
Par poder escribir sobre su madre, Santiago Loza unió como un rompecabezas todos sus partes: narrador, poeta, dramaturgo, hijo. Desde la infancia hasta la muerte el autor indagó en el recuerdo y compuso esta pieza: Archivo Madre. Publicó el sello Vinilo con las ilustraciones de Júlia Barata. “Soy un hombre que se vuelve viejo mencionando a una Madre que no se hizo anciana. Digo Madre y se parte la tierra”, escribe Loza en este trabajo que podría definirse de muchas maneras: fotos narradas, instantáneas, pinceladas.
En la contratapa de este libro de 88 páginas, Adriana Riva dice que Loza, “tras la muerte de Madre” (“así, en mayúscula y sin nombre propio, porque al centro del mundo no se lo puede nombrar”), es como un “hijo que envejece escribe un santuario”. ”El texto cae de a gotas, con silencios y atascos y días llenos de café, bajo la amenaza constante del abandono. Pero en lugar de dejarnos a la intemperie, Santiago Loza nos regala acá la calma de ese huracán innombrable, que cada uno narra como puede”, agrega.
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Loza es escritor y cineasta. Ha escrito una veintena de obras teatrales y entre sus libros están Un espíritu modesto, Nadadores lentos, Diario inconsciente y Pequeña novela de Oriente. La narración está acompañada de las ilustraciones en negro y azul de Júlia Barata, arquitecta y dibujante portuguesa que reside en Buenos Aires. Ella es autora de las novelas gráficas Familia y Gravidez. Ilustra, hace animaciones en Cinegraf, es docente y madre. A continuación un fragmento:
1.
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L me cuenta que se encontró con mi Padre en un sueño, le dijo que me avisara que estaba bien. Lo vio contento.
Mi Padre apareció varias veces en sueños propios y ajenos, mi Madre no.
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¿Madre, seguís enojada?
Digo Madre y se levantan los huracanes.
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Le cuento a L que voy a escribir sobre mi Madre, que nunca lo hice, no pude, no quise. Ella se ríe; nunca escribí sobre otra cosa.
Acá voy, como si hiciera falta, como si hubiera algo que agregar.
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Este es mi archivo redundante.
Poco que agregar a todo lo que se ha escrito sobre madres.
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Si digo Madre tres veces, como Candyman..., ¿vas a aparecer acechante desde la dimensión de los no vivos?
Soy un hombre que se vuelve viejo mencionando a una Madre que no se hizo anciana.
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Digo Madre y se parte la tierra.
Tenías los ojos claros, casi transparentes, no recuerdo si celestes o verdes y una mirada punzante. No recuerdo el color de los ojos, pero sí la mirada. No se olvida nunca la mirada de la Madre.
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Digo Madre y aparecen nuevas pestes.
Pensé que tendría mucho para escribir y me quedo en blanco.
Me pasaba así, me quedaba azorado, perplejo, enmudecido, aturdido, vulnerado; ahora que te escribo aparece la crisis del escribir sin un para qué.
Escribo sobre un hueco. Ahora mismo me quedo en silencio, caigo entre una palabra y otra.
Quisiera escribir con humor, pero creo que no me va a salir.
Me hubiera gustado hacerte reír.
Digo Madre por cuarta vez y el mundo sigue ahí.
2.
Madre, te pido prestada la segunda persona del singular por un rato.
Caminaste perdido buscando su casa.
Todo estaba igual y al mismo tiempo lo que mirabas te resultaba extraño.
Adentro había un silencio.
No llorás en los velorios.
Te abrazan, rezan al lado tuyo, te ofrecen café y sanguchitos.
Todas las miradas te acusan, esperaron al segundo entierro para confirmarlo. En el entierro de tu Madre murmuran: no lloró, se mantuvo seco.
Ahí está como una piedra el que no sabe sentir.
De no morir nunca los padres se mueren de repente. Un año de diferencia. Casi la misma fecha. Tal vez era invierno.
Después podés volver a este punto, ahora te vas.
Eso también repiten, siempre se está yendo. Nunca se queda, no sabe duelar, no habla con los parientes, no sostiene una charla.
Tomás un avión y cruzás los mares.
Ni bien llegás se te va la voz, te quedás más que afónico, mudo.
Te pasean por callecitas incomprensibles.
No podés dar ni las gracias que sobreviene fiebre y un calor sofocante.
El departamento de alquiler para turistas sin ventilador, la heladera rota, cada hora da un pitido, entre el ardor y esa alarma es imposible conciliar el sueño.
Todos te acusan, la heladera también te acusa.
Ahí está ese que no llora, el prófugo, el que no quiso saber de hospitales y cementerios.
Suena la heladera, habría que caminar descalzo y arrancar el cable, electrocutarse, quedar frito, no dormir más.
Como escapado de un susto.
Me quedo en blanco.
No habrá Madre preguntando qué comí en el viaje.
Si hacía calor o frío. Si estaba todo muy caro.
Queda el desorden, la heladera desenchufada.
Sobrevuelan algunas moscas.
Valencia es la ciudad, hasta recién no me acordaba.
La voz regresa de a poco, también se va la fiebre.
Digo: hace diez días murió mi Madre
y es una fecha que ya nunca logro retener.
Final de viaje, aduana, migraciones, hijo de tal y cual.
Huella dactilar.
Me saco los anteojos para la foto.
Bienvenido a casa.
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