
El auge de las apuestas deportivas legales en Estados Unidos ha transformado radicalmente la relación de los ciudadanos con el juego, facilitando el acceso a un hábito que, para muchos, ha resultado devastador.
Jonathan D. Cohen en su libro Losing Big: America’s Reckless Bet on Sports Gambling (Perder a lo grande: la imprudente apuesta de Estados Unidos por las apuestas deportivas) asegura que nunca antes había sido tan fácil para los estadounidenses caer en la ruina por el juego, ni había existido un respaldo gubernamental tan amplio para fomentar esta práctica. La obra analiza cómo la legalización de las apuestas deportivas, impulsada por la decisión de la Corte Suprema en 2018, ha generado un impacto social y moral significativo.
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En 2018, el fallo del caso Murphy v. NCAA anuló la Ley de Protección de Deportes Profesionales y Amateur de 1992 (PASPA, por sus siglas en inglés), que prohibía las apuestas deportivas en la mayoría de los estados, con excepciones como Nevada y algunos estados con “loterías deportivas”.

Esta decisión otorgó a los estados la potestad de regular o prohibir las apuestas deportivas según lo consideraran adecuado. Sin embargo, como señala Cohen, la mayoría de los estados priorizaron los ingresos fiscales sobre las posibles consecuencias sociales y éticas de permitir apuestas deportivas a través de teléfonos inteligentes.
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El libro también destaca cómo las principales ligas deportivas, que anteriormente se oponían a las apuestas por temor a comprometer la integridad de los juegos, han adoptado esta nueva realidad con entusiasmo. En 2023, la NFL generó 132 millones de dólares en patrocinios relacionados con el juego, provenientes de plataformas como DraftKings y FanDuel. Este cambio de postura es evidente en las declaraciones del comisionado de la NFL, Roger Goodell, quien en 2012 consideraba al juego como la mayor amenaza para la integridad del fútbol profesional.
Sin embargo, en 2021, afirmó que la liga buscaría formas de “involucrar a los fanáticos” a través de las apuestas deportivas legales, utilizando el término “compromiso de los fanáticos” como un eufemismo para describir la interacción constante de los espectadores con sus dispositivos móviles mientras apuestan.
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Cohen también aborda las historias personales de quienes han sufrido las consecuencias de las apuestas compulsivas. Un caso destacado es el de “Andrew”, un joven abogado de Connecticut que perdió 330.000 dólares entre 2018 y 2022. A pesar de sus intentos por dejar el hábito, Andrew se vio atrapado en un ciclo de pequeñas ganancias seguidas de grandes pérdidas, lo que lo llevó a realizar apuestas cada vez más arriesgadas. La disponibilidad de plataformas en línea, que permiten apostar en eventos deportivos de todo el mundo a cualquier hora, agravó su situación. En sus momentos más oscuros, Andrew llegó a considerar el suicidio como una salida.
Aunque Cohen no aboga por prohibir las apuestas deportivas, sí critica duramente a las plataformas de apuestas en línea y sus supuestos esfuerzos por combatir la adicción al juego. Las empresas afirman limitar o bloquear las cuentas de usuarios que muestran comportamientos adictivos, pero Cohen presenta evidencia que contradice estas afirmaciones.
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Según el autor, los apostadores que exhiben comportamientos problemáticos, como realizar apuestas en horarios inusuales o cancelar retiros de dinero para seguir apostando, no son restringidos, sino que parecen ser ignorados por las plataformas.

El libro también explora la percepción pública sobre las apuestas deportivas y su promoción. Según Cohen, el 47% de los estadounidenses y el 60% de los fanáticos del deporte consideran que hay demasiados anuncios de apuestas, mientras que solo el 10% está en desacuerdo. Esta aversión podría estar relacionada con la sensación generalizada de que los anuncios, a menudo protagonizados por celebridades y presentados de manera humorística, ocultan las consecuencias negativas del juego.
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Cohen argumenta que tratar la adicción al juego como un problema de salud pública, con regulaciones estrictas y programas estatales, podría ser ineficaz debido a la capacidad de la industria para eludir restricciones.
Además, señala que muchos apostadores reconocen su responsabilidad personal en las pérdidas y adicciones que han experimentado, describiendo su lucha como un problema moral y espiritual más que clínico.
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