
Una caja de madera, sin remitente, llegó hace un mes al hogar de Martín Caparrós. Dentro, tras un arduo proceso para abrirla, se encontraba una estatua ecuestre, una representación de Caparrós mismo montado en un caballo. Este peculiar regalo, que había sido prometido hace más de quince años por Jorge Lanata, se convirtió en una síntesis de la personalidad del periodista: su capacidad de cumplir sus deseos, su audacia y su sentido del humor.
“Lo primero que vi fue una cabeza de persona, cinco o diez centímetros: tardé un momento en entender que era la mía. Entonces tuve un momento de confusión extrema y después se me ocurrió que quizás era eso: me puse a apartar los telgopores de adelante y, en efecto, apareció la cabeza de un caballo. Solté un grito: ¡no, la estatua ecuestre! ¡No puede ser tan hijo de puta, es la estatua ecuestre!”, cuenta el autor de libros como Antes de nada y Un día en la vida de dios.
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Este episodio, relatado por Caparrós en una columna publicada en elDiarioAr, encapsula la esencia de Lanata, quien falleció hace días nomás, el 30 de diciembre, provocando una inflexión en el periodismo. En aquel texto, el escritor se refiere al impacto de su partida, que en su caso la sintió profundo, y generó una atención mediática pocas veces vista en Argentina. Las portadas de los principales medios del país se llenaron con imágenes de su característica barba.
Lanata y Caparrós se conocieron en 1987, cuando lo invitó a formar parte de un proyecto que cambiaría el panorama de la prensa en el país: el diario Página/12. En aquellos primeros años, Lanata, que era un jefe exigente, le permitió la publicación de una columna controvertida a Caparrós, a pesar de sus reservas iniciales, y luego decidió que no necesitaba mostrarle más sus textos antes de enviarlos a diagramación. Así nació una amistad que trascendió lo profesional.
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Una noche de verano de principios de este siglo, en la casa que Caparrós tenía en Tigre, Lanata le hizo un chiste. Uno de tantos. Había varios amigos en esa cena. “No sé qué cuernos habré dicho que Jorge, para tomarme el pelo, dijo que realmente me merecía una estatua ecuestre y que él la iba a encargar e instalar en el jardín de aquella casa”, cuenta Caparrós. Cada tanto el chiste volvía a emerger en una suerte de complicidad.

“Y de pronto la estatua estaba en casa. Yo no paraba de decir no puede ser, el hijo de mil putas lo hizo una vez más”. En ese momento, Lanata llevaba meses internado. “Entendí que esa estatua tan perfecta, enviada por barco hasta Génova y desde allí por dos o tres camiones, varios meses de confección y recorridos, era como una síntesis, la quintaesencia de Jorge Lanata. Quiero decir: un efecto de la calidad más destacada entre todas las que lo hicieron ser lo que fue”.
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Martín Caparrós está viviendo un momento difícil: hace unas semanas contó que sufre de ELA, una enfermedad incurable que va atacando los músculos y que a Caparrós algún médico le describió como una especie de envejecimiento acelerado. Hace tiempo que esa enfermedad lo tiene en silla de ruedas y ha empezado a atacarle los brazos, lo que no le impide seguir escribiendo y llevar adelante los proyectos de publicación de varios libros.
Para Caparrós, Lanata tenía una cualidad que pocos poseen: la certeza de que podía cumplir todos sus deseos, una confianza que lo llevó a lograr lo que muchos considerarían imposible. Su partida es un recordatorio de la intensidad con la que vivió, enfrentando desafíos, reinventándose constantemente y dejando un legado que será difícil de igualar. En palabras de Caparrós, “vivió la vida que quería y decidió, hace ya mucho tiempo, que pagaría el precio necesario”.
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