidemias de vampiros desde Mesopotamia hasta el Nuevo Mundo)
Si bien en la cultura popular la figura del vampiro se asocia con el mito nacido en los siglos XVIII y XIX, Blair demuestra que la creencia en cadáveres que regresan para perturbar a los vivos aflora en numerosas culturas y atraviesa diferentes periodos históricos, generando pánicos colectivos y rituales de exhumación que, lejos de ser vestigios del pasado, aún sobreviven en ciertos rincones rurales de Europa Oriental.
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A mediados del siglo XVIII, estos episodios alcanzaron su clímax en regiones como Moravia, donde se documentó la mayor oleada de “pánico de asesinatos de cadáveres” registrada en la historia, con centenares de cuerpos profanados y destruidos.

Blair atribuye el resurgir de estos rituales a una “sensación de asuntos inconclusos” tras las décadas de juicios de brujería previos. Incluso en el siglo XXI han persistido prácticas similares: en 2019, un sacerdote serbio fue suspendido por su obispo tras participar en la exhumación y empalamiento de una mujer, un hecho revelador de la persistencia de estas creencias, según subraya Blair.
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La aparición de la palabra “vampire” en inglés se remonta a relatos de una ola de terror desatada en Serbia a inicios del siglo XVIII. El caso emblemático ocurrió en 1725, cuando el campesino Peter Blagojević, tras su muerte, habría abandonado su tumba para visitar a su esposa, reclamar sus zapatos y luego asesinar a nueve personas durante la noche.
Al desenterrar su cadáver, los lugareños hallaron sangre fresca en su boca, por lo que lo atravesaron con una estaca y lo incineraron. Veinte años después, el clérigo John Swinton publicaría en un folleto el testimonio de la creencia local: “Estos vampiros son supuestos cuerpos de personas fallecidas, animados por espíritus malignos, que salen de la tumba por la noche, succionan la sangre de los vivos y así los destruyen”.
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Las variantes de estos seres son múltiples y trascienden la taxonomía moderna de “zombis” y “vampiros”, conceptos recientes frente a la antiquísima idea de los “cadáveres peligrosos” o “muertos caminantes”.
Blair documenta, a partir de hallazgos arqueológicos, que en lugares y épocas sin fuentes escritas surgen pruebas materiales de estas prácticas: en la Polonia del siglo XVI, una mujer fue enterrada con una hoz posicionada en la garganta y un candado en el dedo gordo del pie izquierdo, con la intención evidente de mantenerla confinada en su sepultura.
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Las formas de aparición de estos muertos inquietos resultan tan variadas como sus apodos: “devora-mortajas”, “chupadores”, “hinchados”, “estranguladores nocturnos” o incluso “pesadillas”, en su acepción original de demonio opresor durante el sueño. En Bretaña, en el siglo XV, se narra el caso de un panadero fallecido que seguía levantándose de noche para amasar pan con su familia, y también para arrojar piedras a los vecinos.
En Nueva Inglaterra, en el siglo XIX, víctimas de tuberculosis fueron sospechosas de devorar la vida de sus parientes desde la tumba, lo que llevó a las comunidades a desenterrar y quemar sus cuerpos.
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Blair defiende que la destrucción ritual de estos cadáveres resulta, en términos sociales, “terapéutica”. Afirma: “Como otros rituales extremos, es angustioso en el momento, pero después deja a la gente tranquila”. Sostiene que dichas oleadas surgen cuando un conjunto de “tensiones y ansiedades” activa los antiguos temores latentes sobre los difuntos. Así, durante las epidemias de peste negra en la Inglaterra medieval, se registraron brotes de pánico ante supuestos vampiros; en Sajonia, la supresión del purgatorio por la Reforma luterana dejó a los deudos buscando “nuevas respuestas” sobre el destino de los muertos.
El estudio de Blair desacredita la imagen popular que Bram Stoker consolidó con Drácula. El investigador considera que el personaje literario es “muy distinto de los cadáveres peligrosos en los que la gente realmente ha creído”, y califica la novela de Stoker como “engañosa”, aunque reconoce que al escritor irlandés le pertenece el mérito de haber creado la palabra “no-muerto”.
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