Cada nueva película de Paul Thomas Anderson despierta natural atención, interés y expectativa. Se trata de un director con sentido de la épica cinematográfica como pocos -Christopher Nolan es la otra referencia inmediata- y que, en un tiempo donde el concepto “cine” está siendo dramáticamente reconfigurado streaming mediante, asume el desafío de sumergir al espectador en el mundo que propone. No es poco. Con Una batalla tras otra, estreno de esta semana, lo consigue una vez más, no sin impacto e incluso estupor por lo que se ve en pantalla. Una alocada historia anclada en un tiempo indeterminado -nunca hay menciones concretas- pero inevitablemente relacionada con el presente de Estados Unidos. Como pasó hace un tiempo con Eddington afloran aquí los síntomas sociales que conducen al diagnóstico de un tiempo loco, loco, en un país idem. Un thriller de acción radicalizado y paranoico que enrosca en una trama donde circulan, a toda velocidad y sin ningún pudor, psicología, drogas, armas, xenofobia y agitación política.
Para esto, el director de Magnolia y Petróleo sangriento vuelve sobre Thomas Pynchon -ya había sucedido con Vicio propio, no precisamente el punto más alto de filmografía- y propone su punto de partida en la novela Vineland para transformarla de manera radical. Anderson ha optado por una adaptación “libre” de la obra y plasma una película desbordante, a veces recargada de tensión y aún así, capaz de desviarse en ciertos gags propios de una comedia surrealista, en la que todos parecen estar rematadamente locos.

El relato toma distancia de los parámetros convencionales de cualquier género aunque oscila entre la sátira y el drama alrededor de las ideas de Pynchon sobre contracultura y revolución. Los personajes citan como un mantra los versos del poeta afroamericano Gil Scott Heron y su célebre canción-manifiesto “La revolución no será televisada”: No podrás quedarte en casa, hermano / No podrás conectarte, encender y evadirte / No podrás perderte en la heroína y salir por cerveza durante los comerciales/ Porque la revolución no será televisada.
Si no será televisada, habrá que hacerla piensan algunos de los desesperados personajes de Una batalla tras otra.
Uno de los ejes temáticos más relevantes se despliega en la disfunción padre-hija, que Anderson enlaza hábilmente con la crisis contemporánea de la separación de niños migrantes en la frontera con México y las redadas de ICE -el ahora temido y empoderado Servicio de Control de Inmigración y Aduanas. En ese contexto, la historia surge de una pareja militante (Leonardo Di Caprio, obviamente la estrella de la película, y la avasallante Teyana Taylor), integrantes de un grupo de agitación contra las deportaciones masivas. Como tercer vértice del triángulo aparece un inefable coronel del ejército -Sean Penn como una caricatura plena de arrugas y marcas de los excesos en su rostro-. Detrás de la historia compartida por los tres, la acción avanza 16 años hasta encontrar al padre (Di Caprio) y la hija, ya adolescente, envueltos en una alocada trama que vincula las ínfulas supremacistas del militar, las redadas de inmigrantes ilegales y la paranoia 24/7 del personaje de Di Caprio, vestido casi como una reinvención de The Dude, el protagonista de Big Lebowski (los hermana la haraganería y la mente nublada por la marihuana).
Mención aparte para Benicio del Toro, un actor que parece hecho para este tipo de películas. Su personaje, un profesor mexicano de artes marciales que siempre tiene una cerveza a mano para tomar, es todo un hallazgo.

El núcleo argumental se fusiona con una comedia sombría, donde la violencia aparece como única salida, un aspecto que el propio Anderson aprovecha filtrar tipos de verdades tan deprimentes que no despiertan precisamente sonrisas. En este marco se despliega una de las subtramas más inquietantes: la aparición de un ficticio “Club de Aventureros de Navidad”, una organización supremacista blanca que ya no es solo caricaturesca, sino una sombra cada vez menos oculta sobre el presente.
La construcción formal de la película se presenta como una amalgama que trasciende géneros y en donde convergen drama, comedia, thriller, alegoría, sátira y tragedia sociopolítica, todo desplegado en una narrativa que entrelaza tensiones personales con el absurdo cotidiano. En semejante contexto, el humor se filtra creando momentos de respiro (la clave telefónica que no recuerda Di Caprio o Penn caminando como un diminuto Terminator casi al final de las dos horas y media de película) y, al mismo tiempo, de brutal ironía.

La articulación visual, a cargo del realizador junto al director de fotografía Michael Bauman, refuerza este efecto, mediante el uso de enormes primeros planos, que conectan con los actores al punto de lograr una intimidad que, justamente, emparenta con el concepto de “cine” del que hablamos al principio. Es decir: ya no se hacen películas como estas y solo unos pocos directores logran contar con semejante presupuesto para poder crear su arte, en este tiempo de series cuyos guiones se dedicen en una sesión de focus group. La banda de sonido compuesta por el músico de Radiohead, Jonny Greenwood -un habitual compañero de Anderson- sazona la carga dramática con una intensidad única.
El resultado final de toda esta ensalada audiovisual es una comedia-thriller paranoica, desbordante y por momentos graciosa, que incluso se permite la ternura en los minutos finales, para poner fin a tanto disparate. Hacía falta.
[Fotos: prensa Warner Bros. Pictures]
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