
Dos miradas norteamericanas, la de Philip Guston y la de Raymond Pettibon, protagonizan las nuevas exposiciones del Museo Picasso de París, hogar de la mayor colección pública de obras del artista español, para mostrar la influencia clave que el maestro malagueño tuvo al otro lado del Atlántico.
“No comprenderíamos hoy la importancia de Picasso en la concepción del modernismo y del arte moderno si no pasamos por los Estados Unidos”, señaló este viernes Cécile Debray, la presidenta del museo público que vela por el legado del autor del ‘Guernica’ (1937) en la capital francesa.
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Fue gracias a su acogida allí, con hitos como la entrada de ‘Las señoritas de Avignon’ (1907) en la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), cuando Picasso verdaderamente quedó inscrito en la historia del arte, según argumentó Debray al presentar las nuevas muestras de su museo a la prensa, aunque ambas no abrirán al público hasta el próximo martes.
Por eso, la pinacoteca parisina se ha esforzado en los últimos tiempos, como uno de los ejes de su programación, por abordar el impacto que el pintor español tuvo en grandes referentes de la pintura norteamericana, como recientemente hizo con Jackson Pollock y ahora con Guston y Pettibon.
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La de Guston, nacido en Montreal (Canadá) en 1913 y devenido uno de los grandes nombres de la Escuela de Nueva York, es una suerte de mini-retrospectiva subtitulada ‘La ironía de la historia’.
Curada por Didier Ottinger y Joanne Snrech, la muestra recorre desde sus obras de juventud a los últimos años de su carrera, y se articula en torno al espíritu irónico que marcó su obra y su biografía, como demuestra el autorretrato ‘Sleeping’ (1977), en el que se caricaturizó como una persona sintecho.
Repasa el talento de Guston por la caricatura y la viñeta, que marcó su formación inicial, así como sus primeros encuentros con el Picasso de estilo neoclásico, que influenciaron sus obras tempranas.
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La muestra entra también en profundidad en sus preocupaciones sociopolíticas y en su amistad con el escritor Philip Roth, factores que el museo ilustra, entre otras creaciones, con una serie de una setentena de caricaturas grotescas y humorísticas del presidente Richard Nixon, denominada ‘Poor Richard’.
Obras como ‘The Studio’ (1969) -en la que él se representa a sí mismo como artista ante su propio lienzo, pero tapado por una sábana al estilo del Ku Klux Klan, un grupo de odio racista del que era un firme enemigo- demuestran por qué, con su estilo próximo al cómic y su acidez, fue considerado uno de los mejores pintores figurativos de su época.
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Y eso sin, por supuesto, olvidar que, a finales de los años 40, con su reunión en Nueva York con figuras como Jackson Pollock, Mark Rothko o Willem De Kooning, se convirtió en uno de los pilares de la denominada Escuela de Nueva York y de su expresionismo abstracto.
Sus años finales hasta su muerte en Woodstock (EE.UU.), en 1980 y aquejado de graves problemas cardíacos que le impedían ya trabajar en obras de gran formato, cierran esta muestra impregnada del sentido de tragicomedia que atravesó la vida de Guston.
Fueron los artistas jóvenes de entonces, mucho antes que los museos, los que pusieron en valor su obra y lo consideraron como una “especie de padre”, según destacó el comisario Didier Ottinger.
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Ese es precisamente el factor que conecta esta mini-retrospectiva con la segunda propuesta otoñal del Museo Picasso de París, centrada en el estadounidense Raymond Pettibon (Tucson, 1957) y comisariada por Sébastien Delot.
Autodidacta y emergido del mundo ‘underground’, Pettibon irrumpió a finales de los setenta en la escena punk-rock californiana con sus portadas de discos y la pinacoteca parisina releva su trayectoria a través de una sesentena de dibujos y de una decena de fanzines que ilustran su estilo también irónico y dispuesto a molestar.
Fuente: EFE
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