
En un pueblo donde todos conocen a todos, pero nadie confía en nadie, vive Elba, una señora viuda, fanática de la música de Bach. Hace demasiado que no cae ni una sola gota y la falta de agua acecha con la fuerza de una maldición. Los pájaros mueren en pleno vuelo y las moscas se apoderan de sus cadáveres. Todo es un poco lúgubre y harapiento y la desesperación aprovecha para instalarse entre los habitantes y hace de las suyas. Todo parece conspirar contra la razón. Entonces la locura le da la bienvenida a soluciones mágicas o disparatadas con la esperanza de que se produzca un milagro. El llovedor (publicado por editorial también el caracol en 2023), del autor Marcelo Rubio, es una historia fantástica donde las muchas tramas se entrecruzan y la mezcla de géneros es explosiva.
Así, el terror y el realismo mágico caminan por la cornisa con elegancia y le dan al relato la fuerza necesaria para no desviar el camino. “Un olor a tierra mojada llegó desde el vientre de la tormenta. Luego azotó el paisaje un trueno afónico o desganado, casi de compromiso. Quizá un preaviso de la desilusión. Las nubes intentaron formar un laberinto algo paupérrimo. El sol comenzó a filtrarse. Ni una gota. La tormenta se alejó entre ocres oxidados, sin apuro, tal vez con la vergüenza de lo incompleto. (…) Cada semana, frente a su casa, aparecían dos o tres pájaros muertos. Ella los juntaba para enterrarlos junto al maizal. (…) Los campos sembrados por Arnaldo, antes de su muerte, agonizaban igual que todos los del poblado. Esa poca agua sucia no le hubiese alcanzado ni como esperanza. De seguir así, no habría cosecha. Las deudas se acumulaban, ya nadie podía pedir fiado”.
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Así las cosas, en este pueblo de mala muerte, árido y resquebrajado hasta lo más profundo de su existencia. Y aunque lo que más querían todos es que por fin llegara un buen aguacero “no siempre lo deseado es salvación, a veces también es condena”. Como sea, y luego de mucho “no pensar” el pueblo decidió que era hora de hacer algo para terminar con la sequía. Pero: ¿qué se podía hacer? Una mañana, Elba ve llegar a caballo, acompañado de una enorme nube de polvo, a uno de sus vecinos. El jinete le traía a la viuda una noticia, como una salvación. Le dijo que pensaban contratar a un llovedor, que venía de las tierras del sur, y que tenía buenas referencias. Que había hecho llover en lugares imposibles, según decían por ahí. Y que el señor este cobraba un motón de plata y que para juntarla tenían que hacer una reunión con todos los lugareños para conseguir la aprobación, el dinero y así, poder contratarlo. En fin. Suena, al menos, desopilante, ¿no? Sigo. La gente decía que la situación no podía seguir así y que ya nadie creía que Dios se ocuparía de ayudarlos. “Una suerte de maldición se había apoderado de este pueblo. Quizás ante tantos reclamos, Dios no alcanzaba a cumplir con todos. (…) Acá un Dios había escondido la lluvia en algún lado, o simplemente olvidó donde la había guardado. Debían enviar a un hombre a buscarla y traerla”.

El llovedor
Finalmente, los pobladores acuerdan buscar a este misterioso señor que hace llover, a un tipo que nadie puede asegurar que sea honesto y diga la verdad. Y aun así, se juntan todos y acuerdan con él. “Era un hombre flaco, de piel transparente. Tenía un cigarrillo apagado que movía entre los labios mientras hablaba, Se presentó con nombre y apellido. El hombre contó y dio referencias de su trabajo y dijo que una vez contratado solo necesitaba 36 horas para hacer llover. Hubo exclamaciones de sorpresa. (…) El hombre de la lluvia se mantuvo tozudo con el precio del trabajo, no estaba en su mente rebajar ni un centavo. El dinero todo junto antes de comenzar”. ¿Y qué garantía tenían los ilusos presentes que lo habían convocado? Ninguna. Pero ante la duda el llovedor les dijo que hacía veinticinco años que hacía ese trabajo y que era hijo y nieto de llovedores. Aseguró que su familia dominaba la lluvia. Que su bisabuelo había sido un cacique aimacha, que se había casado con una mujer blanca y de ahí había nacido su padre, Nemuseno, quien le había enseñado los secretos de la lluvia. Todo incomprobable. Es decir, hasta acá, una locura. ¿A quién, en su sano juicio, se le ocurre pagarle a alguien para que haga llover? A nadie. Pero es aquí donde radica el encanto de Rubio. Nos lleva como quiere y de la nariz por un recorrido desopilante y misterioso a la vez, que por momentos se parece mucho a un thriller, aunque es puro pensamiento mágico. Hermoso es poco.
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Lo cierto es que tenemos un pueblo desahuciado, capaz de cualquier cosa con tal de salvar lo poco que les queda, tierra fértil para la locura y para que cualquier vivo se aproveche de la situación. Pero esto es solo una pequeña parte de la trama que, en un momento, da un giro inesperado, pero absolutamente inesperado. Tanto, que si llueve o no llueve da lo mismo y la tensión dobla en una dirección que nos golpea. Es Elba, la mujer viuda de la historia, la que ama la música de Bach, la que toca el piano, en medio de un entorno agreste, salvaje y desalmado, quien protagoniza un episodio, una situación que le llega de repente y - bien o mal- decide solucionar por su cuenta. Y ya nada es igual.

Conclusión: nadie nunca hace las cosas para que salgan mal, pero salen. Puede ser un hecho fortuito, algo que se mueve de lugar, una situación que se escapa de las manos, cualquier cosa es posible y puede llevarnos a pensar que la vida es una sucesión de errores no forzados. Una danza macabra. Y entonces, la fatalidad y el horror.Y no, no es posible escaparle al destino. Ni, aunque seas el llovedor. “Hay tristezas que necesitan una vida para olvidarse, y a otras no les alcanza ni con la eternidad de la muerte”.
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Quién es Marcelo Rubio
Marcelo Rubio es periodista y autor de los libros de cuentos Fútbol sin tiempo, Nueve relatos atravesados en la garganta, La Strada, y Bajo el signo de Eva. También publicó varias novelas: Lo que trae la niebla, El cristo roto, y La leyenda del santo volador.
Conduce el programa de radio Kriminal Mambo por AM 530.
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