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Cinco escritores imaginan Vaca Muerta: adelanto del libro que se entrega gratis en la FED

Infobae Cultura publica el cuento ‘El camino del oleoducto’ de Gabriela Cabezón Cámara, parte de la antología ‘Frackibacter Vaccamortensis’ de “ficción ecosófica”, definición inspirada en Guattari

Gabriela Cabezón Cámara
"Frackibacter Vaccamortensis. Ficciones sobre el petróleo"
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El libro Frackibacter Vaccamortensis, un trabajo editoral conjunto entre el Proyecto ECO ECO y la editorial Tenemos las Máquinas, reúne cinco relatos de ficción sobre Vaca Muerta y aborda el tema de la extracción de los hidrocarburos como un problema ecológico contemporáneo. La antología cuenta con textos de Gabriela Cabezón Cámara, Magalí Etchebarne, Michel Nieva, Gabriela Borrelli Azara y Claudia Aboaf, con prólogo de Pablo Schanton y epílogo de Valeria Meiller.

“¿Qué imaginará un grupo de escritores al encontrarse en Vaca Muerta con la intemperie del ruido infernal que enferma al territorio, con las casas ajadas por los sismos, con el viento arenoso que levantan los camiones y las grúas en el paisaje? En los cuentos que componen Frackibacter vaccamortensis. Ficciones sobre el petróleo, se hace patente la necesidad de encontrar estrategias narrativas para metabolizar un territorio que parece, todavía, inédito", presenta la escritora y profesora universitaria Valeria Meiller.

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El proyecto convoca a artistas de disciplinas diversas para involucrarse con el tema y producir obra con otras formas de narrar, al margen de los debates sobre las narrativas tradicionales. Se puede descargar sin cargo en la web de Tenemos las Máquinas o retirar un ejemplar gratuito en la FED, del jueves 6 al domingo 9 de agosto de 14 a 21 h, en C Art Media (Av. Corrientes 6271). De esta edición, Infobae Cultura publica el texto realizado por la autora argentina Gabriela Cabezón Cámara:

Gabriela Cabezón Cámara
Gabriela Cabezón Cámara

‘El camino del oleoducto’, de Gabriela Cabezón Cámara

Esta antropóloga reporta lo que ve, lo que escucha. Lo hace brevemente, con la urgencia de la catástrofe, con la pregunta inevitable sobre la utilidad de su trabajo, de este informe: ¿Alguien leerá? ¿Alguien escuchará? ¿Le importará a alguien más allá de los afectados? Siquiera a ellos. A ella misma.

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Condensa en lo que insiste, en lo que se repite. En las imágenes que cada uno de sus entrevistados recuerda —reconstruye— desde una u otra perspectiva: debajo de más o menos escombros, desde los huesos rotos o enteros, desde la intemperie —único refugio posible—, con la casa vuelta a levantar o ya en la periferia más miserable de alguna de las miserables ciudades de la República Argentina. El país que batió los récords globales de producción de petróleo no convencional este año, el de la elaboración de este informe.

Esta antropóloga convivió con los habitantes del pueblo. Los que aún quedan, los aferrados a la tierra estremecida, los que quieren quedarse bajo el cielo ese tan lleno de estrellas aunque el aire arda, aunque hasta las piedras se vean blureadas por el calor que sale de las plantas. Las plantas de tratamiento del petróleo sucio.

Viajó, esta antropóloga, a los campamentos de la precariedad, esos frutos casi instantáneos y enfermos de los terremotos de la meseta. Los de los que no quisieron aceptar el sacrificio pero no pudieron —no van a poder— evitarlo. Migrar es sacrificio. Vivir revolviendo basura y pisando los líquidos tóxicos que emana —los hidrógrafos del equipo del que esta antropóloga es parte investigan el borboteo, los surcos, la construcción de cauces de estos ríos que conforman islas en las zonas periurbanas— es un sacrificio. Son los sacrificados. No se registran aún zonas donde puedan liberarse de la decisión corporativo-gubernamental.

Los sacrificados quieren hablar. Se dirigen a esta antropóloga en todo su recorrido. Le convidan mates. Gaseosas baratas. Mezclas de harina y grasa en diferentes proporciones, pero constantes.

Quieren hablar. Hablan. De los animales, para empezar, porque fueron los primeros. Los primeros sacrificados, los primeros migrantes. Cada uno de sus informantes, cada vez que relata ese, su fin de mundo, lo cuenta. Los pocos animales que quedaban vivos, yéndose. El ñandú que solía correr por el potrero que era uno de los lados del pueblo. El lado de un final, el de abrirse a la pura tierra y roca. Los dos o tres zorros que buscaban restos de basura. En esto insisten: ahora, las bolsas de basura intactas. Ni las ratas. Y el cielo vacío.

Del silencio quieto como si el mundo fuera una bestia conteniendo el aliento hablan. Del cuerpo de un chimango cayendo. De la piedra que empujó cuando terminó de caer. Del cuello quebrado del ave, la cabeza pendulando hasta quedar perfectamente alineada con la fuerza de gravedad, como una plomada: y ahí cómo no darse cuenta. Todo lo demás, todo lo que no era la cabeza muerta del bicho estaba torcido, torsionado, roto. Una demostración irrefutable. Roto el eje de las cosas. Y entonces, la piedra: clac, cranch, grrrrruuuuum. Un alud minúsculo. Otra informante dice de la caída de una golondrina. Otro, de la calandria. La imagen va a ser la misma, el leitmotiv: un ave muere en pleno vuelo y cae vertical en el silencio, sobre los escombros que caen, a su vez, pero ya como piedrita, como casi arena, apenas ruiditos, sobre ellos, que estaban bajo los escombros de sus casas. Y ahí los sollozos, los pedidos de auxilio, los rezos: el ruido de la vida que siguió viva después del último terremoto en Sauzal Bonito.

Entonces eso: esta antropóloga da cuenta de que no fue el aire ácido, hiriente. Ni la caída de los techos. Ni la sorprendente inquietud de la tierra. Esa pérdida, la de la tierra firme, no la supieron cuando se sacudió el suelo. Ni cuando se fueron los animales. La supieron, la entendieron, en el silencio de después. Cuando lo sintieron: las piedritas cayendo, los quejidos bajitos, los sollozos y el aullido del Negro, que no había huido. El Negro se había quedado ladrándole a la Jose. Avisándole. Había mordido su pollera y había querido arrastrarla. La instaba a abandonar esa tierra que no, no. Ya no era tierra firme. Se quebraba y quebraba las casas. La Jose lo entendió después. Después de la huida, del temblor, del techo que se les vino encima a ella y al Negro también, del silencio. De los primeros ruidos que hicieron tangible ese espesor que tienen los finales. El aullido lastimero del Negro la levantó. Le dio el coraje para mover el cuerpo, sentir las piernas, los brazos, las manos, los pies. Supo que estaba entera. No se acordaba cómo ni cuándo, pero había encontrado refugio debajo de la mesa de carpintería que los años pasados con el Martín habían dejado en su casa. El coraje alcanzó para buscar los huecos, empujar los escombros. Lo logró. Se quedó escuchando. El Negro, claro, estaba cerca. El Negro no la iba a dejar. Ella tampoco. No sentía, dice, nada, más que eso: la voluntad de mover piedra por piedra hasta sacar al Negro de ahí. Era de madrugada y terminó a la tarde. El Negro mirándola a los ojos, dolorido pero tranquilo. La confianza de esos ojos amarillos. Lo logró. Lo desenterró al Negro y entonces vio el hueso que se le salía de la piel, lo acomodó, le puso un palo y lo envolvió con una tela, la de su pollera. El dolor que le salió al Negro de la boca. El llanto de ella abrazada a su animal. Y la certeza. Había que irse. Se iban.

Esta antropóloga cedió a la Jose uno de sus carros. Habiendo terminado sus entrevistas en Sauzal Bonito, eligió investigar un caso de migración de sacrificado. Este caso. Se fue, caminando, con la Jose y el Negro. Arrastró otro de los carros de trabajo por la ruta del oleoducto. Siempre lejos de cualquier cosa que se elevara del terreno, que pudiera caerse. Cedió, también, sus antibióticos para el Negro. Canjeó aspirinas por comida. Cigarrillos por agua. Esta antropóloga no dará cuenta en este informe de todas las transacciones realizadas y presenciadas. Baste decir que tanto ella como la Jose y el Negro hicieron parte del camino en la parte de atrás de una camioneta pick-up. Que atravesó, así, con las mismas estrategias de sus objetos de estudio, la meseta. Vacía, muerta. Hediendo a solvente. Siguiendo la ruta del oleoducto. No sabiendo qué harían una vez llegados a su término: el mar muerto del Golfo de San Matías. ¿Los barcos?, se preguntaba la Jose. ¿La ruta del petróleo hasta el final? La refinería, los barcos. El mar y después otra guerra. Una donde la tierra se mueve también. Y todo estalla y quema y destroza. El primer mundo masacrando en sus fronteras. Sus fronteras siendo todo lo demás. Incluso lo propio suyo de adentro que sobra: esas gentes oscuras que amenazan desde sus agujeros. En el otro extremo del petróleo que sacaron de acá, las bombas sobre los cuerpos de sus aviones que alcanzan velocidades supersónicas con eso que sacaron de acá, de Sauzal Bonito, de la meseta entera, de Vaca Muerta. Meseta muerta, mar muerto. Y al final las gentes de la otra frontera, la de allá, tan lejos, descuartizadas, pulverizadas. Desapareciendo.

Esta antropóloga reporta ahora desde el puerto petrolero. Graba y no ha de transmitir hasta el final. Por motivos de seguridad. Los campamentos han cerrado el círculo. Hoy fue ocupado el último hueco deshabitado y se han hecho uno. Se ha articulado. Está vivo. Es una serpiente. Todos los aquí llegados viajaron por el camino del oleoducto. Todos están muertos aunque todavía respiren. Hay un solo camino, una vez más: el oleoducto. Sus pequeñas fugas que son entradas. Un fuego, unos fuegos.

Esta antropóloga cesa de grabar. Acepta el traslado que el corpogobierno le propone. Vuelve a su casa, con la Jose y el Negro. Solicita ayuda a la institución. Seguridad. Pasaportes. Pasajes de avión.

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