
El problema no es que sepamos lo que está bien y no lo hagamos. El problema es que ni siquiera pensamos lo suficiente en qué significa realmente “el bien”. Esta es la premisa central de Open Socrates: The Case for a Philosophical Life, el nuevo libro de la filósofa Agnes Callard, que rescata la figura de Sócrates no como un simple modelo de pensamiento crítico, sino como una guía radical para transformar nuestra manera de vivir.
Su propuesta desafía una creencia profundamente arraigada en la cultura contemporánea: la idea de que el crecimiento personal depende de la fuerza de voluntad o la autodisciplina. Callard, académica de la Universidad de Chicago, argumenta que la verdadera mejora no se basa en la acción inmediata, sino en el esfuerzo intelectual por comprender nuestras propias creencias y desmontar los automatismos que rigen nuestra existencia. “El arduo trabajo de luchar por ser una persona buena, virtuosa y ética es, ante todo, un trabajo intelectual”, escribe la autora.
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Lejos de ser un tratado académico, Open Socrates es un manifiesto contra la pasividad intelectual. Callard sostiene que la mayoría de las personas no toma decisiones basadas en una visión clara de la vida, sino que se deja arrastrar por lo que llama “comandos salvajes”: impulsos instintivos que nos empujan a buscar placer o evitar el dolor, y normas sociales que nos dictan cómo actuar para obtener reconocimiento o evitar la vergüenza. Estos comandos “pueden darnos una respuesta fuerte y clara sobre lo que deberíamos hacer, pero las respuestas no duran”.

En lugar de construir un criterio propio, nos conformamos con respuestas automáticas que, aunque parecen prácticas en el momento, a largo plazo nos conducen a la contradicción y la insatisfacción. Esta idea que trae la autora resuena especialmente en la sociedad actual, donde la cultura de la productividad, la hiperconectividad y el ruido informativo hacen cada vez más difícil detenerse a pensar.
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Callard reconoce que su defensa del “intelectualismo radical” no es fácil de vender en un mundo obsesionado con la inmediatez. Quizás por eso introduce este concepto avanzada la lectura, cuando el lector ya fue arrastrado por su entusiasmo y su pasión por la filosofía.
Para la autora, filosofar no es una actividad marginal ni una simple herramienta argumentativa, sino un modo de vida que nos hace más libres, más valientes y más capaces de aceptar la incertidumbre. En su visión, “vivir una vida verdaderamente filosófica” puede “hacer a la gente más libre e igualitaria, más romántica y más valiente”.
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Callard defiende la idea de que pensar de manera profunda mejora la calidad de nuestras decisiones y nos permite enfrentar la muerte con mayor claridad. “La filosofía es preparación para la muerte”, sostiene, retomando una de las ideas centrales del pensamiento socrático.
Claves de la filosofía para el amor

Uno de los aspectos más fascinantes de Open Socrates es la relación entre la filosofía y el amor. Callard sostiene que el pensamiento no es un ejercicio solitario, sino esencialmente dialógico: necesitamos a otros para desafiar nuestras creencias, ayudarnos a ver nuestros puntos ciegos y expandir nuestros horizontes intelectuales.
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En este sentido, traza un paralelismo entre la práctica filosófica y las relaciones personales. Así como el diálogo socrático permite que las ideas evolucionen, el amor, cuando es auténtico, nos obliga a repensarnos a nosotros mismos a través de la mirada del otro. “En presencia de otros, algo se vuelve posible que no es posible cuando estás solo”, escribe la autora.
Así como el método socrático busca desmantelar falsas certezas, el amor auténtico nos obliga a reconsiderar quiénes somos y qué valoramos. En este sentido, enamorarse es también un acto filosófico: una entrega a lo desconocido que desafía nuestra identidad previa y nos permite crecer a través de la mirada del otro.
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El tiempo como enemigo del pensamiento

Callard enfatiza que una de las mayores barreras para la reflexión filosófica es la manera en que experimentamos el tiempo. En Open Socrates, describe cómo las personas suelen vivir atrapadas en la inercia de la vida cotidiana, sin detenerse a cuestionar sus propias acciones o creencias. “Nos acostumbramos a simplemente ‘superar los próximos 15 minutos’”, señala, y sugiere que la urgencia del momento domina nuestra atención y nos impide pensar a largo plazo.
Esta tendencia no es solo un problema individual, sino una característica estructural de la vida moderna. Las obligaciones diarias, la velocidad de la información y la presión social nos empujan a actuar de inmediato en lugar de reflexionar. Pero esta falta de cuestionamiento no es inocua: según Callard, perpetúa la aceptación de ideas y valores sin examinarlos realmente.
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Aquí es donde la filosofía socrática cobra su importancia. Sócrates formulaba preguntas difíciles, sí, y también obligaba a sus interlocutores a salir de la urgencia del presente y enfrentarse a cuestiones fundamentales que de otro modo evitarían.
Además, la filósofa conecta esta idea con la relación entre el pensamiento y la muerte. Siguiendo la tradición socrática, sostiene que la filosofía es, en última instancia, una preparación para la muerte, ya que nos obliga a confrontar la finitud de nuestra existencia sin aferrarnos a respuestas fáciles. De este modo, la lucha contra el dominio del tiempo sobre nuestro pensamiento no es solo un desafío intelectual, sino una tarea existencial.
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La duda como modo de vida

La certeza inmediata y las respuestas simplificadas son premiadas en redes sociales, y el libro hace foco en que la ignorancia no es un defecto, sino un punto de partida para el conocimiento. Callard rescata la humildad socrática como una actitud esencial para la vida contemporánea y nos advierte sobre el peligro de la complacencia intelectual.
“Lo que parece ser una dificultad con la vida es, de hecho, una dificultad en nuestra manera de pensar sobre la vida”. No se trata de acumular información o de tener opiniones más sofisticadas, sino de comprometerse con un cuestionamiento constante que nos mantenga despiertos ante la complejidad de la existencia.
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Socrates decía que su único conocimiento era el de su propia ignorancia. Callard recupera esa postura como un llamado a dudar más, a cuestionar las certezas y a asumir que pensar no significa acumular verdades, sino descubrir cuánto no sabemos. El libro, además, aborda la contradicción entre el deseo de buscar la verdad y la resistencia que esto genera en los demás.
Pensar con profundidad es un acto intelectual y un ejercicio de valentía. Cuestionar lo que damos por sentado implica enfrentarnos a nuestra propia ignorancia y, muchas veces, a la resistencia de los demás. Callard advierte que “nuestro deseo más fundamental es ser tratados ‘como una cosa intelectual’”, pero la mayoría teme las implicaciones de llevar ese deseo hasta sus últimas consecuencias.
Sócrates lo hizo y pagó con su vida. Su condena no fue solo el resultado de sus preguntas incómodas, sino de su negativa a dejar de hacerlas. Callard recupera este desafío y lo proyecta hacia el presente: en un mundo que premia la seguridad y las respuestas rápidas, asumir la incertidumbre como un modo de vida sigue siendo un acto profundamente radical.
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